
Todavía hoy es el día en el que nadie sabe con certeza qué contenía aquella caja fuerte descerrajada con pericia en la madrugada del 30 de marzo de 2014 por tres profesionales del robo competentísimos, también hasta hoy totalmente desconocidos, que lograron eludir todas las medidas de seguridad del Vaticano, cegaron las cámaras, supieron conseguir con exactitud marcial todos los códigos que necesitaban y lograron que el vigilante se pusiese oportunamente enfermo.
Por: El Mundo
Los ladrones entraron en los despachos de varias congregaciones soplete en mano, se hicieron con unos cuantos euros y jugaron al despiste hasta alcanzar su verdadero objetivo: una caja entre varias, que ocultaba 22 carpetas misteriosas. Tampoco el papa León XIV conoce al detalle qué ocurrió aquella noche. Lo cual no implica que el contenido de aquellas carpetas, supuestamente comprometedor, pueda estar esperándole a la vuelta de la esquina, como herencia, en cualquier momento, en un lugar en el que los escándalos se gestionan bajo el secreto más absoluto pero que no siempre son ahogados con absoluta eficacia.
Según los vaticanistas más racionales, en aquellas carpetas se encontraba la totalidad del informe COSEA, la investigación ordenada por el papa Francisco tras el acceso a su cargo con el fin de descubrir las irregularidades, las ocultaciones de cada uno de los departamentos vaticanos en una de las burocracias más opacas del mundo y el descontrol sobre su patrimonio. «Ese informe, del que sí se conocieron partes que ya resultaron extraordinariamente escandalosas, no ha visto la luz, nunca se ha filtrado. Era secreto y su destinatario único era el Sumo Pontífice», asegura el vaticanista Eric Frattini, que acaba de publicar el libro Cónclave en el que se detallan muchas de las informaciones que sí se filtraron en su día en uno de los episodios más peculiares de la trayectoria vaticana en el que fueron protagonistas un sacerdote español, Luis Ángel Vallejo Balda, vinculado al Opus, y su presunta amante, Francesca Chaouqui.
Sin embargo, según ha escrito esta mujer -que junto a Balda formaba parte del grupo COSEA- en aquellas carpetas había más. Estaban «el archivo referente a Emanuela Orlandi (la niña de 15 años hija de un trabajador de la Prefectura del Vaticano, desaparecida misteriosamente en 1983 y cuyos restos han sido buscados entre las tumbas de la Ciudad Santa incluso durante el papado de Francisco); los informes de los gastos políticos de Juan Pablo II en los tiempos de la Guerra Fría y de Solidaridad; y la correspondencia entre el banquero Michele Sidona y el empresario Umberto Ortolani (uno, banquero vinculado con la mafia envenenado en una prisión italiana tras ser extraditado por EEUU y, el otro, al frente de la Logia P-2 a la que pertenecían plenipotenciarios del Banco Vaticano a principios de los ochenta)». Fuere lo que fuere lo que había en aquella caja, el misterio sin resolver se prolonga hasta los tiempos del actual pontífice que, también es cierto, dadas las actuales circunstancias de escaladas bélicas y peligrosos desvaríos políticos mundiales, dada la crisis interna de la Iglesia, la desafección de los fieles por los casos de abusos sexuales o la situación económica del Estado Vaticano, puede permitirse el lujo de aparcar su curiosidad.
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