La famosa fotografía de Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, tomada en Nueva York el 23 de enero de 1958, por un reportero gráfico desconocido del The New York Times, en el apartamento de Ignacio Arcaya en los alrededores del Central Park, uno de los íconos del nacimiento de la democracia venezolana, no es sólo una imagen: es una paradoja con una compleja historia detrás.. Captura el instante preciso en que tres hombres que habían sido adversarios políticos irreconciliables decidieron mostrar, o tal vez aparentar, su reconciliación; el momento en que tres políticos profesionales comprendieron que su deber no era ganar, sino ceder; la fracción de segundo en que el interés general se impuso a las ambiciones particulares y Venezuela dejó atrás la barbarie para entrar, por fin, en el camino de una nación democrática.
La imagen, que capturaba un momento crucial en la historia política de Venezuela –aquel instante precario y fundacional en que el país emprendía su transición de la dictadura a la democracia–, se dio a conocer cinco días después, el 31 de enero, cuando la revista “Momento”, de la famosa Cadena Capriles dirigida por Miguel Ángel Capriles, la publicó a todo color en su portada.
Aquel retrato era mucho más que el registro de un encuentro: era un gesto elocuente, acaso involuntariamente simbólico, del llamado Pacto de Nueva York, que presagiaba una alianza inédita entre los tres grandes líderes de la unidad democrática. Los tres representaban los principales partidos políticos –Acción Democrática, COPEI y URD– y su acuerdo, fraguado en el exilio y sellado en aquel apartamento neoyorquino, pretendía tres cosas simples y a la vez enormes: respetar los resultados electorales, formar un gobierno de coalición y excluir a los extremistas –sobre todo al Partido Comunista– bajo la excusa de evitar la inestabilidad. Era el preámbulo de lo que después sería conocido como el Pacto de Puntofijo, y era también, sobre todo, una clara señal dirigida al pueblo venezolano: la señal de que el liderazgo político estaba dispuesto a preservar el régimen democrático que acababa de nacer, frágil y esperanzado, de las cenizas de la dictadura.
Era una fotografía en color, algo todavía infrecuente en la prensa venezolana de la época, y mostraba a los tres hombres de pie tomados de la mano en clara señal de unidad y compromiso, con unas sonrisas de satisfacción y triunfo, e el fondo expresiones serenas pero decididas, como si acabaran de cerrar un pacto no escrito pero irrevocable. Betancourt, con su rostro ancho y sus gafas de intelectual práctico; Caldera, con su aire de profesor sagaz; Villalba, con su mirada intensa de tribuno. En otra imagen del encuentro aparece detrás de ellos, la figura de Arcaya, anfitrión y testigo, completaba una escena que parecía condensar todas las esperanzas de una nación que empezaba a creer en su propia madurez política y no faltó la foto de los tres protagonistas chocando copas de champán para brindar por la huida del tirano.
La revista Momento, al publicarla, no solo daba una exclusiva: estaba construyendo el primer icono visual de la naciente democracia venezolana. La imagen llegaba a un país que aún respiraba el alivio tras la huida del dictador en la «Vaca Sagrada» rumbo a Santo Domingo donde el dictador «Chapita» Trujillo le daría asilo, aunque también olía a inestabilidad. Esos tres hombres en un apartamento de Nueva York estaban enviando un mensaje calculado: la democracia era posible, la unidad era un hecho, y sería la base de todo lo que vendría después.
El llamado Pacto de Nueva York –esa conversación privada hecha pacto público por la fotografía– contenía ya la esencia del posterior Pacto de Puntofijo: la voluntad de gobernar entre rivales, la renuncia a la victoria absoluta, el exclusionismo estratégico contra los extremos. Era, en el fondo, el acta de nacimiento de una democracia que se sabía frágil y que por eso mismo se dotaba de mecanismos de supervivencia. La fotografía, en su elocuente sencillez, mostraba el momento exacto en que los líderes venezolanos decidieron que la democracia no sería una simple alternancia en el poder, sino un proyecto de país construido sobre el consenso y la renuncia.
