La Gran Ilusión: La Prohibición del Alcohol en Estados Unidos y sus Sombras, por José Luis Farías

La Gran Ilusión: La Prohibición del Alcohol en Estados Unidos y sus Sombras, por José Luis Farías

En 1919, tras años de luchas ideológicas y políticas, Estados Unidos se embarcó en una de las experiencias más extrañas de su historia, un experimento social que prometía purificar la sociedad pero que terminó por revelar, en su fracaso, las tensiones más profundas de la nación: la prohibición del alcohol. Si algo caracteriza a este periodo es la forma en que la moral se superpuso a la realidad, lo que nos lleva a preguntarnos si, acaso, la historia no repite, sino que se ríe de nosotros, como una caricatura de nuestras propias contradicciones.

Queda claro que la historia de la “Ley Volstead” y la Prohibición del Alcohol en Estados Unidos no es solo una crónica de la frustración moral de una nación; sino la necesidad de una reflexión profunda sobre las contradicciones inherentes a la política, la moralidad y el poder. El relato de cómo una ley que intentó erradicar el alcohol de la vida estadounidense se convirtió en un ejemplo de lo que sucede cuando la política se mezcla con la moral sin el mínimo entendimiento de las realidades humanas, ofrece lecciones aún válidas hoy. Al igual que en muchas otras historias de la política estadounidense, la Prohibición fue una tragedia que nació de las mejores intenciones, pero que terminó convirtiéndose en un experimento fallido que expuso las fisuras de una nación atrapada entre el idealismo y la realidad.

Es difícil no recordar el aforismo de Oscar Wilde, según el cual “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. La historia de la Prohibición es un claro ejemplo de ello. La Ley Volstead surgió de un fervor moralista —un impulso por proteger a la sociedad de la tentación del alcohol—, la verdadera motivación detrás de su imposición fue, en última instancia, mucho más pragmática: el deseo de control. “El verdadero poder detrás de la prohibición no fue la moralidad, sino el deseo de controlar las clases trabajadoras y los inmigrantes”, señala Daniel Okrent en “Last Call: The Rise and Fall of Prohibition”. Aquí se muestra una de las primeras contradicciones de la ley: mientras que se presentaba como una cruzada para mejorar la moral pública, su aplicación era, en realidad, una estrategia política para dividir a la sociedad en “buenos” y “malos”. El alcohol, como en otras épocas, se convirtió en el chivo expiatorio de una nación que prefería legislar sobre las conductas individuales en lugar de abordar los problemas sociales más profundos que lo generaban.

La historia de la Prohibición, que comenzó oficialmente en 1920 con la 18ª Enmienda, es la historia de un fracaso rotundo. Daniel Okrent lo explica con una claridad punzante, casi como si estuviera desnudando, pieza por pieza, la anatomía de un error monumental. El país, en su afán por erradicar el alcoholismo y elevar la moral pública, se embarcó en una cruzada que más que combatir el vicio, alimentó la hipocresía. Okrent lo resume con una frase que resuena en el aire como un eco de una verdad olvidada: “Convencieron a la nación de que el alcohol era la raíz de todos los males, pero no lograron entender que la sociedad estaba tan sedienta de bebida como de libertad”. Y ahí radica el problema: la moralidad impuesta no solo fue ingenua, sino profundamente equivocada. En lugar de erradicar el vicio, la Ley Seca lo empujó hacia las sombras y lo transformó en un símbolo de resistencia, un desafío al orden establecido.

El alcohol, que siempre había sido el lubricante social, se convirtió en un terreno de combate. De repente, la bebida dejó de ser una costumbre más para convertirse en un acto de desafío, y el Estado, en su intento por imponer su moral, encontró que la resistencia no venía solo de las calles o de los contrabandistas, sino de la propia esencia del individuo. Lo que ocurrió fue un cambio profundo en las costumbres, en las relaciones sociales, y en la propia definición de libertad. En lugar de desvanecerse, el alcohol se volvió subterráneo. Los bares clandestinos florecieron, las mafias hicieron su agosto, y la economía paralela del contrabando de alcohol creció, como un monstruo alimentado por la prohibición misma. La ley, entonces, no solo se mostró incapaz de erradicar el vicio, sino que se convirtió en un motor que multiplicaba las formas de ilegalidad, transformando un problema social en un desafío a la misma moralidad que pretendía imponer.

