León Sarcos: China, la sucesión de Mao y el camino al mercado - LaPatilla.com

León Sarcos: China, la sucesión de Mao y el camino al mercado

No vayas donde el camino te lleve. Ve donde no hay camino y deja huella. Waldo Emerson                     

El secreto del liderazgo es simple: haz lo que crees, dibuja una imagen del futuro y ve allí. Seth Godin

Una gran persona atrae a grandes personas y sabe cómo mantenerlas unidas. Goethe                    





Todo dictador es cruel, y cada uno tiene, en cualquier tiempo histórico donde le haya tocado gobernar, el registro de cuantiosas víctimas y numerosas atrocidades que a su retiro o su muerte, los historiadores se encargarán de contabilizar en su hoja de vida.

Cuentan, para los juicios reales o los practicados por las instituciones encargadas de aplicar la justicia en su país, o para organismos a nivel internacional, en juicios más simbólicos que realmente sancionadores y ejemplarizantes –con sus excepciones. La mayoría se va liso y sin remordimientos, creyendo haber cumplido con su deber.

Stalin, en la Unión Soviética, después de veinte años de iniciada la Revolución Bolchevique, perpetró la mayor masacre de Estado jamás realizada en Europa en tiempos de paz. A él se le atribuye el término enemigo del pueblo, que era algo así como una sentencia de muerte; en dieciséis meses, entre agosto de 1937 y noviembre de 1938, ordenó la ejecución de 750 mil ciudadanos soviéticos después de ser condenados a muerte por un tribunal especial, en juicios sumarios y amañados. Un equivalente a 50.000 ejecuciones mensuales, un promedio de 1.600 diarias y otras 800 mil personas fueron enviadas a los campos de trabajos forzados que integraban el sistema penal soviético conocidos como gulags.

La perversión de Stalin era de tal magnitud que disfrutaba la humillación de sus seguidores y dirigentes de confianza cuando quería someterlos a prueba. Kruschev cuenta, en la histórica carta secreta de 1956, después de haber servido como comisario político en Kiev, cómo fue obligado por el siniestro autócrata –después de llamarlo a trabajar en su círculo íntimo– a bailar para él una danza típica de Kiev, para probarle hasta qué punto estaba familiarizado con la cultura de aquella ciudad. En pleno régimen de terror el comisario no dudó en hacerlo.

Los desastres de la revolución permanente

                                                El buen líder dice la verdad. El mal líder sabe lo que se vende mejor. Confucio

A Mao Tse Tung se le cargó la responsabilidad –bajo su mandato absoluto, entre 1959 y 1962, durante la revolución permanente y su famoso Salto Adelante– de la muerte de 20 millones  de sus compatriotas al provocar, resultado de sus disparates económicos, una de las más célebres hambrunas del siglo veinte  y se estima, siendo conservador, que otros 10 millones de chinos perdieron la vida durante los enfrentamientos, persecuciones y asesinatos del frenesí provocado por  su famosa Revolución Cultural –entre 1966 y 1976, durante los desmanes perpetrados por la Guardia Roja–, fase en la que duró su delirio de acabar con la tradición confuciana e imponer los valores proletarios del comunismo. Nunca lo logró, pero pienso –por las confesiones hechas al periodista Edgar Snow–, que por lo menos murió arrepentido: Soy un monje que va por el mundo con un paraguas agujereado.

Pero en democracia también se exhibe el regusto autoritario de mucho dictador camuflado que transpira megalomanía, que no tiene equipo porque no lo requiere o prescinde a su antojo de cualquiera de sus miembros sin explicación alguna, que los humilla en público porque solo él sabe, que se burla de las mujeres en ejercicio del poder porque el gobierno es solo para hombres, y además, no puede haber otra condición, que no sea macho y hembra, al igual que en el resto del mundo animal.

