
Cuando se habla de festivales internacionales de folklore, muchas veces se piensa solo en el espectáculo: trajes coloridos, música en vivo, coreografías que representan tradiciones de distintos países. Pero quienes han estado dentro de esos encuentros saben que lo más interesante no siempre ocurre en el escenario. A veces ocurre detrás, en los pasillos, en los camerinos o en las conversaciones improvisadas entre delegaciones que hablan idiomas distintos pero comparten algo en común: la necesidad de contar de dónde vienen.
Por: Katalina Buitrago
Ese tipo de experiencias marcó una parte importante del recorrido artístico de Heyricmar Jiménez, bailarina venezolana formada en el Ateneo Popular de Guanare y posteriormente, integrante de la Compañía Internacional de Danzas Zazaribacoa. Dentro de esa agrupación tuvo la oportunidad de participar en giras y festivales internacionales que la llevaron a presentarse en distintos países cuando aún era muy joven.
La primera vez que se encontró con ese circuito tenía apenas trece años. En ese momento la compañía venezolana fue invitada a participar en una gira por España y Portugal dentro de festivales internacionales afiliados al Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklore y Artes Tradicionales, CIOFF, una red cultural que trabaja en la preservación del patrimonio cultural inmaterial. Para muchos artistas jóvenes, ese tipo de viajes representa el primer contacto con escenarios fuera de su país. Para Jiménez también fue el momento en que la danza comenzó a adquirir otra dimensión.
En esos encuentros, cada delegación llega con un repertorio que refleja su historia cultural. Un grupo puede presentar danzas tradicionales de Europa del Este, otro puede traer ritmos africanos o asiáticos, mientras que las agrupaciones latinoamericanas llevan expresiones que nacieron en contextos populares muy específicos. El escenario se convierte entonces en un lugar donde las tradiciones se cruzan sin competir entre sí. Cada una muestra su identidad y, al mismo tiempo, observa la de los demás.
En ese ambiente, la intérprete venezolana comenzó a entender algo que no siempre se percibe desde el público: el folklore también funciona como un lenguaje común entre culturas. Un zapateo de joropo, el sonido del arpa o el ritmo marcado por las maracas pueden generar curiosidad incluso en espectadores que nunca han escuchado esa música antes.
Ese recorrido continuó más adelante en América Latina. Dentro de la misma compañía, Jiménez participó en México en el IV Festival Internacional de Danza Folklorica, “Tierra del Sol”, un encuentro que reunió agrupaciones de varios países y que incluyó presentaciones en distintas ciudades. A diferencia de otros eventos escénicos, los festivales de folklore suelen extender la experiencia más allá del escenario principal. Los artistas visitan espacios culturales, realizan presentaciones comunitarias y participan en intercambios con otras agrupaciones.
En esos contextos, la danza se convierte en algo más que una coreografía preparada para el público. También se transforma en una herramienta de diálogo cultural. Los artistas observan cómo otras delegaciones interpretan sus tradiciones, comparan ritmos, vestuarios y movimientos, y descubren similitudes inesperadas entre expresiones que nacieron en lugares completamente distintos.
La gira por Chile también dejó momentos que todavía permanecen en la memoria de la bailarina. La participación de la compañía venezolana ocurrió por invitación del maestro Pedro Gajardo Escobar, director del Ballet Folclórico de Chile, BAFOCHI. Durante ese recorrido, cerca de veinte bailarines y trece músicos compartieron escenario en distintas ciudades, presentando repertorios tradicionales frente a públicos numerosos.
Uno de esos momentos ocurrió en el Mundial de Folclor realizado en La Serena, donde delegaciones de países como China, Mongolia, Rusia, Chile y Venezuela participaron en un mismo programa artístico. Para muchos espectadores era la primera vez que veían danzas tradicionales venezolanas en vivo. Para los artistas, en cambio, era una oportunidad de mostrar cómo el folklore puede comunicar una identidad cultural incluso cuando el público no comparte las mismas referencias.
Entre todos esos encuentros, Jiménez recuerda especialmente su paso por el XXXII Festival Internacional de Folclore RIO, en Portugal. El escenario estaba instalado junto al río Cávado y reunía delegaciones de distintos continentes en una misma programación. Más allá del prestigio del evento, lo que quedó grabado fue la sensación de estar presentando una tradición venezolana frente a una audiencia internacional que respondía con atención y curiosidad.
Ese tipo de experiencias ayudan a entender por qué los festivales de folklore siguen teniendo un lugar particular dentro del panorama cultural. En un momento donde gran parte del entretenimiento se consume de manera rápida y digital, estos encuentros mantienen algo que no siempre se encuentra en otros espacios: la posibilidad de ver tradiciones vivas en diálogo directo con otras culturas.
Durante algunos días, la música, la danza y los vestuarios dejan de ser símbolos lejanos y se convierten en experiencias compartidas. Y es justamente ahí donde, como descubrió Heyricmar Jiménez a lo largo de esos viajes, el folklore demuestra que todavía puede ser una forma auténtica de encuentro entre culturas.
