
El terror invadía la ciudad de Poughkeepsie, en 1998, aunque no había pistas que seguir, ni escena del crimen, ni un cuerpo que delatara qué ocurrió. Durante dos largos años, el aire en una modesta casa del norte del estado de Nueva York estuvo impregnado de un hedor insoportable. Aunque todos a su alrededor hablaban del olor nauseabundo, nadie imaginaba a qué se debía. Kendall Francois, un hombre corpulento, callado, exmilitar, que trabajaba en una escuela y estudiaba en la universidad, escondía algo monstruoso.
Por infobae.com
Fueron ocho mujeres desaparecidas, casi todas trabajadoras sexuales, todas invisibles para una sociedad que apenas registró su ausencia y le restó importancia a cada denuncia de desaparición. Sus cuerpos estaban ahí, descomponiéndose lentamente enterrados en bolsas plásticas dentro de la misma casa donde vivía con sus padres y hermana menor. Nadie lo denunció. Nadie sospechó de él, hasta que una sobreviviente pudo dar algunas pistas.
Apodado “El Apestoso” por quienes notaban su olor hediondo (más allá de lo higiénico), Francois fue detenido en septiembre de 1998. La policía, guiada por los testimonios de prostitutas que debieron padecer su violencia, allanó la vivienda y se encontró con el horror.
El tipo de bajo perfil, pero con hedor que provocaron burlas
Antes de convertirse en uno de los asesinos en serie más siniestros de la historia criminal reciente de Estados Unidos, Kendall Francois parecía llevar una vida normal. Nació en 1971, en Poughkeepsie, Nueva York, y fue el segundo de cuatro hermanos de una familia afroamericana de origen haitiano. Su infancia transcurrió en un entorno familiar estable, con padres trabajadores y en los suburbios.
Durante su adolescencia estudió en la escuela secundaria de Arlington y se integró con normalidad. Practicó lucha libre y fútbol americano, deportes en los que era bueno por su imponente físico: 1,92 metros de estatura y más de 145 kilos. Era algo intimidante. Pese a su corpulencia, no era conocido entonces por su agresividad, sino por su carácter reservado y distante.
Al graduarse en 1989, se alistó en el Ejército, donde completó su entrenamiento básico en Fort Sill, Oklahoma. Allí estuvo durante cuatro años, pero su sobrepeso comenzó a afectar su desempeño, por lo que, finalmente, fue dado de baja por razones médicas. Esa salida le sacó a su vida el poco rumbo que, hasta entonces, tenía.
Regreso en Nueva York e intentó reinsertarse socialmente. Se anotó en una escuela y estudió artes liberales. En esos años, también comenzó a trabajar como asistente escolar en la Escuela Intermedia Arlington, inicialmente como encargado por media jornada y, más tarde, como monitor estudiantil, entre abril de 1996 y enero de 1997.
Aunque lo que lo destacó en ese ámbito escolar fue comportamiento fuera de lugar, nadie lo tomó como alarmas: tuvo denuncias internas por conducta inapropiada con las estudiantes. Algunos relatos contaban que hacía comentarios sexualizados, abrazaba y acariciaba el cabello de las chicas sin consentimiento. Pero no hubo cargos formales ni investigaciones. El clima dentro de la escuela se volvió incómodo y renunció, alegando que había conseguido empleo en una institución para niños con discapacidad intelectual. La escuela nunca confirmó su contratación.
Otro rasgo en aquellos años fue su falta de higiene personal y su fuerte olor corporal: tanto alumnos como colegas comenzaron a llamarlo Stinky —El Apestoso—, apodo que más tarde cobraría un significado mucho más siniestro.
Este periodo, entre los años posteriores a su baja militar y su retiro del entorno escolar, coincide con el inicio de su escalada criminal. Mientras su rutina diaria parecía la de un hombre más, en realidad, estaba gestando en silencio el horror que estaba por desatar.
El crimen que no fue y la caída del monstruo
Cuando la desaparición de las ocho mujeres era un hecho, las alarmas se hicieron escuchar. Había comenzado una investigación policial que implicó la entrevista a cientos de personas y hasta realizaron búsquedas en helicópteros para localizar a las mujeres desaparecidas. No hubo resultado. El 1 de septiembre de 1998 un suceso cambió lo que hasta entonces era una enigmática historia.
Aquel día por la mañana, los detectives de la policía Skip Money y Bob McCree repartían panfletos sobre la desaparición de Catina Newmaster, una joven de 25 años, que estaba desaparecida desde 25 de agosto de ese año. Cuando pararon para cargar combustible, se les acercó un hombre: les dijo que una mujer visiblemente alterada le acababa de decir que había sido agredida.
Se acercaron a ella. La vieron fuera de sí por el susto y la terrible experiencia que acaba de sufrir: alguien había intentado matarla. Las marcas en su cuello despejaron cualquier tipo de dudas. La llevaron hasta la comisaría para que declarase de manera formal. Diane Franco contó que era prostituta y que unas horas antes, un hombre la había contratado y la llevó a su casa. Luego de tener sexo en la habitación de él, ella le pidió que le pagara. El hombre enfureció. La tomó del cuello y empezó a estrangularla. Pese a las pocas fuerzas que tenía, consiguió soltarse, le pidió que la dejara irse… La dejó.
La llevaba hasta la estación de servicio donde la había contratado, pero, asustada y desconfiando de lo que él le haría, la mujer saltó del auto en movimiento. Aunque el hombre la buscó, se topó con los policías que repartían volantes de Catina y se fue.
En la comisaría, Diane dio detalles claves. No solo sabía su nombre y que era un cliente habitual, sino que lo apodaban “El apestoso” y también sabía su dirección. A eso de las 14, los dos detectives llegaron a la casa de la familia Francois. Estaba allí y lo citaron en la comisaría. Declaró y aceptó que tuvo intimidad con la joven, que intentó asfixiarla y dijo que después se calmó y no lo hizo; por lo que optó por llevarla hasta donde se encontró con ella. Pese a su calma para hablar, al admitir que era un cliente habitual desde hacía años, se convirtió en sospechoso de las numerosas desapariciones de las demás mujeres, en la misma zona que él frecuentaba.
Cuando creyó que con su declaración era suficiente, le informaron que allanarían su casa. Eso lo puso nervioso. Le mostraron fotografías de las mujeres desaparecidas desde 1996. Pasó lo inesperado.
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