Ellos también resultan repulsivos para aquel que puede discernir. Y es de tal gravedad la ejecución de sus acciones, como lo son las realizadas por el auténtico dictador: ordenar asesinatos o crímenes inducidos en masa. El pretendido demócrata lo emula, enfrentándose a los asuntos públicos con el más singular de los desparpajos y la más soberbia e impulsiva de las ignorancias, lo que generalmente puede llegar a tener consecuencias similares a las temerarias y crueles decisiones tomadas por las autocracias.

Mao y los enigmas de una sucesión

Los patos salvajes siguen al líder de su parvada, por la forma de su vuelo, no por la fuerza de su graznido. Proverbio chino

Después de la reconciliación entre los Estados Unidos y China, iniciada con la visita de Nixon en 1972, el final del gran líder chino se aproximaba, por lo que la lucha de facciones que él siempre había alimentado crecía, y luego de la muerte de Lin Piao, el sucesor que Mao había elegido, el futuro del proyecto chino estaba aún por definir, al igual que el nuevo liderazgo. China buscaba un deslinde y un camino propio, lejos de la ortodoxia marxista.

Mao se había puesto al timón de un país destruido por la guerra y había maniobrado entre facciones internas opuestas, varias superpotencias hostiles, un tercer mundo contradictorio y unos vecinos suspicaces. Mao consiguió que China participara en todos los círculos concéntricos que se superponían, y que no se comprometiera con ninguno.

De acuerdo con Kissinger, cuando en 1972 el presidente Nixon se reunió por primera vez con Mao, ya asomaba síntomas graves de enfermedad; tocado comentaba –con cierta ironía para un ateo– que había recibido una invitación de Dios. En lugar de escoger a su nuevo sucesor, trató de institucionalizar su propia ambigüedad. Lo que legó a China fue un paquete de enconadas rivalidades políticas, promocionando liderazgos de uno y otro lado de su perspectiva sobre el destino de China.

Mao, con su distinguida circunlocución, acicateaba a los dos bandos más fuertes y luego los enfrentaba, al tiempo que fomentaba las contradicciones entre los moderados –Chou En-lai y Deng Xiaoping– para asegurarse de que nadie poseyera un dominio lo suficientemente claro como para erigirse en autoridad comparable a la suya.

Reformistas vs Puristas

En términos de estilo nada con la corriente. En termino de principios permanece firme como una roca. Thomas Jefferson

En un lado estaban los administradores prácticos, partidarios de abrir a China al mundo y avanzar en el aprendizaje de la ciencia y la tecnología occidental y en prácticas económicas capitalistas. Aquí encontramos a Chou a la cabeza, seguido por Deng, como figuras centrales. 

Del otro lado los puristas ideológicos, consagrados a la revolución permanente, a los que Mao después bautizaría despectivamente como la banda de los cuatro, encabezados por su mujer Jian Qing, actriz y productora de teatro; Zhang Chunqiao, un periodista y teórico político; Yao Wenyuan, un crítico literario izquierdista, y Wang Hongwen, un antiguo guardia de seguridad que había alcanzado la fama en la revuelta contra la gestión de su fábrica.

Esas dos facciones se trenzaron en un sinfín de debates sobre cultura, política, economía política y prerrogativas de poder; en síntesis, en la forma en que debería gobernarse el país. Para Kissinger, en el trasfondo de todo estaban las cuestiones filosóficas fundamentales que habían ocupado las mentes de la inteligencia china durante el siglo XIX y XX: Cómo definir las relaciones de China con el mundo exterior, y qué se podía aprender de los extranjeros, en el caso de que tuvieran algo que enseñar.

La banda de los cuatro

                                                                   La cualidad suprema del líder es la integridad. Dwight Eisenhower

Después que Lin Piao cayera en desgracia y falleciera en un accidente de aviación, Jian Qing y la banda de los cuatro sobrevivieron. Los ideólogos de su tendencia dominaron buena parte de los medios de comunicación, la universidad, la cultura y utilizaban su influencia para desprestigiar a Chou, y a Deng, y a otros representantes de la supuesta tendencia revisionista y entreguista, liderizada por ellos. 

