
Los cafetales del Valle del Cauca guardaron durante años secretos más oscuros que sus granos. Ocultos tras una maraña de documentación legal, identidades falsas y complejas estructuras corporativas; 137 parcelas permanecieron invisibles ante las autoridades.
Por Semana
No eran simples predios agrícolas sino que constituían un imperio silencioso, una extensión de un millón de metros cuadrados donde el narcotráfico había echado raíces y muy profundas.
Tras una exhaustiva investigación y seguimiento financiero, la Fiscalía General de la Nación desenmascaró una de las estrategias más sofisticadas para encubrir propiedades del narcotráfico en la historia reciente.
Las propiedades, con un valor superior a 90.000 millones de pesos, se adquirieron en 1992, cuando el Cartel de Cali estaba en su apogeo. Incluso después de su fallecimiento, la sombra de ‘Pacho Herrera’ persistió en la propiedad velada de estas tierras.
Situados en Santa Elena, Cerrito (Valle del Cauca), los terrenos fueron meticulosamente divididos, transferidos a un fideicomiso comercial y posteriormente confiados a un político cercano al fallecido capo, quien asumió los derechos fiduciarios.
Este mecanismo legal, diseñado para proteger bienes legítimos, fue manipulado para crear una barrera contra la extinción de dominio. La estrategia era precisa: dividir, encubrir, legitimar. Todo para preservar el patrimonio ilícito.
La investigación se extendió más allá del suroccidente colombiano. Simultáneamente, se desarticuló una red más extensa mediante operativos coordinados en Cauca, Meta, Risaralda y Valle del Cauca, donde incautaron 506 bienes: residencias, terrenos, automóviles, ganado, empresas y dinero en efectivo, valorados en más de 92.000 millones de pesos.
Las evidencias apuntan a una organización narcotraficante cuyos líderes fueron arrestados en 2023, enfrentando solicitudes de extradición a Estados Unidos. Como los sucesores de Herrera, seguían el mismo esquema: adquirir, fraccionar, disimular, comercializar.
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