La Estrategia de Betancourt
Bajo el peso de una dictadura que se creía eterna, el país yacía en un letargo del que ninguna fuerza política podía despertarlo por sí sola. Las intentonas de fuerza sólo habían dejado un reguero de amargura y derrota. La unidad se erguía entonces como un conjuro necesario, pero imposible, como un espejismo en el desierto.
En el crepúsculo de 1955, mientras la tiranía de Pérez Jiménez endurecía su perfil de hierro, Acción Democrática inició una lenta reformulación. Tras la muerte de sus poetas y el fracaso de la vía putchista, Betancourt alumbró desde el exilio una estrategia de realismo tozudo y fe obstinada. Su memorándum pronosticaba que la crisis estallaría con la sucesión presidencial.
Con paciencia de relojero, propuso tejer un frente civil con URD y COPEI, dejando fuera a los comunistas, mientras se desprestigiaba al régimen por su inmoralidad y su petróleo entreguista. Era un plan que buscaba limar aristas viejas para forjar ententes nuevos, acumulando fuerza no con heroicidades instantáneas, sino con la lenta obstinación de quien sabe que los imperios se desmoronan primero por sus grietas.
Así, el interés por el encuentro palpitaba en el ánimo de todos los protagonistas, acelerado por la integración de la Junta Patriótica y el Frente Universitario, por las manifestaciones callejeras que empezaban a desbordar el miedo, por las protestas contra el fraude del plebiscito del 15 de diciembre, por los pronunciamientos de la Iglesia y los sectores empresariales y gremiales, y también por el levantamiento militar del 1º de enero y la crisis en el Gobierno con las renuncias de Vallenilla y la salida de Pedro Estrada, ese hombre que había convertido el terror en sistema de gobierno; aunque los testimonios apuntan a que Rómulo Betancourt fue el principal animador de la reunión de Nueva York, el hombre que tiró del hilo de aquella conspiración necesaria.
El Pacto Invisible
El 14 de enero, Betancourt había escrito al doctor Luis Herrera Campins, uno de los principales líderes de Copei en el exilio de Múnich, una carta donde afirmaba: «Con las Fuerzas Armadas anarquizadas y prácticamente en insurrección, y con un pueblo que se sacudió la apatía, parece claro que el régimen podrá sobrevivir precariamente por semanas o por meses escasos, pero no superará esta crisis.» Y luego añadía, con esa lucidez suya que a veces parecía profética: «Ahora ya tenemos que pensar en el futuro. Es un gran paso que las fuerzas políticas civiles nos hayamos comportado, en la práctica, con un sentido de entendimiento. Pero algo más serio y profundo debe hacerse. Soy de los más sinceramente convencidos, por mi propia experiencia en el gobierno, de que son la desunión y el canibalismo entre las fuerzas civiles lo que estimula y acicatea a las ambiciones de los ‘providenciales’. No basta, por consiguiente, esta unión ya soldada, aunque no se haya estipulado en fórmula escrita, para terminar con la tiranía actual. Debemos prevenir el riesgo de una crisis recurrente de ese mal en apariencia crónico de la autocracia y el despotismo en nuestro país.»
Tres días después, el 17 de enero, Herrera le respondía: «Las noticias que acabo de recibir de los compañeros de Caracas indican que sigue estacionario el asunto de Rafael Caldera, refugiado en la Nunciatura Apostólica, pues la dictadura se niega persistentemente a otorgarle el salvoconducto.» Detallaba la represión: compañeros capturados, familias tomadas como rehenes, una violencia que no cejaba pero que empezaba a parecer inútil, porque, como escribía Herrera, «se han despedazado los dos mitos de la fortaleza psicológica del régimen: el de la unidad de las Fuerzas Armadas en torno a Pérez Jiménez y el del terror simbolizado en Estrada.» Entonces Herrera coincidía con Betancourt en lo esencial: «La hora es oportuna, desde luego, para el entendimiento concreto de nuestros partidos, no solo para la coordinación de las tareas comunes a cumplir en esta fase agónica de la dictadura, sino sobre todo para garantizar una continuidad del entendimiento que haga posible un gobierno democrático en el porvenir.»
