De motines, intentos de fuga y crímenes: la cárcel de Alcatraz y el enigma de los tres únicos presos que sobrevivieron a la huida - LaPatilla.com

De motines, intentos de fuga y crímenes: la cárcel de Alcatraz y el enigma de los tres únicos presos que sobrevivieron a la huida

La cárcel estaba emplazada en un islote vecino a la bahía, a dos kilómetros de la costa, a doce minutos de barco, separada por una lengua de mar vital y luminoso: todo a la vista de los encerrados

 

La cerraron porque era carísimo mantenerla. Y porque su reputación, que había sido siempre pésima, no se puede esperar otra cosa de una cárcel, había empeorado en unos años, el inicio de los dorados sesenta, que prometían más libertad y menos rejas.

Por infobae.com





El 21 de marzo de 1963, bajo la presidencia de John Kennedy en Estados Unidos y a instancias de su hermano, Robert Kennedy, procurador general, la cárcel de Alcatraz cerró sus puertas para siempre y dejó de ser lo que era, un monumento al error; lo había sido desde su nacimiento: un peñasco caprichoso en medio del océano, a apenas dos kilómetros de la costa de San Francisco. Siempre la llamaron por lo que era: “La Roca”, probablemente un capricho de la falla de San Andrés, que causó tantos terremotos y que debe haber plantado allí lo que tal vez sea la cumbre de una montaña hundida en el mar.

El primero que la exploró en 1775 fue Juan Manuel de Ayala, un marino español que bordeó la costa del Pacífico en la Alta California con la idea de afirmar la soberanía española. Una utopía porque, al año siguiente, Estados Unidos declaró su independencia. Al menos Ayala bautizó a la roca para siempre. La llamó “Isla de los alcatraces” porque esas aves eran las únicas, y numerosas, habitantes de la isla. El gobierno estadounidense la compró en 1849 y allí funcionó el primer faro de California. Durante la Guerra Civil que enfrentó al Norte de Estados Unidos con los Confederados del Sur, Alcatraz encontró su mal destino: fue fuerte militar convertido de inmediato en prisión. Las fuerzas armadas americanas usaron la isla durante casi ochenta años, entre 1850 y 1933, cuando pasó al Departamento de Justicia.

De alguna forma, la Alcatraz moderna es fruto de la Gran Depresión que sacudió a Estados Unidos y al mundo desde 1929. La economía paralizada y la industria en caída hicieron que la delincuencia aumentara en Estados Unidos el mil por ciento en la decisiva década del treinta. Fueron los años de las bandas de gangsters en lucha callejera por el dominio territorial en barrios y ciudades, los años de la Ley Seca, de las “familias” italianas reinas de New York, los años de Bonnie y Clyde, de Alfonso Capone y, también, los años de la diáspora americana, la migración interna de miles de familias, sin vivienda y sin trabajo, que seguían al sol y al régimen de cosechas en un intento por sobrevivir: un drama que tan bien retrató John Steinbeck en Viñas de ira.

La presidencia de Franklin D. Roosevelt, que asumió su primer mandato en 1932, gastó sus primeros cuatro años en enderezar aquella economía descarriada y en encarar el desarrollo económico y social del país. Pero, para enfrentar al delito, la receta no sugería paciencia; contra los delincuentes, J. Edgar Hoover, flamante director de la no menos flamante Oficina Federal de Investigaciones (FBI), edificó un régimen de castigo ejemplar: rehízo el Servicio Penitenciario y fundó cárceles de rigor extremo para los presos más peligroso. Alcatraz fue una de esas prisiones, la más famosa y alegórica: sería más que eso, sería una prisión de castigo. Pero eso nunca fue dicho, sólo estaba planeado.

En manos de Hoover, Alcatraz se convirtió en un edificio de tres pisos de celdas, con cuatro bloques principales, A, B, C y D, la oficina del alcaide, un área de visitas, biblioteca, peluquería y lavandería. Las celdas eran jaulas de dos metros setenta por un metro y medio y dos metros diez de alto; eran bien primitivas, carecían de privacidad, tenían una cama, un pequeño escritorio, sin muebles y con apenas una manta y un lavatorio y un inodoro en la parte posterior, detrás de una leve pared baja. Allí, los reclusos pasaban veintitrés horas al día. El bloque D albergaba a los peores internos; al final del bloque había cinco celdas conocidas como “El Agujero”, a las que iban a parar los prisioneros de mala conducta para someterlos, después de una paliza brutal, a un régimen de aislamiento en el que pasaban entre quince y diecinueve días sin ver el sol, desnudos y sin hablar con nadie.

El comedor y la cocina estaban fuera del complejo de celdas y allí comían sus tres comidas diarias guardias y prisioneros. El hospital del penal estaba sobre el comedor. Con perversa ironía, los corredores de la prisión llevaban el nombre de famosas avenidas americanas; Broadway, Madison, Quinta y otras tonterías por el estilo. Todo tendía a afirmar una verdad de acero: era imposible escapar de “La Roca”. Cortada como a pico, bordeada por farallones y barrancos, rodeada de puestos artillados con guardias siempre vigilantes, llegar al mar era tarea de titanes. En el supuesto caso de que alguien tuviese éxito, quedaba todavía un desafío más quimérico e inalcanzable: sobrevivir a las aguas heladas, al mar tempestuoso, a algún tiburón inquieto y al esfuerzo de nadar los dos kilómetros hasta la costa con una espada filosa sobre la cabeza: que la fuga no hubiese sido descubierta porque, si así había sido, la policía aguardaba al fugitivo para devolverlo a la prisión, al “agujero”, al aislamiento y a empezar de nuevo.

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