León Sarcos: El arte de pensar, discernir y disentir - LaPatilla.com

León Sarcos: El arte de pensar, discernir y disentir

No es posible construir un discurso político, pretendidamente novedoso, borrando los epitafios de las tumbas de los héroes de grandes reivindicaciones sociales y humanas.

Vivimos tiempos de un profundo desencuentro entre los intereses de los patrocinadores de la ciencia y la tecnología y los intereses del desarrollo humano.

No se puede ser pretendidamente nacionalista, demoliendo los derechos y el progreso que ayudaron a conquistar los fundadores de la democracia y los mártires de la ampliación de los derechos civiles.





Vivimos tiempos de vileza, crueldad y desencanto. Yo afirmaría que las expectativas maravillosas que generaron el fin del comunismo en 1989, el establecimiento de la globalización y la consolidación universal de Internet, se han transformado en un pasaje tenebroso de la historia cargado de miseria humana, incertidumbre y angustiosa expectativa por un futuro que nadie se atreve a predecir o se aproxima a descifrar, pero que tiene algunos componentes muy novedosos y algunos muy parecidos a los que desataron las dos primeras guerras mundiales. Especialmente porque a la verdad se ha impuesto la mentira, contra el derecho la arbitrariedad y la insolencia, y en lugar del modo la patanería y el espectáculo político para dirimir los destinos de algunas potencias.

Debemos voltear hacia Montaigne, cuando desde su torre escribió: El principal rasgo de la corrupción de las costumbres es el destierro de la verdad, pues, como decía Píndaro, ser veraz es el comienzo de toda virtud y la primera condición que Platón exigió al gobernador de la república… Mentir es un vicio infame, que un antiguo pintó con oprobiosos colores cuando dijo: es dar muestra de menosprecio a Dios, a la vez que temer a los hombres. 

El discernir espiritual y el discernir político

Necesitamos ser conscientes de nuestras tentaciones y temores, de los consuelos y luces que Dios nos da y, de los diversos movimientos que ocurren en nuestro interior. San Ignacio de Loyola

El primero de los caminos hacia la verdad lo constituye la puesta en práctica de la capacidad para discernir el sendero de la luz. Desde el punto de vista religioso, la facultad básica espiritual cuyo fin primero es la búsqueda de la verdad en Dios. El discernimiento es un don del Espíritu Santo. Por eso, el discernimiento en términos espirituales consiste en ir explorando la parte interior de nosotros, seres humanos, en toda su complejidad: psiquismo, emotividad, afectividad, el discurrir de los sentimientos, de las fantasías y de los sueños. En todo ese laberinto que es la naturaleza humana, en su interioridad mística, el ser humano puede afirmar que ahí se encuentra Dios.

En el Nuevo Testamento, la raíz griega de la palabra discernir, diakrino, significa separar mediante la búsqueda diligente, examinar; es la capacidad de discriminar o tomar determinaciones de forma adecuada. La Real Academia explica: facultad de distinguir la diferencia de las cosas. Juicio por el que percibimos separación, y declaramos la diferencia que existe entre diversos objetos, procesos y situaciones.

La raíz etimológica procede del verbo latino discernere, y significa distinguir, reconocer, separar, en mi opinión, la paja del grano. Y del sufijo mentum, que significa medio o instrumento. El discernimiento es, en definitiva, el proceso mediante el cual se toman decisiones importantes.

Maquiavelo tiene una frase para diferenciar las posibilidades que ofrece el hecho de estar bien facultado para discernir: Hay cerebros que disciernen por sí solos, hay otros que no disciernen, pero entienden lo que otros disciernen, y hay cerebros que ni disciernen ni entienden lo que otros disciernen. Los primeros son extraordinarios –son los imprescindibles, diría yo–, los segundos son buenos y los terceros, son inútiles.