Pero ni Betancourt ni Herrera sabían que Rafael Caldera, el hombre del que hablaban, aquel sitiado en la Nunciatura, ya había logrado salir de Venezuela el 13 de enero, acompañado de funcionarios del Vaticano, rumbo a Nueva York. Caldera, apresado el 21 de agosto de 1957 por orden directa de Pérez Jiménez tras lanzar su candidatura presidencial—que había logrado reunir el apoyo de Acción Democrática y rechazado la del Partido Comunista—, había sido liberado en vísperas de Navidad por gestión de su amigo y compañero de estudios Laureano Vallenilla Lanz, Ministro de Interior, según narra éste en su obra «Escrito de Memoria». Tras el alzamiento del coronel Hugo Trejo el 1 de enero de 1958, donde resultaron apresados varios líderes copeyanos—entre ellos Godofredo González, quien tomó la radio de Maracay para incitar a la población a unirse al golpe—, Caldera decidió refugiarse en la Nunciatura Apostólica. De allí salió con un salvoconducto gestionado por el mismo Vallenilla Lanz, quien incluso le ofreció recursos económicos que el líder copeyano rechazó, para terminar viajando hacia el exilio neoyorquino. Ese viaje, casi novelesco, era la circunstancia que faltaba para que el encuentro de los tres grandes líderes—Betancourt, Villalba y Caldera—fuera por fin posible.
La historia a veces avanza así: a ciegas, por caminos laterales, mientras los hombres creen tejer su destino con hilos visibles, y en realidad lo hacen con hilos invisibles.
Caldera en el aire, cruzando el Caribe hacia su destino neoyorquino, viajaba con salvoconducto y acompañado de religiosos que actuaban como escudo humano contra cualquier eventualidad del régimen que se desmoronaba. Pérez Jiménez, en sus últimos días de poder, ya no controlaba ni siquiera los hilos más finos de su propia seguridad. Villalba y Betancourt hablaban a diario en Nueva York, intercambiando criterios políticos.
El avión aterrizó en Idlewild Airport bajo un cielo plomizo. Caldera, con su sobrio traje oscuro y su aire de profesor provincial, descendió a una libertad que todavía le sabía amarga. No era un exiliado cualquiera: era el hombre que había desafiado abiertamente al dictador, el candidato presidencial que había unido por primera vez a las fuerzas opositoras, incluidos aquellos comunistas que le producían desconfianza instintiva.
Al llegar al apartamento de Arcaya cerca de Central Park, el 23 de enero, Caldera se encontró con que Betancourt ya había organizado todo con la eficiencia de un estadista en ciernes. Villalba, por su parte, llegaba con el ímpetu del tribuno que había soportado prisiones y exilios. Los tres se miraron como boxeadores que se miden antes del combate, conscientes de que aquel momento no era solo suyo, sino del país entero.
La reunión duró horas. No hubo testigos salvo Arcaya, que actuó como anfitrión discreto, ofreciendo un remanente de la cena navideña, vinos y whisky que relajaron e hicieron más grato el encuentro. Se habló de todo: del plebiscito fraudulento, de la represión de Estrada, de los militares sublevados, de la Iglesia que por fin había tomado partido. Pero sobre todo se habló del futuro, de ese pacto que debía ser más que una alianza circunstancial: tenía que ser la arquitectura de una democracia por venir.
