Rómulo Betancourt, con su claridad característica, definió en 1936 dos formas de ejercer la oposición política. En sus palabras: “No es el ataque diario, sistemático, a todo acto oficial, sin analizarlo, sin discriminarlo, por el solo hecho de emanar del gobierno. Ese tipo de oposición lo practican los resentidos porque un gobierno no les dio sitio en la mesa del presupuesto. Es la oposición que practicó el gran partido liberal amarillo, cuando lo fundó el farsante máximo que ha desfilado por el tinglado de nuestra vida política: Antonio Leocadio Guzmán. Terminó esa oposición cuando José Tadeo Monagas los llamó a ocupar carteras en su gabinete”.
Betancourt ilustró esta idea con un ejemplo vívido: “Como detalle pintoresco, recordaré aquella escena de un furioso oposicionista liberal que perdió sus arrestos cuando llegó a un ministerio y quién contestó cínicamente a quién le preguntaba extrañado por qué se había vuelto tan silencioso: ‘es una falta de educación hablar cuando se tiene la boca llena’. Un oposicionismo de esa índole no sería nunca el de nuestro partido. Criticaríamos, con responsabilidad, sin actitudes evasivas, los actos del gobierno merecedores de censura. Pero al mismo tiempo apoyaríamos toda positiva acción del gobierno si es que el gobierno es capaz de iniciarlas. Y no nos limitaríamos a esa actitud en parte pasiva de esperar que el gobierno actuara para criticarlo o para darle apoyo de opinión, sino que en todo momento haríamos llegar a los poderes públicos la voz de la nación, la palabra de Venezuela, señalando soluciones progresivas a todos los problemas de importancia”.
La reflexión de Betancourt distingue dos enfoques de oposición: uno basado en la impostura, la crítica ciega y el oportunismo, que se desvanece al obtener un cargo público; y otro, más valiente y comprometido, que prioriza la interlocución auténtica en defensa de los intereses colectivos. Este último camino, aunque más arduo y menos lucrativo, es el que construye una oposición responsable, capaz de señalar errores con rigor, apoyar iniciativas positivas y proponer soluciones progresistas.
La política no debe ser un escenario de gritos vacíos ni de gestas teatrales diseñadas para ganar aplausos o cargos. Recientemente hemos visto gente que de preso pasa a candidato y otros que al precio de silencio aceptan curules por donación antes que por votos. Ser oposición implica hablar con verdad, aunque incomode, siempre del lado del pueblo y frente a sus opresores. Es un compromiso con la civilidad y la transformación social, no con la conquista de privilegios. El auténtico servidor público se forja en la lucha por instituciones sólidas, no en la búsqueda de un puesto en la mesa del presupuesto.
Construir democracia exige más que causas teóricas: requiere causantes, líderes dispuestos a enfrentar desafíos con integridad. Solo así se transforma la injusticia de una patria marcada por la opresión en un futuro de equidad y libertad.
Julio Castellanos / [email protected] / @rockypolitica