No es solo que la ley fuera ineficaz, es que también provocó lo que los reformadores más puritanos no pudieron anticipar: una redefinición de lo que es moral y lo que no lo es. Aquello que la sociedad había querido suprimir, en lugar de desaparecer, encontró nuevos caminos para expresarse, y de paso, reveló una contradicción esencial: la libertad, esa misma libertad que en teoría debía ser preservada, se encontró secuestrada por la propia moral que intentaba imponerla. La ley había fallado, no solo porque no pudo controlar los deseos humanos, sino porque nunca entendió que aquellos deseos no eran simplemente los de un vicio a erradicar, sino los de una nación que nunca dejó de ser, por encima de todo, libre.

La Prohibición, al igual que tantos otros fenómenos históricos, comenzó como una causa noble, un sueño de pureza, pero terminó por convertirse en un espejismo político. En la lucha por erradicar lo que se veía como un vicio, la ley sembró las semillas de un monstruo mucho peor: la ilegalidad institucionalizada, el crimen organizado, la corrupción. Así, lo que pretendía ser un acto de redención social terminó por ser un campo de batalla entre la moral y la realidad, un enfrentamiento que la historia de los Estados Unidos no logró resolver, sino solo diluir en las sombras de la clandestinidad.

La literatura estadounidense, siempre atenta a las grietas de la experiencia humana, no tardó en recoger esta paradoja y transformarla en materia narrativa. Los escritores no se limitaron a reflejar los hechos tal como sucedieron, sino que se adentraron en las tensiones entre el idealismo político y las complejidades de la vida cotidiana. Lo que emergió de esa exploración fue una visión mucho más compleja y ambigua que cualquier ley escrita en un escritorio de Washington. Los escritores supieron que la moralidad nunca es tan simple como las leyes pretenden ser; que detrás de cada prohibición se oculta una multiplicidad de deseos, de contradicciones, de imperfecciones humanas que no se resuelven con decretos.

Ese impacto, que la literatura destiló en sus páginas, también fue absorbido por el cine, que lo reflejó con la capacidad de distorsionar y magnificar la realidad. La Prohibición se convirtió en un tema que amalgamaba ironía, tragedia y heroicidad, como un espejismo de la moral que engendró. Las primeras películas, con la mirada pesada del moralista, adoptaron el dedo acusador, señalando la necesidad de orden y disciplina, pero sin ver lo inevitable: que la ley, al intentar erradicar lo que consideraba el mal, acababa por producir algo mucho peor. Así nacieron las figuras del crimen organizado, como Al Capone, que fueron, tal vez sin quererlo, idealizadas en la pantalla grande como la representación más cruda de la ironía de la Prohibición.

Capone, el hombre que desafiaba las leyes con su carisma, pasó de ser el villano absoluto a convertirse, en muchos relatos, en una suerte de anti-héroe. Un hombre que, a pesar de sus crímenes, parecía encarnar una resistencia indomable ante una ley absurda y desmesurada, un símbolo de la contradicción misma del experimento. El criminal se erigió como el representante de la libertad frente a una moralidad que, aunque puritana en sus intenciones, resultó ser incapaz de entender la complejidad de los deseos humanos.

La Prohibición no solo falló como política pública, sino que reveló la profunda incapacidad de cualquier intento por controlar lo incontrolable. La ley, más que erradicar el mal, lo glorificó en la oscuridad. La ironía de la historia no solo se reflejó en las figuras del crimen organizado, sino también en la forma en que el mismo sistema que intentó imponer la moralidad terminó por incubar una forma de ilegalidad que se convirtió en parte integral de la sociedad estadounidense. La Prohibición no fue solo un fracaso de la política, sino una revelación sobre lo que ocurre cuando se intenta encerrar en normas y decretos aquello que forma parte de la naturaleza misma de los seres humanos.