Betancourt, con su pragmatismo de viejo zorro político, insistía en la necesidad de excluir a los extremistas. Caldera, con su formación jurídica, abogaba por un marco institucional sólido. Villalba, el más emocional, ponía el acento en la reconciliación nacional. Tres hombres, tres temperamentos, tres partidos que se habían combatido ferozmente en el pasado, encontrándose en el punto exacto donde la historia les pedía que fueran más grandes que sus diferencias.
Cuando finalmente salieron a la calle, la noche neoyorquina los envolvió con su indiferencia cosmopolita. No se abrazaron, pero se dieron la mano con una firmeza que era promesa. La fotografía que les tomarían ese día capturaría esa momentánea complicidad, esa tregua consciente entre enemigos que deciden convertirse en adversarios.
Lo que no sabían era que en Caracas, mientras ellos pactaban, el régimen se desangraba en su agonía final. La Seguridad Nacional enfrentaba la furia popular dirigida por estudiantes, Pérez Jiménez fracasaba en un último gabinete de emergencia y huía, y el país entero contenía el aliento esperando el final. La democracia no nacería de un golpe de suerte, sino de pactos como este, tejidos en apartamentos lejanos por hombres que entendieron que la unidad no es traición a las ideas, sino grandeza en la adversidad.
Al día siguiente, Caldera apuntaría en su libreta: «Hemos sembrado la semilla de lo que podría ser la Venezuela posible». No se equivocaba. Esa semilla, regada con la sangre de los caídos y la esperanza de los que sobrevivieron, acabaría floreciendo en el Pacto de Puntofijo y en cuatro décadas de democracia que hoy parecen lejanas, pero que nacieron aquí, en esta habitación neoyorquina, entre tres hombres que se atrevieron a mirar más allá de sus diferencias.
Los Arquitectos del Futuro
Aunque ya cargaban con el peso protagónico de la historia –Rómulo y Jóvito desde la Semana del Estudiante de 1928 y la manifestación de Caracas del 14 de febrero de 1936, y Caldera desde su Ley del Trabajo en el Congreso de 1936–, eran hombres jóvenes, ninguno de los tres llegaba todavía a los cincuenta años de edad. Rómulo estaba a un mes, Jóvito a dos y Caldera a ocho años de alcanzar ese umbral que para muchos marca el ocaso, pero que para ellos sería apenas el principio de una travesía que definiría el destino de una nación entera.
El tiempo, ese cómplice silencioso de los grandes hombres, les había concedido la extraña dicha de ser veteranos en la juventud y profetas en la madurez. Rómulo, con sus cuarenta y nueve años, había sido Presidente de la República a los treinta y siete años, fundador de Acción Democrática y llevaba ya tres exilios a cuestas con la sabiduría amarga de quien ha visto caer dos tiranos. Jóvito, también a sus cuarenta y nueve, conservaba el fuego del tribuno que había incendiado plazas con su verbo, pero ahora templado por la prudencia de quien sabe que las revoluciones se ganan con paciencia más que con pólvora. Caldera, el más joven de los tres con sus cuarenta y dos años, fundador de Copei, autor de la primera Ley del Trabajo en Venezuela, poseía la serenidad precoz de los juristas que han aprendido a leer las leyes como se leen los astros: buscando en ellas el orden secreto del universo.
Los tres habían llegado a ese enero neoyorquino con el equipaje liviano, llenos de deudas, con los bolsillos vacío, de quienes todo lo han perdido menos la esperanza. Betancourt a mediados de noviembre de 1957, Villalba estaba desde antes y Caldera el 13 de enero de 1958. En sus maletas no había más que trajes planchados, libros subrayados y fotografías desteñidas de un país que ya no existía. Pero en sus cabezas llevaban el plano completo de una Venezuela nueva, trazado con la precisión obsesiva de los arquitectos que sueñan catedrales mientras duermen en tabernas.
