William Anseume: El peligro de disentir - LaPatilla.com

William Anseume: El peligro de disentir

En la humanidad sobran los ejemplos de quienes pagaron con su vida el hecho de no concordar con las ideas de otros y manifestarlo de cualquier modo. El poder, de la naturaleza que sea, pareciera requerir concordia permanente, absoluta, para nutrirse y sostenerse firme, dispuesto a atacar por cualquier medio cualquier disentimiento, como atacan las defensas del organismo humano cualquier invasión lesiva.

Pensemos solo en Galileo Galilei, quien con la verdad científica en la mano, enfrentó al poder contrariado que lo intentó envilecer, finalmente confinándolo y custodiándolo a sus setenta años. Porque, sin embargo, se mueve. Antes y después de él, la humanidad está repleta de persecuciones al pensamiento disidente.

Disentir es un peligro de muerte. A pesar de los avances en los acuerdos políticos globales: pensar, decir, opinar, expresar, siguen siendo acciones que el poder rechaza hasta lo indecible cuando gira en su contra. De nada han valido los derechos humanos establecidos para cada uno de los habitantes del planeta, que contemplan las libertades de pensamiento, opinión, manifestación, asociación y expresión para que se establezcan y permanezcan regímenes como los de Corea del Norte, China, Bielorrusia, o la Rusia en la que se «suicidan» disidentes que no pueden ver ventanas abiertas o a quienes no se les puede regalar pistolas porque las usan en su propia contra.





Existen homólogos latinoamericanos de esos nefastos regímenes. En donde podemos sumar varios países del Medio Oriente también. La tropicalización norcoreana en mala copia, se ha venido acentuando en Cuba, Nicaragua y Venezuela. En el caso de Cuba es difícil establecer quiénes son émulos de quiénes. El asunto es que avasallan a la disidencia, sometiéndola criminalmente a persecución permanente, exilio, prisión torturas, silencio y muerte. Sin freno real alguno.

Se saltan resultados electorales como si nada, disuelven de cualquier modo partidos políticos u organizaciones gremiales o sindicales, y anulan definitivamente, por cualquier medio, a quienes alzan la voz o emiten cualquier sonido, aunque sea gutural, de rechazo a las imposiciones poderosas.

Las preguntas serían: ¿Basta como respuesta de la humanidad haber firmado el acuerdo acerca de los DD. HH., para lograr su respeto irrestricto? ¿Qué se ha hecho significativo para contener regímenes como Corea del Norte o Bielorrusia que aplastan sin piedad a la ciudadanía y sus derechos, sus libertades? ¿Los informes de la ONU son suficientes o son palabras tiradas al viento a ver si alguien las recoge y las recuerda? La humanidad tiene que proceder de otro modo más efectivo para lograr una verdadera contención de estos regímenes, que sea, además, más inmediata para proteger de veras a la disidencia y las libertades. La tibieza y los largos tiempos que se toman, como si nada, los organismos internacionales como la Corre Penal Internacional no han sido del todo valederos para esos propósitos.