A nivel elemental de creencias, casi todos los seres humanos de alguna manera disciernen, son la gran mayoría; a nivel social y político, una buena parte discierne y la otra es arrastrada por la corriente. Solo una minoría calificada suele tener siempre un discernimiento crítico sobre lo humano y lo divino. 

No son abundantes los buenos discernidores

La felicidad es cuando lo que piensas, lo que haces y lo que dices están en perfecta armonía. Mahatma Gandhi 

El problema es que esos hoy son invisibles. Imposibles de distinguir entre un tumulto de opinadores muy mal formados o deformados, los influencers y el resto de mortales que compiten y se inmiscuyen en cualquier discusión por muy calificado que sea el panel, únicamente de la mano de memes, bulos y del tío Google. Una vez que baje la marea y se normatice el uso de las redes en cada país, es posible que las aguas de la opinión y el juicio calificado y coherente tomen cuerpo de nuevo y la relevancia que merecen para ayudar a la toma de mejores decisiones sobre el futuro.

Discernir bien, con verdad, con sindéresis, con modo, argumentando razones, inspirado en principios, en leyes y en el conocimiento y la sabiduría acumulada a lo largo de la historia, es un arte que nos permite tomar decisiones cada día, desde un sistema de valores trascendentes, que nos sirve de guía. El discernimiento es el proceso de hacer distinciones, inteligentes, consistentes y congruentes, integrando el componente transpersonal. Es, escoger, es vivir, decidirse y definirse. Yo soy lo que en definitiva mis decisiones serán, producto de discernir.

De nuevo Montaigne, no está la verdad como decía Demócrito, escondida en el fondo de los abismos, sino elevada en la altitud infinita, en el conocimiento divino. El mundo no es más que una escuela de investigación. No se trata de llegar a la meta, sino de quien ejecutara las más bellas carreras

La democracia y los seres humanos  

No me molesta encontrar el error cuando deriva de la ignorancia; lo que me subleva es la necedad. Montaigne

Nadie está bien cuando puede estar mejor –pensaba San Agustín–. Está inscrito en el alma humana la animación al crecimiento, al desarrollo integral, a dar lo grande de sí mismo, cuando se aceptan nuevos desafíos y hasta en el tiempo de espera se avanza, se crece, se va adelante, como en los viejos tiempos, en una campaña permanente por ser y vivir una vida mejor. No solo la nuestra sino la de todos.

Las limitaciones, las enfermedades, las manías, los trastornos de psiquis, la inversión de valores, el cansancio, el aburrimiento, la concupiscencia, los retrocesos de (en) reivindicaciones sociales y políticas, son fallas humanas; la democracia no es la responsable, la democracia es un sistema único, que por plural y respetuoso de los otros, tolerante a veces, implacable en otras y sobre todo perfectible, nos permite convivir humana y civilizadamente.

No se ha inventado otro y cuando se patea su normativa, su orientación, sus leyes, es que una minoría está abusando de la mayoría, una elite equivocadamente se ha apropiado de la representación y amenaza su vigencia temporalmente. La democracia es la versión estructurada de un ser humano que necesita los cuidados, la atención y las prescripciones médicas permanentes para prevenir enfermedades, mejorar y prolongar su vida.

Es un hogar que tiene en el padre y la madre los paradigmas a seguir para lograr la prolongación de los buenos frutos en el tiempo. El hogar no puede ser malos ejemplos, autoritarismo, irrespetos a la comunidad familiar, intolerancia, impulso descontrolado, hegemonía, ironías, sarcasmo, ego; todos esos vicios terminan minándolo, debilitándolo, corroyéndolo, hasta disminuirlo y abrirle paso a los hogares disfuncionales, en el caso de la democracia a la autocracia, o a los sistemas híbridos donde están presentes los vicios de la Ancien Régime y los pecados capitales de los grandes dictadores.