Solo que su comportamiento terrorífico durante la Revolución Cultural les granjeó grandes enemistades en los círculos de poder, además de no poseer un respaldo sólido en el estamento militar y entre los veteranos de la larga marcha. En esa situación, la banda tenía muy pocas posibilidades de hacerse realmente del poder. Sin embargo, la facción encabezada por la mujer de Mao se propuso hacerles la vida imposible a los dos representantes más cercanos a la sucesión en el poder.

De acuerdo con el autor de Sobre China, Chou y Deng eran acusados por sus críticos de vender el país al extranjero; por el contrario, los dos reformadores de los siglos XIX y XX pretendían utilizar las tecnologías y las innovaciones económicas occidentales para apuntalar el vigor nacional y conservar a la vez su esencia.

Chou se identificaba totalmente con el acercamiento chino-estadounidense –lo que al final le costaría la sucesión– y con el intento de llevar los asuntos internos hacia un modelo más normalizado después de la Revolución Cultural. Deng y los funcionarios afines a él, como Hu Yaobang y Zhao Ziyang se asociaban al pragmatismo económico, ideas a las que se oponía con mucha fuerza la banda de los cuatro, pues consideraban que traicionaban los principios revolucionarios y traerían a China de nuevo al capitalismo.

La caída de Chou En-lai

Un líder no es necesariamente quien hace grandes cosas. Es la persona que logra que otros las hagan. Ronald Regan 

La presión de los radicales se hizo sentir en el caso de Chou En-lai, quien aparentemente era el llamado a ser el sucesor del jefe de la revolución. En opinión de Kissinger, ninguno de los segundos de a bordo de Mao en la embarcación revolucionaria, llegó a cristalizar con éxito el logro de las condiciones óptimas de equilibristas que se requerían. 

Liu Shaoqi, quien ejerció como número dos en el cargo de presidente entre 1959 y 1967, encarcelado durante la Revolución Cultural y Lin Piao, serían destruidos políticamente. Ambos perdieron la vida durante el proceso.  En el caso de Chou En-lai, a consecuencia del trabajo inclemente de la banda de los cuatro y la ambigüedad acomodaticia del líder máximo, será entregado por éste a rendir cuentas ante el buró político por sus veleidades pronorteamericanas.

Chou pagaría muy caro su trabajo de acercamiento e intercambio con los Estados Unidos, el poco tiempo que duraron las negociaciones del proceso de reconciliación. En noviembre de 1973, cuando volvimos a China, comenta Kissinger, Chou sería de nuevo nuestro anfitrión y una vez concluidas las reuniones de trabajo redactamos el manifiesto con el visto bueno de Mao. Todas las negociaciones habían terminado de forma rápida y favorable para ambas partes.

El comunicado expresaba la necesidad de ahondar consultas entre los dos países a unos niveles superiores. Había que aumentar los intercambios y el comercio. Chou dijo que llamaría a consulta al jefe de la oficina de contacto de China en Washington para informarle sobre la naturaleza del diálogo.

Los historiadores chinos afirman que fue entonces cuando la crítica de la banda de los cuatro surtió efecto, como un veneno, para terminar de colocar al líder en contra de su sucesor más inmediato. El diálogo recogido en el comunicado nunca se convirtió en realidad. Las negociaciones sobre cuestiones económicas casi definidas del todo se quedaron en el papel. El jefe de la oficina de contacto volvió a Pekín, pero no regresó a Washington sino al cabo de cuatro meses. El funcionario del consejero de Seguridad Nacional, encargado de China, informó de la paralización de las relaciones bilaterales.

Se impone la intriga de los cuatro

El poder no es control. El poder es fuerza y es darles esa fuerza a otros. Un líder no es aquel que obliga a los otros para hacerse más fuerte. Beth Rives

A partir de ese momento, según Kissinger, se supo que en diciembre de ese mismo año, a un mes de nuestra visita, Mao obligó a Chou a comparecer para unas sesiones de autocrítica ante el Politburó para justificar su política exterior descrita como excesivamente acomodaticia por Tang Wen-sheng y Wang Hairong, dos incondicionales del círculo de Mao.

