
Omar González, dirigente del partido Vente Venezuela y veterano de la política nacional, no necesita levantar la voz para estremecer. A sus 75 años, acaba de salir de un encierro que, aunque sin barrotes visibles, fue tan opresivo como una celda: pasó más de un año refugiado en la Embajada de Argentina en Caracas, en condiciones precarias, bajo vigilancia y con la amenaza constante de ser capturado por el régimen de Nicolás Maduro. Hoy, libre y en el exilio, rompe el silencio.
Por lapatilla.com
“Respirar aire de libertad es algo que uno solo valora de verdad cuando se lo quitan”, dice con calma, pero con una mezcla de alivio y rabia. Durante 14 meses, González compartió techo con otros cinco dirigentes de Vente Venezuela, perseguidos tras la contundente victoria de María Corina Machado en las primarias opositoras. “Nuestro único delito fue haber participado en una campaña que mostró que Venezuela quiere un cambio”, asegura.
González no es un novato en estas lides. Ha sido diputado, militante, analista. Pero lo vivido en la embajada lo marcó profundamente. “Cumplí 75 años encerrado allí”, recuerda. “Mi familia me mandó una torta, unas arepas con queso, Corn Flakes, cosas sencillas que a mí me gustan. Y los funcionarios del régimen, que vigilaban todo lo que entraba, lo decomisaron. Se comieron la torta delante de mí, abrieron las cajas de cereal y se las tragaron sin pudor. Ese es el nivel de humillación al que nos sometieron”.
Lo cuenta con el aplomo de quien ha decidido no quebrarse. “No era solo comida. Era terrorismo psicológico”, explicó. “Sabían que nos dolía. Que eso no era simplemente un castigo, sino una forma de decirnos: ustedes no mandan aquí. Y sin embargo, resistimos”.
El relato de González es una denuncia directa a la comunidad internacional. “Lo más doloroso fue ver cómo la diplomacia internacional se lavó las manos”, afirma. “Yo crecí creyendo en las Naciones Unidas, en la OEA, en la Convención de Viena. Pensé que esos organismos existían para evitar los crímenes de lesa humanidad que ya habíamos visto en la historia. Pero ahora me tocó vivirlo en carne propia, y lo que vi fue indiferencia, cobardía o simple complicidad”.
Asegura que los embajadores acreditados en Caracas sabían lo que ocurría. “Nadie puede alegar ignorancia. Estaban informados. Sabían que se estaba violando el derecho internacional, que nos tenían secuestrados. Y no hicieron nada. Algunos por miedo, otros por conveniencia. Pero el silencio fue absoluto”, declaró.
Dentro de la embajada, la vida era dura. Sin agua regular, sin luz por largos periodos, con raciones limitadas de comida. González, sin embargo, no se queja por su salud. “A pesar de mi edad, me mantuve bien físicamente», expresó.
A lo largo del encierro, el grupo se organizó. Se distribuían las tareas, cocinaban, leían, se informaban. “Éramos seis. Cada uno aportaba algo. Era como una célula de resistencia silenciosa dentro de un espacio diplomático convertido en prisión” contó.
De los momentos más duros, González menciona el aislamiento, la incertidumbre y la impotencia. “Uno no sabe si mañana vendrán a sacarte por la fuerza. Si algo pasa con tu familia afuera. Si el mundo te olvidó. Es una angustia constante”, dijo.
La salida fue discreta. No da detalles. No puede. Pero asegura que fue una operación precisa y silenciosa. “No fue un escape de película. Fue una estrategia que nos permitió salir sin hacer ruido, sin provocar a los que querían atraparnos. Fue un milagro”, reveló.
Una vez fuera, González tomó una decisión: hablar. “No me puedo quedar callado. Porque mientras yo estoy aquí, hay otros compañeros presos, perseguidos, silenciados. Henry Alviarez, Dignora Hernández, y tantos más que siguen pagando un precio injusto por querer un país libre”, aseguró.
Sobre su tiempo en la embajada, recuerda momentos dolorosos pero también gestos de humanidad. “Los cumpleaños eran duros. La Navidad, más. Pero entre nosotros nos apoyamos. Y eso me hizo reafirmar algo: esta lucha vale la pena”, recordó.
Para González, el silencio diplomático fue una traición. “Hay embajadores que con un gesto podían haber evitado tanto sufrimiento. No lo hicieron. Y eso los marcará», señaló.
Ahora, lejos de Caracas pero cerca de la causa que lo mueve, González sigue trabajando. “Estoy aquí, pero mi corazón está allá. Vamos a volver. Venezuela no se rinde”, reiteró.
La historia de Omar González no es solo la de un político veterano que sufrió persecución. Es la historia de un país donde disentir puede llevar al encierro, al exilio o al silencio forzado. Pero también es la historia de una generación que se niega a rendirse. De quienes, como él, prefieren arriesgarlo todo antes que vivir arrodillados.
“Mi voz no la van a callar. Porque si me callo, gana la tiranía”, afirmó con convicción. “Y yo no estoy dispuesto a regalarles esa victoria”, cerró.
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