 La hora de discernir. Y discernir con altura

Cualquiera que sea la causa de tu sufrimiento no lastimes a otro. Buda

Atravesamos momentos cruciales de la historia, en que la humanidad entera se juega su destino final, y está obligada a sentir, a pensar, a interpretar y a disentir, porque los hechos y el rumbo que lleva la democracia estadounidense-el sistema referente por ser hasta el presente la potencia líder en el mundo occidental-, resulta inquietante, porque ha roto todos los paradigmas protocolares de relaciones interinstitucionales adentro y todos los componentes clásicos de la política exterior antes y después de la Segunda Guerra Mundial. 

Y no es una revolución lo que está operando que conduzca a una reingeniería de la estructura institucional de la democracia estadounidense, sino un verdadero desastre sin sentido que amenaza con liquidar su hegemonía como primera potencia mundial. 

Ahora, en el momento actual, es cuando estamos obligados a discernir sobre toda la temática que atañe a nuestro destino como raza humana: sobre el buen o mal comportamiento de los gobernantes, y el destino de las naciones; el futuro, la utilidad y la instrumentación de la ciencia, para que sirva principalmente a los fines del desarrollo humano integral, y no a los payasos a los que el azar dio fortuna, y el manejo de la física medios para apropiarse de los derechos de autor acumulados por la sabiduría humana y las patentes de los grandes descubrimientos y aportes a la buena ciencia.

Tenemos que discernir sobre el buen uso de las nuevas tecnologías para darles la utilidad pertinente, para ayudar a crear la sociedad del conocimiento, para cuyos fines ilusoriamente fueron creados. En la práctica, han servido para practicar toda clase de hedonismo y perversiones, gracias la reproducción de imágenes de toda naturaleza que generan ingentes ganancias a quienes las producen y a los propietarios de las empresas que manejan las redes

Tenemos que discernir sobre el porvenir de la Tierra, si sigue siendo apretada por el cambio climático y el efecto invernadero, la degradación del suelo y la pérdida de la biodiversidad, la contaminación del agua, del aire y de la acústica; en fin, en cómo la atención a todas estas variables hará nuestra vida tan agradable –si las atendemos con diligencia y eficiencia, y presionamos a los gobernantes para que las asuman como prioridades– como el simple hecho de comer, trabajar, tener sexo, hacer deporte e ir a dormir.  

Porque para reconocer los caminos de la libertad plena, como decía San Pablo: Examinen todo y quédense con lo bueno, pero no discernir para encontrar lo que a mis intereses convenga: hay que encontrar el camino que puede favorecer a todos. Para ello tenemos que alfabetizarnos en el arte de discernir y a la vez discrepar, herramientas imprescindibles para elevar la majestad del diálogo, la conversación o el debate. 

Para darle pertinencia y sacarlo del chiquero –al que lo llevan los líderes populistas hijos de las nuevas tecnologías, monotemáticos, ignorantes y además arrogantes por lo que se hacen más insoportables–, donde aún sin que estemos cerca nos salpican de lodo con el uso del epíteto insultante y procaz y la altivez autocrática de quien carece de conocimiento y de argumentos sólidos para explicar sus enormes disparates.

Las similitudes de los contextos. El renacer de los nacionalismos

Es difícil liberar al necio de las cadenas que venera. Voltaire

Ni las religiones, como creía Samuel Huntington, ni las ideologías por sí solas serán los detonantes de las próximas confrontaciones entre las naciones. Serán las distintas versiones de los nacionalismos, las disputas de mercados, las confrontaciones entre dictaduras autocráticas y democracias populistas y colateralmente choques religiosos y las disputas espaciales. Temas de debate para los especialistas. 

Recordemos que las últimas guerras en Europa se sucedieron a principios de 1870, y regresarían con toda su vileza y crueldad para terminar el periodo de la Belle Epoque, cuando la vorágine de los nacionalismos haría alistarse en los ejércitos a los jóvenes con vocación militar e inocencia infantil en 1914. La casus belli, aparentemente pusilánime –no por la muerte en sí del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, que siempre importa– en relación con la respuesta desproporcionada por todos los involucrados. El resultado de fallecidos en cifras aproximadas: entre 15 y 20 millones de seres humanos. 