El impacto de la Prohibición del alcohol no se limitó a la política o a las grandes ciudades, sino que se filtró en lo más profundo de la cultura estadounidense. La literatura no tardó en hundir su pluma en las entrañas de las consecuencias de esta absurda aventura legislativa. Los escritores se apropiaron del fracaso de la ley, desnudaron sus contradicciones, y crearon un vasto terreno literario donde la moralidad, el deseo y la resistencia se entrelazaban. La influencia de la Prohibición también se expandió con notable éxito a otros medios, como el cine y la televisión, que no solo reflejaron el conflicto, sino que lo transformaron en un producto de consumo masivo. En la pantalla, los criminales se volvieron antihéroes y hasta héroes, las tramas se cargaron de ironía y tragedia, y la ley que pretendía suprimir lo prohibido acabó glorificando, en su propia caricatura, ese mismo deseo que había intentado erradicar. La Prohibición dejó de ser solo un acontecimiento histórico para convertirse en un fenómeno cultural, un tema que nunca desaparece del todo, sino que se reinventa y se prolonga en la memoria colectiva, a través de libros, películas y series, que siguen alimentando, a su manera, las contradicciones que la ley no pudo resolver.

La ilusión de la Pureza

Joseph A. Flanagan, en “The Dry Decade: The Temperance Movement and Prohibition in America“, ofrece una mirada profunda a los orígenes de la Prohibición, un fenómeno que comenzó como una causa noble pero terminó por convertirse en un espejismo político. Flanagan desentraña cómo el movimiento por la temperancia, inicialmente un intento por moderar los excesos del alcohol, se transformó en una cruzada moral de dimensiones nacionales. En uno de los pasajes más reveladores, Flanagan cita a un prominente activista de la época, quien proclamaba: “El alcohol destruye a la familia, destruye el alma, y convierte a la sociedad en un infierno”. Estas palabras encapsulan el espíritu de una nación que, cegada por su propia moralidad, se lanzaba a una batalla con un solo objetivo: erradicar lo que consideraba el mal.

Sin embargo, en su lucha contra lo que percibían como la “decadencia“, olvidaron algo fundamental: la represión de un vicio no lo elimina; lo reconfigura, lo vuelve más tentador, lo empuja al subterráneo y lo convierte en un desafío aún mayor. Flanagan nos ofrece una reflexión sobre los peligros de las ideologías absolutistas que pretenden salvar a la humanidad con un solo golpe de voluntad política. La Prohibición, como tantas otras iniciativas ideológicas, pretendió erigir un orden moral a través de la imposición, olvidando que las sociedades no son máquinas, sino complejos tejidos de deseos y contradicciones.

El Movimiento de Templanza fue más que una simple campaña contra el alcohol; fue un intento de redefinir el carácter de la nación estadounidense. Los templantes no solo atacaban el alcohol, sino que veían en él un reflejo de las debilidades humanas, de una nación que aún no había alcanzado la madurez moral. Flanagan nos explica que el alcohol fue percibido como el principal enemigo de la virtud, vinculado a la pobreza y la corrupción. Esta visión maniquea no solo demonizaba una sustancia, sino que establecía una dicotomía moral: quien bebía era considerado un peligro para el progreso colectivo.

No es difícil imaginar cómo esta ideología se alimentaba de la creciente tensión social en el país. A medida que las ciudades se expandían, y con ellas la inmigración y urbanización, se desataba una gran ansiedad por el orden social. La templanza no solo era un remedio para los vicios individuales, sino para lo que algunos veían como el cáncer de la sociedad moderna: el caos que acompañaba la transformación de una nación rural en una industrial. El alcohol no solo era una amenaza para el individuo, sino para el colectivo.

La influencia política del Movimiento de Templanza convirtió la prohibición en una cuestión de honor nacional, llevando a la promulgación de la 18ª Enmienda, que prohibió la fabricación, venta y distribución de alcohol. Flanagan señala que “a través de la influencia política, los templantes lograron presionar a los legisladores, creando una atmósfera donde la prohibición se convirtió en una cuestión de honor nacional.”

Sin embargo, como bien señala Daniel Okrent, la Prohibición fue una gran farsa. El deseo de alcohol nunca desapareció, y la ley que pretendía extinguirlo lo transformó en una forma de resistencia. En las grandes ciudades, el alcohol se convirtió en un acto desafiante frente a un Estado que intentó imponer una moral sobre la libertad personal. Capone, con su carisma, se convirtió en el emblema de una época de contradicciones, un país que, en su intento por erradicar el vicio, lo glorificaba en la clandestinidad.