Aquel día, mientras el imperio de Pérez Jiménez se desmoronaba como un castillo de naipes barrido por el viento de la historia, ellos miraban hacia adelante con la certeza de quienes saben que el futuro no es un destino sino una construcción. Había mucho por hacer: escribir constituciones, fundar instituciones, sembrar democracia en un terreno que había conocido sólo la siembra de hierro y sangre.
Y sin embargo, en medio de tanta urgencia, se permitieron el lujo de creer que el tiempo estaba de su lado. Que les quedaban años suficientes para desandar los errores del pasado y escribir una epopeya que sus nietos leerían con orgullo. No se equivocaban del todo: les aguardaban décadas de glorias y fracasos, de pactos y traiciones, de victorias tan dulces como derrotas amargas. Pero sobre todo les aguardaba la certeza de que, por una vez en la historia de Venezuela, tres hombres habían decidido que el país era más importante que sus ambiciones.
Quedaba claro que la vida no es sino una sucesión de oportunidades para sobrevivir a la vida misma. Aquel enero de 1958, con el frío neoyorquino mordiéndoles los huesos y la noticia de la libertad recién llegada desde Caracas, ellos supieron que su oportunidad había llegado. Y la abrazaron con las manos temblorosas de quienes reciben un regalo inesperado y saben que, por fin, deberán hacerse responsables de la felicidad ajena.
Villalba ocupa el centro del cuadro, como debe ser: es el puente tendido entre dos orillas de tierras ideológicas opuestas que se miran con recelo. Su sonrisa es amplia, casi desbordada, pero sus ojos delatan la tensión de quien sabe que está sosteniendo lo insostenible. Con cada mano agarra una mano rival: la de Betancourt, a su izquierda, y la de Caldera, a su derecha. Las une con la fuerza convincente de un showman y la delicadeza de un cirujano. Es el actor perfecto para una obra que no admite errores.
Betancourt, a su izquierda, sonríe como sonríen los tiburones: con cautela calculada y una mirada escrutadora. Su postura es rígida, militar, y los dedos de su mano derecha no se ablandan en el apretón de Villalba, sino que permanecen extendidos, táctiles, como midiendo la temperatura de la alianza. Sabe que este pacto es necesario, lo ha armado, pero también sabe que es frágil; quizá por eso su mirada tiene algo de alerta, de desconfianza apenas disimulada bajo el gesto de circunstancia.
Caldera, a la derecha de Villalba, ofrece la versión opuesta y complementaria de Betancourt: su sonrisa es serena, casi tímida, y su mirada tiene la profundidad introspectiva del intelectual que evalúa cada movimiento en un tablero invisible. Aprieta la mano de Villalba con suavidad, como si temiera romper el hechizo de aquel momento delicado. Es el hombre de principios que se obliga a ser práctico, el demócrata cristiano que pacta con el diablo socialdemócrata para evitar un infierno peor.
Las tres manos forman un triángulo, la figura geométrica de la estabilidad, pero ese triángulo es imperfecto, precario, como todo lo que vendría después. No hay abrazos, ni palmadas en la espalda, ni contactos que vayan más allá de lo estrictamente necesario: sólo ese apretón de manos cruzado que es a la vez un símbolo de unidad y una confesión de desconfianza mutua. Son aliados, no amigos; compañeros de viaje, no de vida. Y quizá por eso la fotografía resulta tan conmovedora: porque muestra la grandeza de la política cuando ésta consiste en renunciar a la pureza ideológica en nombre de la supervivencia colectiva.
El escenario no podía ser más elocuente: el apartamento de Ignacio Arcaya en Nueva York, un lugar en tierra ajena, un espacio de exilio que se convierte en laboratorio del futuro. Se cuidan los detalles: no hay banderas, ni siglas partidistas, ni símbolos que puedan molestar a nadie: sólo tres hombres trajeados que se miran a los ojos y se juran, sin decir una palabra, que esta vez será diferente.