La segunda iría precedida del cierre del Tratado de Versalles y un contenido –a juicio de muchos injusto–, que provocaría el resentimiento y el renacer de los nacionalismos con más voracidad que en el pasado, con un psicópata al frente de una gran nación alemana armada hasta los dientes, solo derrotable al final, en un todos contra uno. 

Vendrían entonces los locos veinte, y mientras el resto de Europa se recreaba en nuevas invenciones para hacer la vida más confortable y en la innovación de nuevas teorías sobre el arte, el surrealismo, el dadaísmo, Hitler afinaba una ideología que cegaría la sensatez y acabaría con el sentido común de una de las naciones más cultas de Europa. El resultado en cifras aproximadas de fallecidos: entre 50 y 60 millones de víctimas.

 

Adolescente, me preguntaba cómo se justificaba esa integración de italianos fascistas, alemanes nacional socialistas y japoneses nacionalistas hijos del imperio del sol, en lo que se llamó El Eje del mal. Igualmente me pregunto qué sortilegio une a China y la Unión Soviética, ideológicamente afines, religiosamente distantes con el Irán de los Ayatolá. Ahora comprendo que toda alianza política es una comunidad de intereses contingenciales de una coyuntura específica de la historia. Por eso, no todos tenemos ni la piel ni el impudor que reclama la política.

No tengo poderes de oráculo para afirmar que se están incubando las condiciones para una espantosa contienda, pero existen muchos síntomas de que cualquier imprudencia –nada difícil de cometer por los dos narcisos megalómanos que dirigen Rusia y Estados Unidos– podría cambiar abruptamente toda la configuración de la geopolítica mundial y llevarnos a un gran desastre de magnitudes insospechadas. Las guerras y sus inicios nadie puede preverlas, simplemente están en la mente de algunos hombres, y ellos conscientemente en sus delirios las provocan y estas se suceden.    

Cómo mejorar la democracia

No enseño ni a vivir mejor ni a razonar ventajosamente. Cicerón

El mundo democrático no puede seguirse dando el lujo de que cualquiera llegue al poder. Sobre todo, teniendo antecedentes tan identificados de conductas personales cuestionables y pensamientos improcedentes por falta de preparación para dirigir un país. 

El parlamento, o los poderes legislativos de los países, deben crear una normativa constitucional o legal que obligue a pasar por algunas pruebas calificadas que permitan evaluar la normalidad de la conducta personal y los conocimientos sobre los asuntos de Estado de cada país. El congreso debe tener poder de veto para evitar la llegada de elementos que trabajan para que la democracia implosione en favor de un autoritarismo con rasgos monárquicos.

Las democracias latinoamericanas deben ir pensando en formas de intermediación que sustituyan a los partidos como representantes de los distintos sectores de la sociedad civil. La revolución tecnológica demanda formas de organización inspiradas en las redes y organizados sobre la base digital. 

Sistemas de participación política novedosos, que con las informaciones que ahora poseen las redes puedan organizar e identificar por inclinaciones y gustos el área de trabajo en que cada quien subsidiariamente quiere ayudar. En mi opinión, son más útiles y ofrecen más cobertura, por tópico las ONGs, si los promotores de estas organizaciones no las consideraran casa propia de su absoluto manejo discrecional. 

Es imprescindible someter a discusión la calidad, seguridad y garantía de imparcialidad de los sistemas electorales. Empezando por la verdadera condición independiente de los postulados a presidir, e integrar la directiva del consejo electoral de cada país. Además, los organismos electorales, deben poder ser objeto, sin mucho tramite burocrático, de verdaderas auditorías ciudadanas que puedan hacerse de manera transparente y públicamente. En el caso latinoamericano, si nuestra cultura política no fuera tan bellaca y dada a la triquiñuela, todo sería posible y fácil.