Okrent apunta que la Prohibición mostró lo que la sociedad estadounidense realmente toleraba: una nación que, alardeando de ser puritana, no era capaz de controlar los deseos más primarios de sus ciudadanos. El fracaso de la Prohibición no solo fue de política pública, sino de las ideas que la sustentaban, de una moral impuesta que no se ajustaba a la realidad. La moralidad puritana encontró su resistencia en una sociedad que no podía, ni quería, renunciar a sus placeres.

La pregunta clave que surgió fue: ¿hasta qué punto es legítimo que el Estado imponga una moral que no es compartida por todos? La Prohibición desnudó una contradicción esencial de un país que se consideraba libre pero que, en nombre de la decencia, no toleraba ciertas libertades personales. A medida que la ley se desmoronaba, la moral puritana se vio incapaz de imponerse a una sociedad que había encontrado nuevos caminos para satisfacer sus deseos. El fin de la Prohibición en 1933, con la 21ª Enmienda, no solo fue el fin de un error legislativo, sino el fin de una ilusión: la creencia de que la política puede erradicar lo humano.

Okrent lo deja claro: los deseos humanos no se pueden erradicar por decreto. Solo se pueden regular, moderar, pero nunca suprimir. La Prohibición fue una ilusión, una fantasía que se rompió al chocar con las complejidades de la vida humana. Y esa lección sigue resonando en las luchas morales que aún definen el pulso de la sociedad estadounidense.

La Prohibición en la Literatura Norteamericana: Entre el Idealismo y la Realidad

La Prohibición de 1920, establecida por el Acta Volstead, no fue solo una ley que prohibió la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas en Estados Unidos, sino un acto fundacional, un punto de quiebre que, como todas las leyes radicales, reveló más de lo que pretendía ocultar. En su intento por erradicar el vicio del alcohol, la sociedad estadounidense, en su fervor moralista, sembró las semillas de una contradicción que, como una planta perenne, seguiría creciendo durante décadas.

La literatura norteamericana, como siempre, se ha mostrado insaciable en su deseo de indagar en las grietas de la experiencia humana, aquellas fisuras que suelen permanecer ocultas tras el velo de las normas y las expectativas sociales. En el caso de la Prohibición, no tardó en recoger esa paradoja y transformarla en materia narrativa, dándole forma y sentido a lo que, a primera vista, parecía ser una simple medida legislativa. Los escritores no se limitaron a reflejar los hechos, sino que se adentraron en las profundidades de las tensiones que esa política generaba, entre el idealismo de quienes creían que la ley podía purificar la sociedad y la cruda realidad de los deseos humanos, que, lejos de ser erradicados, se desplazaron a los márgenes, adquiriendo una nueva fuerza. La Prohibición, en manos de los grandes escritores, se transformó en una reflexión sobre la naturaleza de la libertad, el deseo y la moral, una reflexión que, más que juzgar, intentaba comprender las complejas motivaciones que subyacen en la conducta humana, mucho más allá de lo que la ley puede regular.

En principio, la Prohibición parecía un proyecto noble, incluso heroico. Se trataba de purificar a una nación que, en la época del jazz, los speakeasies y las libertades desenfrenadas, parecía haber perdido el rumbo moral. “La era del exceso” fue, al mismo tiempo, el apogeo y el ocaso de la creencia en que el Estado podía regular la vida privada de los individuos en busca del bien común. Sin embargo, la realidad rara vez sigue la lógica de la ley; en cambio, se desliza entre los pliegues de lo que no se puede controlar. La literatura norteamericana no tardó en captar esta dicotomía, utilizando la Prohibición no solo como contexto histórico, sino como metáfora de un sistema social y moral que, por su afán de rectitud, se veía abocado a la corrupción.