Cuarenta años después, cuando todo aquel edificio de buenas intenciones se derrumbó bajo el peso de las contradicciones de sus partidos que barrieron el piso para la entrada del militarismo, la fotografía sigue allí, recordándoles a los venezolanos que la democracia no es un regalo del cielo, sino una construcción frágil que requiere mantenimiento constante. Los tres hombres de la imagen sonríen, pero sus sonrisas esconden una advertencia: la unidad no es un estado natural, sino un artefacto cultural que debe ser rehecho cada día. Y tal vez ése sea su legado más duradero: la prueba de que, en política como en la vida, a veces la única manera de avanzar es agarrando la mano del oponente, incluso del enemigo, apretando hasta que duela.
El Legado de una Frágil Unidad
El encuentro fue el 23 de enero de 1958, cuando la noticia de la caída del régimen dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez llegó como un vendaval de esperanza hasta el apartamento neoyorquino donde se encontraban Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, los tres hombres se abrazaron con una emoción que no habían sentido en años, con esa mezcla de incredulidad y alivio que solo conocen quienes han esperado demasiado lo que por fin llega. La noticia les llegó por un cable urgente que Ignacio Arcaya les leyó con voz trémula, y luego por las llamadas telefónicas que empezaron a sonar como campanas de libertad desde Caracas, cada timbre un repique que anunciaba el nacimiento de una nueva Venezuela.
Al día siguiente, el The New York Times reseñaría el acontecimiento en primera plana y en su página tres, donde publicaron una foto pequeña de Rómulo Betancourt con el título: «EXILIADOS DE CARACAS ESTABLECEN UN ‘FRENTE’ CONJUNTO». El subtítulo añadía: «Los jefes de 3 partidos líderes dicen que aquí están unidos en un esfuerzo por evitar el enfrentamiento». El cuerpo de la nota explicaba que los líderes de los tres principales partidos políticos de Venezuela habían anunciado la formación de un gran Frente Cívico, un pacto para evitar conflictos políticos hasta que se restablecieran los procesos democráticos en su país.
Aquella fotografía a color, capturada en el apartamento cerca de Central Park, que mostraba aquellos tres hombres parecía un altar laico donde se consagraba el futuro de una nación. Betancourt, con sus gafas de intelectual práctico; Caldera, con su aire de profesor sagaz; Villalba, con su mirada intensa de tribuno. Detrás de ellos, Arcaya observaba como testigo y custodio de aquel momento histórico.
La crónica del Times detallaba cómo estos líderes, hasta hacía poco enfrentados en luchas fratricidas, habían decidido enterrar los viejos rencores para construir juntos la Venezuela democrática. Hablaban de elecciones libres, de reconciliación nacional, de un gobierno de unidad que garantizara la transición. Era el preludio de lo que después se conocería como el Pacto de Puntofijo, la arquitectura política que daría estabilidad al país por cuatro décadas.
Aquel día, mientras en Caracas el pueblo celebraba en las calles el fin de la dictadura, en Nueva York tres hombres brindaban con whisky y lágrimas contenidas por el país que renacía de las cenizas. La noticia había llegado, como llegan las grandes noticias, cambiando para siempre el destino de todos.
Al día siguiente, 24 de enero, Rómulo Betancourt decidió escribir extensamente a sus compañeros de partido en Caracas. Sentía el deber moral y político de informarles sobre las conversaciones sostenidas con Rafael Caldera y Jóvito Villalba en Nueva York, en el marco de la caída de Pérez Jiménez. «Las conversaciones con Caldera y Villalba están avanzando satisfactoriamente», escribió, como quien anuncia el nacimiento de un río que habrá de regar el desierto. «Tenemos acuerdo concreto y claro sobre dos cuestiones: propiciar una especie de tregua política […] y disposición de firmar hasta un solemne pacto, mediante el cual se elimine definitivamente en la lucha interpartidaria la pugnacidad agresiva y el desplante provocador». Era, en esencia, un llamado a «civilizar la lucha política», como si la democracia fuese un arte que debía aprenderse desde cero, tallándose en la piedra bruta de la historia.