El sistema democrático debe aprovechar la revolución tecnológica para realizar una gran transformación innovadora que cree protocolos rápidos y fáciles de ejecutar y renovar en la administración pública, para hacerla menos lenta y pesada y mucho más eficiente. Tiene que dejar de ser clientelar de los partidos, y convertirse en una gerencia profesionalizada y dada al servicio civil. 

Las democracias occidentales, las europeas, las norteamericanas y las latinoamericanas están llamadas a un intenso proceso de discernimiento sobre su funcionamiento, sus limitaciones, su falta de dinamismo, porque se enfrentan a una realidad completamente distinta, para la cual nadie estaba preparado. Su rendimiento es deficiente; las expectativas en un nuevo orden mundial, gracias a las nuevas tecnologías, van en avión y los dirigentes democráticos van en ferrocarril, y algunos aun en carreta.

El desafío de las nuevas tecnologías

Al final las religiones y las ideologías serán métodos o hipótesis muy útiles para ayudar a explicar el comportamiento humano. El mundo del futuro, no me cabe duda, será dirigido y controlado por los propietarios de las nuevas tecnologías.

La mentalidad tecnocrática ha tenido, en su desarrollo, dos facetas. La primera, en la que el hombre común no podía acercarse, ni siquiera, a cuestiones aparentemente pequeñas, sencillas o claras, sin su asistencia. Al igual que en el manejo de la parte compleja y de envergadura de todas las actividades –políticas, sociales y culturales–, que trascendían la competencia del ciudadano amateur y exigían inexorablemente su presencia, las simples tampoco escapaban a su determinación.

Y alrededor de este núcleo central del experto que se encargaba de los asuntos públicos vistos a gran escala, se extendían los círculos auxiliares –profesionales de distintas disciplinas– que, aprovechando el prestigio social de aquel, por sus conocimientos técnicos, asumían –como hoy lo hacen los líderes políticos populistas– una influencia autoritaria sobre los aspectos más generales e íntimos de la vida ciudadana. En la tecnocracia todo aspira a ser puramente técnico, todo sujeto a un tratamiento supuestamente profesional.  

La revolución tecnológica –según Moises Naim– del Mas de todo para todos, de la Movilidad, todos somos migrantes, y de la Mentalidad, graduó de tecnócratas a todo el que pudiera acceder a una computadora, a un teléfono móvil, conectarse a Internet y hacerse consumidor habitual de las redes y del mercado de buena parte de la humanidad. El resto del mundo es marginal. 

Pasó lo que tenía que pasar. Los expertos en física, matemática, biología, electrónica y todas las disciplinas derivadas de ellas, agarraron la sartén por el mango, y no solo fueron los creadores de grandes innovaciones tecnológicas y a la vez los propietarios de las nuevas empresas productoras de  todas las tecnologías de comunicación digital, aprovechando todo el saber acumulado sin costo alguno, sino que han provocado una crisis de la civilización y mutaciones culturales que están trastornando de manera asombrosa a toda la humanidad.

De nuevo la Unesco, siempre la carreta delante de los caballos: A medida que los sistemas informativos y de Inteligencia Artificial se vuelven más sofisticados, los límites entre la intención humana y la acción automatizada se difuminan, lo que plantea situaciones críticas sobre como preservar, redefinir e idealmente, elevar la agencia humana en una era de aceleración tecnológica.

Simplemente se está produciendo lo que algunos historiadores y otros críticos advirtieron décadas atrás: que la ciencia y la tecnología y sus patrocinadores, serían los nuevos gobernantes del mundo y el ser humano un agregado sumiso por voluntad propia, reducido a ser un simple agente de segunda categoría, especie de utility, para movilizar y accionar a los nuevos agentes administradores de la realidad: las máquinas. De las artes solo sobrevivirá la poesía, cuya creación siempre es virgen y tiene que ser necesariamente humana. Todas las otras artes pueden recrearse para provocar nuevas animaciones también mecánicas y electrónicas.