Durante las sesiones Deng, de vuelta del segundo exilio como posible alternativa a Chou, resumió así las críticas: Tu posición está a un paso del presidente. Para otros, la presidencia está cercana, pero fuera de su alcance. En cambio, para ti está al alcance de la mano. Espero que lo tengas siempre en mente. La acusación se resumía en que Chou En-lai era excesivamente ambicioso.

En otra reunión del Politburó se acusó abiertamente a Chou: En general Chou pasó por alto el principio de evitar el derechismo en su alianza con Estados Unidos. Eso se debió a que había pasado por alto las instrucciones del presidente. Sobreestimó el poder del enemigo y menospreció el poder del pueblo. Tampoco entendió el principio de combinar la diplomacia con el apoyo a la revolución.

Según Kissinger, a principios de 1974, Chou desapareció del escenario político, supuestamente después de haber sido diagnosticado con cáncer. Sin embargo, la enfermedad solo fue un pretexto para sacarlo de circulación. Ninguna autoridad china volvió a referirse a él. En mi primera reunión con Deng, dice Kissinger, en repetidas ocasiones citó a Mao, pero este hizo caso omiso a mis referencias a Chou.

Un final inmerecido para el gran caballero de la revolución china

Las personas no pueden sentirse obligadas, deben ser capaces de elegir su propio líder. Albert Einstein 

Era un triste final, dijo el experto en política exterior, para una carrera caracterizada por la lealtad hacia Mao. Chou se había mantenido al lado del viejo presidente en los momentos de crisis, que le habían obligado a compensar su admiración por el liderazgo revolucionario de Mao, con el instinto pragmático y más humano de su propia naturaleza. Había sobrevivido porque era indispensable, y, en un sentido decisivo, leal, demasiado leal, afirmaban sus críticos.

Lo habían destituido del cargo cuando parecía que la tormenta amainaba y tenía el final cerca. No había discrepado de la política de Mao, como lo hizo Deng diez años antes… Yo interpreto –dice Kissinger– su modo de actuar como una forma de facilitar lo que necesitaba China, no como una concesión a mi persona o a la de otros compatriotas míos.

Políticamente renqueante, escuálido, en fase terminal, Chou En-lai hizo su última aparición    en público en enero de 1975. Fue en una reunión del Congreso Nacional del Pueblo de China, la primera convocatoria de este tipo después de la Revolución Cultural:

Después de hacer los cumplidos de rigor a lo que prácticamente lo había destruido –como una última manifestación de lealtad al presidente con el que laboró por más de cuarenta años– de acuerdo con Kissinger, a medio discurso Chou emprendió -como si se tratara de la continuación lógica de un programa-, una nueva dirección. Volvió a examinar la propuesta que permanecía latente antes de la Revolución Cultural: China tiene que esforzarse por conseguir una amplia modernización en cuatro sectores claves: agricultura, industria, defensa nacional y ciencia y tecnología.

Chou exhortó a lograr las cuatro modernizaciones antes de que acabara el siglo. Quienes le escucharon comprendieron que él no vería hecho realidad su objetivo. Aun así, los allí presentes recordarían sus palabras, en parte presión, en parte reto: A finales del siglo XX la economía nacional china se situará entre las primeras del mundo. En los años posteriores, algunos consideraron aquellas palabras y abogaron por el progreso tecnológico y la liberalización económica, incluso corriendo un alto riesgo personal y político. 

Nuevos liderazgos en tiempos turbulentos 

                                                  Cualquiera puede sostener el timón cuando la mar está en calma. Publilio Siro

Con la llegada de Gerald Ford al poder en sustitución de Richard Nixon, el 9 de agosto de 1974, obligado a renunciar por el escándalo Watergate, se inicia otra etapa en las inmovilizadas relaciones bilaterales después de la sustitución de Chou En-lai como representante del gobierno chino para manejar la política exterior de la potencia asiática. 