Y los ecos del regreso de Jóvito a Venezuela, el 26 de enero, le llegaron a Nueva York. Al día siguiente, Ricardo Montilla, dirigente de Acción Democrática, informó a Betancourt del retorno de Villalba a Caracas. En el aeropuerto de Maiquetía, ante una multitud eufórica, Villalba proclamó: «Llegaba de Nueva York, donde había estado en contacto permanente con esos dos grandes venezolanos: Rafael Caldera y Rómulo Betancourt». Su discurso fue un puente tendido entre el exilio y la patria: «No llegaba a dividir, sino a empeñarse en que las fuerzas civiles se mantuvieran unidas». Pero su frase más profética, aquella que resonaría como un trueno en los cuarteles, fue: «Se acabó en Venezuela la regla de que para ser presidente debe tenerse en la cintura un machete o un revólver. Nosotros no aceptaremos que ningún militar se encarame en la presidencia». Era un desafío directo a los demonios familiares de la historia venezolana.
El Regreso del Tribuno
El acuerdo de Unidad, aquel pacto fraguado entre susurros y promesas, no estuvo exento de aquellos ardides menores que suelen gravitar como polvo de estrellas en los grandes momentos de la historia. Jóvito Villalba, sagaz como él solo, zorro viejo de la política criolla, se mostraba inquieto y apurado por partir. No compartió la propuesta de Betancourt de regresar a Venezuela juntos, los tres líderes cual sagrada trinidad civil que desembarcara para redimir a la patria.
Villalba, en un alarde de esa viveza antillana que tanto lo caracterizaba, adelantó sigilosamente para el 26 de enero su viaje de regreso. Lo animaba un cálculo preciso: Fabricio Ojeda, aquel joven periodista de mirada intensa que presidía la heroica Junta Patriótica, era un dirigente de su partido, la Unión Republicana Democrática. Y en el fondo de su memoria, nunca había olvidado –ni dejaría que otros olvidaran– que su partido había sido el triunfador indiscutible de las elecciones para la Constituyente de 1952, aquella victoria robada por la dictadura que hubiera llevado a Jóvito, de haber sido respetada la voluntad popular, a presidir la República. Ese fantasma de un destino truncado, esa presidencia que pudo ser y no fue, palpitaba en su decisión de llegar primero, de reclamar para sí y los suyos un lugar protagónico en el amanecer democrático que se avecinaba.
Ese regreso en el aeropuerto de Maiquetía olía a gasolina, a mar cercano y a historia recién destapada. Jóvito Villalba, el tribuno de voz encendida y traje ajado por el exilio, descendió del avión como si bajara de un barco fantasma. Lo recibió una multitud que olvidaba el toque de queda y los fantasmas de la dictadura recién derrocada. «Miles lo saludaron», escribió el The New York Times, pero «en realidad eran miles los que abrazaban con gritos la promesa de un país distinto del que habría sido presidente de Venezuela después de las elecciones de 1952 si el general Marcos Pérez Jiménez no lo había deportado», tenía en los ojos el cansancio de cinco años de exilio neoyorquino y en la voz la urgencia de un mensaje incómodo . «El gobierno de los Estados Unidos fue atacado hoy por uno de los líderes políticos más importantes de Venezuela», registró el periódico, pero no era un ataque, era un ajuste de cuentas con la historia: «Tenemos muchos asuntos que resolver», dijo Villalba, mientras el Caribe mugía a sus espaldas .