Generaciones encontradas y las vanguardias

Cuando una mujer nos cautiva. ¿Cómo discernir donde empieza su sonrisa y donde termina su boca? Heine

Cada generación tiene su entorno, sus acontecimientos históricos que la marcan, sus pensadores, sus líderes, su música, sus bailes, sus libros, su moda y sus ídolos. Pero lo que más define a una generación son sus sueños y en nuestro caso fue la consagración de la paz después de la segunda guerra y el cómo hacer para que los de abajo y los oprimidos pudieran recibir o ganar una parte de lo que ayudaban a producir los que llegaban más rápido arriba. Nunca por resentimiento o complejo, en mi caso, siempre inspirado en el sentido de justicia, la piedad, la bondad, la generosidad cristiana y las ideas de las vanguardias políticas y culturales de nuestro tiempo. Siempre tuvimos cuidado de que la física, la matemática, la biología y la electrónica no nos hicieran hijos del cálculo económico y político, determinantes para el desarrollo, pero no tanto para aniquilar la capacidad de sentir, la espontaneidad, la autenticidad, y la sensibilidad de tender nuestra mano solidaria al prójimo que la necesitara.

Fuimos románticos y hoy, en el tiempo de espera, lo somos con más fuerza. Creíamos y profesamos la fe poética, y nos acercamos con humildad de monje a las culturas orientales y hemos aprendido de ellas. Todos queríamos ser solistas como Elvis Presley, Bob Dylan, y Joan Manuel Serrat, Demis Roussos, Elton John, Tom Jones. O hacer un dúo como The Carpenters y Simón & Garfunkel o tener nuestra propia banda, como Los Beatles, Los Rolling Stones o The Who, quienes cantaron Mi generación: A quien todos tratan de derribar porque nos movemos Baby. 

Fuimos la generación del papelito que llevaba escondido un sentimiento que no podíamos, por mucho pudor, timidez o miedo, expresar directamente. Temblamos, trémulos de emoción cuando el ser amado estaba cerca y nos invadían, como ante los jurados para los exámenes, las mariposas en el estómago y la ansiedad que acelera el ritmo cardíaco. Experimentamos, cada quien, por separado, una estética del enamoramiento inspirada, sin saberlo, en lo mejor del teatro clásico. Cada quien tiene su relato de la historia de amor vivida que debía escribir.

Vivimos del relato escrito y oral, somos hijos lectores del boom latinoamericano. Fuimos amantes de la conversación, entendida al estilo Montaigne y el teléfono solo servía, como debe ser, para comunicar asuntos de interés personal, comercial y hasta íntimo, pero nadie sentía adicción por él. La televisión, al igual que la radio primero, era sano entretenimiento. Éramos lectores del libro y del periódico en físico, que traía información procesada, responsable y veraz; excepcionalmente había mentiras.

Disfrutamos la aventura de vivir y cuando descubrimos el sexo lo hicimos con verdadera libertad y sin tabúes, pero con una misteriosa delicadeza en un mundo todavía cerrado y encerrado en creencias religiosas conservadoras y puritanas, donde la mujer dejó abruptamente de ser objeto para convertirse en sujeto, dueña de su propio cuerpo y administradora de su destino.

Nunca creímos que la vida tan bella y tan rica en experiencias públicas y privadas y riquezas acumuladas del alma de cada uno, podía convertirse en simple información para elaborar algoritmos donde se reflejan y agrupan nuestros gustos, deseos y preferencias de todo tipo, como si fuéramos un panal de abejas del que se saca la miel con la que se endulza la oferta en el mercado  –para hacer nuevos millonarios asociados ahora a una clase política que desarma un mundo edificado de valores y principios, para construir uno nuevo que nadie comprende adónde va–, donde la vida humana y su procesamiento se ha convertido en una gama de productos de mucha demanda para vender en un mercado de idiotas adormecidos.