Aparecen dos nuevos actores claves en tiempos políticos turbulentos tanto en Estados Unidos, donde aún persiste el malestar por la guerra de Vietnam, como en China, donde las dos facciones rivales se disputan el poder encarnizadamente frente a un liderazgo de Mao menguado y cada vez más cercano al final.

Para complemento, según Kissinger, un incidente imprevisto provocado por la inexperiencia en asuntos exteriores del nuevo presidente, hizo detonar la irritación de los chinos cuando Ford, en su deseo de conocer a su homólogo soviético, creyó oportuno, ya que estaban de visita en Europa, aprovechar para un desvío de 24 horas y hacer contacto con Brezhnev. 

Nada menos que en Vladivostok, la ciudad incluida en uno de los muchos tratados desiguales de los que fue víctima China, impuestos por varias potencias en el siglo XIX; además, ubicada en el extremo oriental ruso que había obligado a Estados Unidos a una nueva planificación de la política con China. Una conveniencia técnica, afirma Kissinger, había dejado de lado el sentido común.

Un nuevo interlocutor con variaciones estratégicas

                                            El que nunca ha aprendido a obedecer no puede ser comandante. Aristóteles

Después de la desaparición de Chou de la escena política, a principios de 1974, Deng Xiaoping se convertirá en el nuevo interlocutor. A pesar de que retornaba del exilio, se ocupó de los asuntos con la prestancia y el aplomo que caracteriza a la dirigencia china y poco después sería nombrado vice primer ministro.

Para aquel entonces se había abandonado la idea de la línea horizontal, porque se asemejaba demasiado al concepto de alianza táctica y limitaba la libertad de acción de China. El nuevo planteamiento, para Kissinger, la sustituía por una perspectiva de tres mundos: Estados Unidos y la Unión Soviética en el primer mundo; Japón y Europa, forman parte del segundo; y todos los países subdesarrollados constituyen el tercer mundo, al que también pertenece China.

Deng presentó la perspectiva de los tres mundos que ordenó Mao anunciar en una sesión especial de la Organización de las Naciones Unidas en 1974: Puesto que las dos superpotencias compiten por la hegemonía en el mundo, las contradicciones entre ellas son irreconciliables; una de ellas no tiene más opción que dominar a la otra o ser dominada por ella. Su compromiso y su convivencia solo suelen ser parciales, temporales y relativas, mientras que su discrepancia lo abarca todo, es permanente y absoluta… Pueden llegar a ciertos acuerdos, pero no son más que de fachada, engañosas.

En esta situación interna e internacional, mis dos últimas conversaciones con Mao tuvieron lugar en octubre y noviembre de 1975. Estas brindaron la ocasión, en palabras del secretario de Estado, para organizar la primera reunión con el presidente Ford. Mao no me recibió en la primera oportunidad, todavía molesto por el gesto con Rusia. Dejando atrás ese tropiezo, Estados Unidos seguía fiel a la estrategia iniciada durante la administración de Nixon, independientemente de las fluctuaciones de la política exterior de las distintas potencias.

La visión exterior de futuro de Mao

Un líder no es un buscador de consensos, sino un moldeador de consensos. Martin Luther King

Mao –comenta Kissinger–, en la oportunidad en que me recibió en esta segunda fase de las relaciones, manifestó su preocupación de que China ya no era foco de atención para nosotros, y agregaba que estaba en el quinto lugar de importancia. Somos –decía– algo así como el dedo meñique de una mano.

De acuerdo con él, la Unión Soviética, Japón y Europa tenían prioridad… Vemos, decía el presidente chino, que lo que hacen es saltar hacia Moscú, utilizando como palanca nuestros hombros, unos hombros que ahora resultan inútiles, pero que en un futuro pueden resultar indispensables. Por otra parte –seguía Mao–, a los países europeos, aunque superan a China en términos de poder militar, los intimida la Unión Soviética.

