Es un grito desgarrado y a la vez un canto de esperanza. Con la mirada puesta en el pasado fértil y un presente fragmentado, se teje un lamento político, un diagnóstico social, un manifiesto ético. Aquí, el dolor no es estéril, se transforma en resistencia. La crítica al colectivismo estatista y a la demagogia no es simple diatriba, sino el preludio de una reflexión sobre la identidad nacional, la memoria colectiva y la capacidad de regeneración cívica.
Un país hermoso, con un potencial ilimitado de riqueza natural, talento humano y luz que iluminó hasta los rincones más recónditos-, hoy yace fracturado. La demagogia socialista, una parálisis asfixiante y el comunismo autoritario lo han desangrado. Titulares no reseñan su grandeza, sino su inmensa tragedia, la crisis humanitaria que devora, hiperinflación sin límite, violencia desbordada, corrupción impune, persecución política inmoral y una diáspora masiva que huye de lo que el terruño ya no puede ofrecer.
Hay amores que duelen. Patrias que se clavan en el pecho como espinas y, cuanto más sangramos, más las anhelamos. Venezuela no es solo un territorio, es hogar, un rostro familiar, una cara afable, voz que entona el Alma Llanera entre lágrimas. Hoy, al observarla, reconozco síntomas de una enfermedad extensa, prolongada y cruel, su respiración entrecortada, su piel marchita, su brillo apagado.
La historia conoce pueblos que han tosido sangre, temblado de fiebre política y perdido el apetito por la esperanza. Pero Venezuela duele distinto, fue productiva, sus ríos eran venas, su petróleo sangre caliente, y su luminosidad -ahora mortecina- irradiaba incluso en la pobreza.
¿Qué le pasa a mi país? ¿Es el corazón, el alma o el espíritu? ¿La escasez o el miedo implantado? ¿Son los gobernantes o nosotros, que olvidamos ser la tierra de tertulias divertidas, de poetas y músicos apasionados, de plazas donde los niños jugaban y se divertían sin temor? Hoy, hasta la risa parece un esfuerzo. El sufrimiento no es solo de estómagos vacíos, sino de memoria rota.
Pero los enfermos no se abandonan. No se les da la espalda en su lecho de dolor. Se les mojan los labios, se le canta al oído -aun desafinando-. Por eso, aunque duela mirarte, Venezuela, no dejaré de hacerlo. Recordaré lo que fuiste, nombraré lo que eres y soñaré lo que puedes ser.
Venezuela es una democracia enferma, una libertad quebrantada, pero jamás subestimemos el poder de los gestos mínimos, una conversación sincera, honesta con amigos, vecinos y con quien piensa distinto. Una mano tendida en medio del caos. Maestros que enseñan contra viento y marea. Artistas que pintan esperanza en murales agrietados, y narradores que desafían el olvido con palabras.
La libertad no renacerá en un día, pero cada acto de solidaridad, cada pregunta valiente, es una semilla. Esta resiliencia es democracia en acción, prueba de que la libertad, aunque asfixiada, late en los corazones.
Las instituciones parecen sólidas hasta que dejan de serlo. El declive, es evidente, y un día se está en pie, al siguiente, se desvanece. Cuando la obediencia no es voluntaria y se vuelve imposición, la mayoría deja de creer, el rechazo ya no es silencio, es acción cívica, simbólica e imparable. La sociedad ha perdido el miedo, -el recurso más preciado del despotismo- y Venezuela, como tantos en la historia, se derrumba desde adentro.
La cura no está en discursos grandilocuentes ni en consignas vacías. Está en el gesto terco y obstinado de seguir amando, de no permitir que la enfermedad mate la capacidad de asombro. Un pueblo que aún puede conmoverse, que suspira, llora, ríe y se indigna, es un pueblo que palpita. Y donde hay latido, hay vida.
Amo a Venezuela, y por eso me duele. Pero el amor no es solo nostalgia, es resistencia. Mientras un solo corazón la recuerde sana, habrá esperanza de sanarla.
@ArmandoMartini