La novela de F. Scott Fitzgerald, “El gran Gatsby” (1925), es quizás la obra más emblemática en este sentido. A través de la figura del misterioso Jay Gatsby, un hombre hecho a sí mismo en el negocio ilegal del alcohol durante la Prohibición, Fitzgerald captura la contradicción fundamental de la era. Gatsby no es solo un criminal; es también un hombre que aspira a la grandeza, al sueño americano, aunque lo haga a través de medios oscuros. El alcohol, en este sentido, se convierte en un símbolo del poder subterráneo que permite que el sueño se mantenga vivo, pero que, al mismo tiempo, revela las grietas del sueño mismo. El tratamiento que Fitzgerald da a la Prohibición no es moralista; no se trata de una condena abierta de la ley, sino de una crítica a la manera en que los ideales de pureza y grandeza terminan corrompiendo a aquellos que los buscan con más fervor. El alcohol, en “El gran Gatsby”, se convierte en el vehículo de una aspiración que nunca será alcanzada, de una promesa rota que se disuelve en los cócteles clandestinos que brindan los personajes.

Otro escritor que abordó la Prohibición de manera compleja y con una mirada crítica fue John Dos Passos, en su serie de novelas “USA” (1930). Dos Passos, al igual que Fitzgerald, no se limita a describir la era de la Prohibición como un período de decadencia y exceso, sino que la utiliza como un escenario para explorar la corrupción y las tensiones sociales que se desatan cuando los ideales del gobierno entran en conflicto con la realidad de la vida cotidiana. En su obra, la Prohibición es tanto una fuerza moralizadora como una fuente de hipocresía, pues mientras el gobierno intenta erradicar el alcohol, este sigue fluyendo en las sombras, en las calles y en las casas.

Es curioso cómo la Prohibición se presenta en la literatura norteamericana no solo como una imposición externa, sino como un reflejo de las contradicciones internas de los propios personajes. La ley Volstead, en muchos sentidos, se convierte en una metáfora de la lucha interna que atraviesa la sociedad estadounidense: un país que busca la pureza moral mientras al mismo tiempo se sumerge en la corrupción del poder, del dinero y del control social. La narrativa de la Prohibición, por tanto, es una narrativa de contradicciones, de choques entre el idealismo y la realidad. No solo se trata de una guerra entre las fuerzas del orden y los criminales, sino de una guerra mucho más profunda, mucho más insidiosa, entre las aspiraciones individuales y colectivas, y la dura realidad de una nación que, a veces, parece incapaz de reconocer sus propios vicios.

No menos importante es el tratamiento que la Prohibición recibe en las obras de Sinclair Lewis, especialmente en “Babbitt” (1922), donde el protagonista, un hombre común y corriente de clase media, se enfrenta a las expectativas sociales de su tiempo. Aunque la novela no se centra exclusivamente en la ley seca, los comentarios sobre el puritanismo y la moral social de la época están presentes en todo el relato. La Prohibición, en este sentido, es un reflejo de la hipocresía de una sociedad que busca limpiar lo superficial, pero que, en su afán de mantener el orden, se olvida de las grietas profundas de la vida humana.

La Prohibición, entonces, como concepto literario, trasciende la simple referencia a una ley: se convierte en el motor de una reflexión más amplia sobre las contradicciones del ser humano y las estructuras que intenta imponerles para contener sus excesos. Los escritores norteamericanos de la época entendieron, de alguna manera, que la moral y la ley, aunque nacidas de la necesidad de regular el caos de la vida, tienen una tendencia peligrosa a alimentar ese mismo caos, como una suerte de sombra que nunca puede ser erradicada por completo. En sus páginas, la Prohibición no solo fue un hecho histórico, sino un tema literario que reveló la verdad más inquietante de todos los tiempos: que la lucha entre lo que deseamos ser y lo que realmente somos nunca ha sido sencilla, ni lo será.

La Prohibición en el Cine: Entre la Ironía y la Heroicidad

La Prohibición de 1920, nacida del “Acta Volstead”, fue una de esas decisiones históricas cuyo impacto se hace sentir mucho tiempo después de que el último de los legisladores haya abandonado el recinto. Lo que comenzó como un intento de purificar a la sociedad estadounidense del vicio del alcohol, terminó, como suele suceder con las grandes utopías, produciendo monstruos mucho mayores. La prohibición, al igual que todas las políticas puritanas, tiene una extraña manera de hacer visibles las grietas en el corazón de los seres humanos, mostrando las contradicciones entre lo que aspiramos a ser y lo que realmente somos.

