
Daniel Ortega y Rosario Murillo presidieron la noche del sábado 19 de julio el 46° aniversario de la Revolución Sandinista en la Plaza la Fe, en Managua, en una de las celebraciones con más tinte foráneo de la que se tenga memoria. A falta de invitados internacionales de peso, incluyendo las ausencias notables de los jefes de Estado de Cuba y Venezuela, el caudillo sandinista ocupó su discurso para elogiar a China y Rusia, mientras abogó por la desaparición de Naciones Unidas y cargó con virulencia contra Europa. En su alocución, de 81 minutos, Ortega ordenó redoblar la “vigilancia revolucionaria” para “capturar y procesar a los vendepatrias” en los barrios de Nicaragua.
Por Wilfredo Miranda Aburto | EL PAÍS
Se trató de un discurso que adormiló a los miles de trabajadores públicos, fuerzas armadas e invitados especiales que asistieron a la celebración culmen del sandinismo, pero que también sirvió para exponer a un Ortega cada vez más lento en su dicción, balbuceante, acorde con sus 79 años de edad. Lejos de plantear alguna agenda nacional o referirse a la represión que mantiene su régimen contra toda voz crítica, el mandatario señalado de comandar crímenes de lesa humanidad se deshizo en elogios hacia Pekín y Moscú.
Los dos personajes relevantes en la tarima florida fueron Ma Hui, viceministro del Departamento Internacional del Comité Central del Partido Comunista de China; y Anna Yurievna Kuznetsova, jefa adjunta de la Duma estatal de Moscú. Ambos, funcionarios de perfil bajo entre la nomenclatura moscovita y comunista.
El discurso de Ortega fue desordenado y plagado de referencias históricas imprecisas. Pasaba de la época de Napoleón, despotricando contra los franceses, a la independencia de Nicaragua en 1821 y la gesta libertadora de Simón Bolívar. El caudillo invocó a Mao Zedong y al Ejército Rojo “como fuentes de inspiración” del Frente Sandinista. Atribuyó a China y Rusia la derrota del nazismo y acusó a Europa de “seguir cometiendo crímenes coloniales” bajo el escudo de la OTAN. En paralelo, exaltó una supuesta “paz nacional” mientras en el país persisten 54 personas presas por razones políticas y una represión sostenida contra voces disidentes.
Cuando sugirió que iba a cerrar su lenta perorata, lanzó una amenaza que, aunque ya es una realidad desde hace años, redobla el terror con el que viven los nicaragüenses en los barrios: la vigilancia y acoso político en el que viven los que no están de acuerdo con el régimen sandinista, quienes suelen ser delatados por sus vecinos.
“Por eso tenemos que mantenernos siempre con todas las tareas que tenemos que cumplir: estudio, preparación, trabajos y diferentes actividades, sin descuidar en el lugar, en el barrio donde estemos trabajando, sin descuidar la vigilancia revolucionaria”, planteó Ortega, ordenando redoblar una práctica que en Nicaragua data desde el primer régimen sandinista, en los años ochenta. “Y que de esa manera no les quede espacio alguno a los terroristas, a los conspiradores, a los vendepatrias, porque sabrán que en cuanto se les descubra, se les captura y se les procesa”, dejó claro el mandatario ante su aparataje político.
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