Mao sostenía que el ejército estadounidense en Europa no era lo suficiente fuerte –y aun no lo es– para oponer resistencia al ejército de tierra soviético, y que el resto del mundo se opondría al uso de armamento nuclear. No aceptó –dijo Kissinger– mi argumento de que Estados Unidos lo utilizaría en último caso en defensa de Europa: 

Existen dos posibilidades. Una, la de ustedes; la otra, la de Drew Middleton, periodista del New York Times, quien ponía en duda que Estados Unidos pudiera imponerse en una guerra general en Europa contra la Unión Soviética. Al menos –añadió el presidente– no tiene importancia ni en un caso ni en otro, pues China no confiaría en las decisiones de otros países. 

Durante los meses que siguieron a las reuniones con los equipos de la diplomacia china, se hacían más evidentes las tensiones internas entre las facciones que se disputaban el poder en el país. El comportamiento de Qiao Guanhua, ministro de asuntos exteriores, fue haciéndose cada vez más polémico e insoportable. El estilo de Chou, que había funcionado como la seda y facilitó el camino a la colaboración, fue sustituido por la hostil insistencia.

Muerte de Chou En-lai

El ejemplo no es lo principal para influenciar a otros. Es la única cosa. Albert Schweitzer

La situación llegó a ser insostenible cuando murió Chou En-lai, el 8 de enero de 1976. Según relata Kissinger, en abril, con ocasión de las fiestas de Qingming (el día que se honra a los antepasados), cientos de miles de chinos visitaron el monumento a los héroes del pueblo en la plaza de Tiananmen para rendir homenaje al recuerdo de Chou, y dejaron en él coronas y poemas, en muchos de los cuales se podían observar críticas veladas al presidente y a su esposa. Dicha celebración puso de manifiesto la profunda admiración que sentía el pueblo chino por Chou y la aprobación subliminal de la política de orden y moderación que siempre encarnó desde el triunfo de la revolución el extraordinario dirigente chino.

De la noche a la mañana quedaron despejados los monumentos y se produjo un enfrentamiento entre quienes asistían a los actos y la policía. La banda de los cuatro convenció a Mao de que las tendencias reformistas de Deng habían desencadenado protestas contrarrevolucionarias. Al día siguiente se organizaron manifestaciones en contra. Dos días después del duelo por Chou, Mao destituyó a Deng de todos los cargos que tenía en el partido. El cargo de primer ministro en funciones recayó en un desconocido secretario provincial del partido comunista en Hunan, Hua Guofeng.

Luego de la última visita de Ford, las relaciones entre los Estados Unidos y China se fueron haciendo más distantes. Con George H.W. Bush como director de la CIA, Tom Gates, antiguo Secretario de Defensa, fue nombrado jefe de la Oficina Enlace de Pekín. Hua Guofeng estuvo cuatro meses sin recibirlo y, cuando lo hizo, se ciñó al lenguaje establecido, aunque formal. 

Un mes después, a mediados de julio, el viceprimer ministro Zhang Chunqiao, a quien se consideraba el hombre más fuerte de la China y miembro clave de la banda de los cuatro, aprovechó una visita de Hugh Scott, presidente de la minoría del senado, para plantear una postura muy belicosa respecto de Taiwán, que en nada concordaba –nunca estuvo en el centro de las conversaciones– con lo que había dicho Mao: 

Tenemos las cosas muy claras sobre Taiwán. Desde que surgió el tema se ha convertido en una soga alrededor del cuello de los Estados Unidos. Es este país el que tiene interés en quitarla. Será algo positivo para nuestros pueblos. Estamos dispuestos a resolver el problema de Estados Unidos con nuestras bayonetas; puede que no sea lo más agradable del mundo, pero es así. 

Los radicales, la ortodoxia maoísta, seguidores a ciegas de la revolución permanente y de los versículos del Libro Rojo, empujaban a China en una dirección que evocaba una nueva, fracasada, Revolución Cultural y el estilo provocador del maoísmo con respecto a Kruschev.