Hay años luz de diferencias entre nuestra generación baby boomers (1946-1964) y la generación X (1964-1979) y las otras generaciones hijas de la revolución tecnológica y enamorada de la inteligencia artificial y las que vendrán que se identifican con el avance acelerado de las nuevas tecnologías.

Nuestras generaciones y su vanguardia tuvieron como referentes del liderazgo, unos a Allen Ginsberg, a Jack Kerouac y William Burroughs, a Malcon X y a Daniel Cohn-Bendit, otros al Che Guevara, a Castro y a Mao Tse Tung; cada uno pretendía cambiar el mundo a su manera. Particularmente, en mi tiempo de espera, sigo guardando para mí el poema Alarido de Ginsberg y el libro En el camino de Jack Kerouac, La alternativa y Proyecto esperanza de Roger Garaudy y muchos ensayos de Foucault y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

La generación Y, o millennials, la Z o centennials y la Alfa, nacidos a partir de 2011, hasta la fecha, son hijas de Harry Potter y de la revolución tecnológica y toda la gama de juegos electrónicos inventados de manera exponencial a partir de los 90; su comunicación es a través de medios digitales, su entretenimiento es digital, sus juegos preferidos son digitales. Tienen muy poco interés, yo diría que ninguno, por los asuntos políticos y sociales. El amor es una casualidad, no gustan de los compromisos, están hechos para ganar y hacer dinero, tienen un concepto del éxito puramente individual y carecen totalmente del sentido de comunidad.  

Conclusión

Ser capaz de discernir que lo verdadero es lo verdadero, y que lo falso es falso, he aquí el signo y el carácter de la inteligencia. Lo dijo Swendenborg, que según Borges, conversaba con los ángeles en las calles de Londres

Aquellos que pertenecemos a la generación Baby Boomers estamos en la pista, en tiempo de espera. Nos sorprende la última parte del cuento; es enigmático, duro, extraño, cruel, difícil de procesar. Cómo les habrá costado entendernos y aceptarnos a quienes hacían las maletas para partir cuando nosotros llegamos. 

Hacemos esfuerzos por advertir los peligros de un mundo encaminado hacia la total deshumanización. Ajena el alma al sentir estético. Ausente la palabra en unos rostros anónimos desencajados de sangre. Conmovidos los sentidos por haber contemplado tanta belleza desnuda trinada de silencio. Solo gotas de lágrimas que se desprenden de un rostro muerto un día lluvioso en uno de los misteriosos pasajes de Juan Rulfo. Sin música, sin sonrisa, sin traje de gala para el último baile. Todavía, fantasmas, podemos hacer fiesta, porque sin imágenes, hicimos un gran descubrimiento el día que en Macondo se conoció el hielo:

José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:

–Es el diamante más grande del mundo.

–No –corrigió el gitano– es hielo.

José Arcadio Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la apartó: cinco reales más por tocarlo. José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto con el misterio.  

Me enamoré de una frase que un amigo me dijo, recién ingresado a la universidad: la vida es una carrera de postas, o relevo, como la que se realiza para trasladar el fuego olímpico. El fuego de Prometeo para dar vida a la humanidad. Hay unos que deben correrla y entregan el fuego para que otro continue el camino a su destino final. Él hizo mérito para que el fuego llegara a su destino y muchos lo han hecho con pundonor. Es lo que debe hacer cada uno de los miembros de nuestra generación, para que felices, como el gran filósofo austríaco, nacionalizado inglés, Ludwig Wittgenstein (1889-1951), –cuando estemos al borde del último suspiro–, podamos decir: Díganles a mis familiares que tuve una vida maravillosa.

Leon Sarcos, abril 20025