Ese impacto, que la literatura destiló en sus páginas, también fue absorbido por el cine, que lo reflejó con la capacidad de distorsionar y magnificar la realidad. La Prohibición se convirtió en un tema que amalgamaba ironía, tragedia y heroicidad, como un espejismo de la moral que engendró. Las primeras películas adoptaron el dedo acusador, señalando la necesidad de orden y disciplina, pero sin ver lo inevitable: que la ley, al intentar erradicar lo que consideraba el mal, acababa por producir algo mucho peor. Así nacieron las figuras del crimen organizado, como Al Capone, que fueron idealizadas en la pantalla grande como la representación más cruda de la ironía de la Prohibición.

Capone, el hombre que desafiaba las leyes con su carisma, pasó de ser el villano absoluto a convertirse, en muchos relatos, en una suerte de anti-héroe, un hombre que, a pesar de sus crímenes, parecía encarnar una resistencia indomable ante una ley absurda y desmesurada, un símbolo de la contradicción misma del experimento. El criminal se erigió, paradójicamente, como el representante de la libertad frente a una moralidad puritana.

Películas como “Los Intocables” (1987), dirigida por Brian De Palma, son un buen ejemplo de esta lectura de la Prohibición. En ella, la lucha del agente Eliot Ness contra Al Capone no es solo una confrontación entre el bien y el mal, sino también una pugna entre la hipocresía institucional y la pragmática del crimen. El mensaje es claro: la ley, aunque justa en principio, está destinada a la derrota cuando no tiene en cuenta las complejidades de la naturaleza humana. Los personajes de Los Intocables se ven obligados a transitar una senda difusa, donde la moralidad se resquebraja a medida que se enfrentan a un enemigo que, si bien violento y corrupto, es también un producto de una sociedad que no supo ver sus propias grietas.

Por supuesto, la Prohibición también ha sido vista como una fuente de romanticismo y aventura, especialmente en las películas que se centran en las figuras de los gánsteres y los bandidos de la época. Este tratamiento se nutre de una fascinación por lo prohibido, por lo oculto, por lo que escapa al control de los grandes poderes. Así, el cine retrata a los gánsteres como criminales, pero también como los héroes de una narrativa alterna, donde el cumplimiento de la ley no es más que una ilusión. Películas como “Scarface” (1932) ofrecen una reflexión irónica sobre la lucha entre el individualismo y la autoridad, entre el sueño americano y la realidad del poder.

Sin embargo, a medida que el cine se fue acercando a la visión crítica de la Prohibición, lo que comenzó como una fantasía de aventura y heroísmo se transformó en un relato de decadencia y corrupción. Las películas más recientes, como “Boardwalk Empire”(2010-2014), reflejan la expansión del crimen organizado y la degradación moral que la ley seca propició. En esta serie, el personaje de Nucky Thompson, un político corrupto y líder del crimen en Atlantic City, refleja la profunda contradicción de una nación que, al intentar erradicar el alcohol, lo convirtió en el motor económico de un sistema injusto y desequilibrado.

Si algo ha quedado claro a través del tratamiento cinematográfico de la Prohibición es que las intenciones detrás de una ley como el Acta Volstead, por bienintencionadas que fueran, terminaron alimentando una paradoja de proporciones épicas: el deseo de purificar una nación creó un mundo más corrupto, más violento, más caótico. El cine ha recogido esta paradoja, mostrándonos que, al igual que en las mejores novelas de García Márquez, los intentos de redención nunca son tan simples como parecen. La Prohibición, lejos de ser un remedio, se convirtió en la creación de una mitología mucho más peligrosa, mucho más seductora.

Es difícil separar lo que realmente ocurrió de la ficción que el cine ha tejido sobre esa época. Lo cierto es que, al igual que las historias sobre el pasado, el cine ha dado forma a la Prohibición, tejiendo significados y rostros a una época que esconde más de lo que revela. La lección final puede ser que el cine, como la historia, no puede contar la verdad sin que se le cuele una buena dosis de ficción, y que la Prohibición es tan buena para desvelar las contradicciones de la sociedad como para ocultarlas bajo una narrativa más seductora.

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