Muerte de Mao Tse Tung

 Permanece con un líder cuando este en lo correcto, quédate con el cuándo siga estando en lo correcto, pero déjalo cuando ya no este. Abraham Lincoln

El 9 de septiembre 1976, casi exactamente ocho meses después de la muerte de Chou En-lai, muere el máximo líder de la revolución china Mao Tse Tung, del cual Henry Kissinger, autor del libro Sobre China, dirá: La enfermedad acabó con Mao y dejó a sus sucesores con sus logros y premoniciones, con el legado de heroicidad y brutalidad de su gran visión, distorsionada por las excesivas cavilaciones. 

Dejó una China unificada como no lo había estado en siglos, después de haber eliminado la mayor parte de los vestigios del antiguo régimen y acabado con los escollos que impedían las reformas que nunca abordó totalmente el presidente. China sigue unida y hoy descuella como potencia en el siglo XXI, y para muchos chinos, Mao representa el papel antiguo y a la vez respetado de Qin Shi Huang, el emperador guerrero –que quemó libros y prendió fuego vivo a muchos eruditos confucianos– y a quien él mismo veneró:

El autócrata fundador de una dinastía que llevó a China a una nueva era reclutando a la población para llevar adelante un enorme esfuerzo a escala nacional, cuyos excesos algunos calificaron posteriormente como necesarios. Para otros, el terrible sufrimiento que infligió Mao a su pueblo deslució sus consecuencias. 

Al final, se inclinó hacia el desafío de la configuración del orden mundial estadounidense. Sus sucesores también tuvieron fe en la fortaleza del pueblo chino, aunque no creyeron que su país fuera capaz de desarrollar su extraordinario potencial solo a fuerza de voluntad e ideología. Buscaron la independencia, pero fueron conscientes de que la inspiración no bastaba … por consiguiente, dedicaron sus energías a la reforma interna. 

La nueva oleada reformadora llevaría de nuevo a China a la política exterior de Chou, caracterizada por el esfuerzo de vincular por primera vez el país en su larga historia a las tendencias económicas y políticas del mundo. Una estrategia, de acuerdo con Kissinger, que tendría su mayor representante en un dirigente que había sufrido dos purgas en diez años y había vuelto por tercera vez del exilio interno: Deng Xiaoping.

La nueva China de Deng Xiaoping, camino al mercado

La tarea del líder es llevar a la gente desde donde están hasta donde nunca han estado Henry Kissinger

Únicamente aquellos que vivieron la época de Mao pueden valorar en su justa dimensión el extraordinario proceso de transformación experimentado por la China comunista. Las ciudades ahora llenas de vida, el auge de la construcción, los embotellamientos de tráfico, el dilema de una tasa de crecimiento amenazada por la inflación y, en otra ocasión considerada por las democracias occidentales como un baluarte ante la recesión mundial… Todo lo que resultaba imposible –en la China gris de las comunas agrícolas, de la economía estancada y de la población uniformada con la típica chaqueta, que profesaba una fe ideológica que tenía su oración en los mandamientos hechos a base de consignas extraídas del Pequeño Libro Rojo–, ahora es realidad. 

Mao, para Kissinger, destruyó la China tradicional y utilizó los escombros como elementos básicos para la modernización definitiva. Deng tuvo el valor de buscar la modernización en la iniciativa y la resistencia de los chinos. Abolió las comunas y fomentó la autonomía regional para dar inicio a lo que él dio en llamar: socialismo con características chinas. La China de hoy en día –la segunda economía del mundo en cuanto a volumen, la que posee mayores reservas de divisas, con numerosas ciudades que presumen rascacielos más altos que el Empire State– constituye un tributo a la visión, la tenacidad y el sentido común de Deng Xiaoping y yo agregaría a la sensatez, la clase y la elegante inteligencia de Chou-En-lai. 

Leon Sarcos, marzo 2025