Destacó la dualidad del Imperio norteamericano. En un discurso de cuarenta minutos que «divagante» parecía pero era un mapa de contradicciones, Villalba desnudó las dos almas de Estados Unidos: «La nación estadounidense tiene dos caras: una como el pueblo estadounidense, y nadie es más creativo que ellos. La otra cara es la política internacional de los Estados Unidos hacia América Latina» . Era la misma dualidad del imán de lo moderno y la sombra del colonialismo. Villalba, como un Aureliano Buendía con maletín diplomático, había ido a Nueva York «para aprender las características positivas y creativas», pero regresaba con la certeza de que la soberanía se defendía en casa .
Mientras Villalba hablaba, otros fantasmas danzaban en Caracas: Juan D. Perón, «ex dictador argentino, que está en el exilio en la Embajada Dominicana», prometía irse «lo antes posible» . «Soldados armados patrullaban las calles» para controlar saqueos, y «casos de personas y vehículos que fueron disparados por coches en movimiento» recordaban que la dictadura, aunque muerta, aún respiraba en sus secuaces . La junta gobernante atribuía estos actos a «ex agentes de la policía secreta», pero en realidad eran los resabios de un pasado que se negaba a morir, como los espectros de “Crónica de una muerte anunciada”. .
Villalba, con la astucia de un jugador de ajedrez, pidió «unidad política continua» pero omitió mencionar al Partido Comunista . Era un guiño a lo que vendría: el Pacto de Puntofijo, donde todos tenían cabida excepto los extremos. «Debemos dar garantías a los intereses de los Estados Unidos y sus inversiones que respeten nuestra soberanía nacional», dijo, mientras los periodistas se preguntaban qué diablos significaba eso en un país con «más de 3.000.000.000 de dólares invertidos» en petróleo . Era el realismo mágico de la política: prometer lealtad al mismo tiempo que se marcaban límites, como si la soberanía fuese un acordeón que se estiraba y se contraía al compás de los intereses.
Ese día, Villalba no llegó solo. Gustavo Machado, «Secretario General del Partido Comunista Venezolano, llegó de México», y pronto seguirían «Rafael Caldera y Rómulo Betancourt desde Nueva York» . Era el reencuentro de los profetas desterrados, los hombres que habían aprendido en el frío del exilio que la democracia no era un regalo, sino una trinchera que se construía con manos callosas y pactos incómodos. Venezuela, en aquel enero de 1958, agarraba su vida como nación con las uñas y el corazón.
Esta noticia del The New York Times, seca en su redacción periodística, es en realidad un cuento de realismo mágico donde lo político y lo poético se funden. Villalba, «con el calor del destierro aún en la garganta», era un personaje de novela: el líder que regresa para dictar una lección de moral geopolítica entre el humo de los neumáticos y el eco de los disparos. El detalle de Perón escondido en una embajada, los tiroteos desde autos en movimiento, la multitud que desafía el toque de queda, donde el destino se teje entre rumores y gestos simbólicos. Villalba no solo hablaba para Venezuela: hablaba para toda América Latina, esa región condenada a cien años de soledad y a eternos bailes con el imperio.
El Regreso del Patriarca Socialcristiano
El regreso de Rafael Caldera a Venezuela en aquel enero caluroso de 1958 fue un episodio tejido con los hilos del dramatismo político y la esperanza colectiva que comenzaba a brotar entre los escombros de la dictadura. Tras ser exiliado por la férrea mano de Marcos Pérez Jiménez a principios de ese mismo mes, Caldera había encontrado refugio en Nueva York el 13 de enero, donde se reunió con otros líderes opositores – Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba – en aquel conciliábulo histórico que olía a whisky y a conspiración. Su exilio, sin embargo, duró apenas un suspiro: el 23 de enero de 1958, mientras Pérez Jiménez huía hacia Santo Domingo abordo de la aeronave que lo llevaría al olvido, Caldera recibió la noticia del derrumbe del régimen y preparó su regreso inmediato con la solemnidad de un patriarca.
Según testigos que lo vieron llegar a Nueva York, Caldera apareció con «un traje ajado y la urgencia de un mensaje incómodo», como un profeta que llegaba cargando las tablas de la ley democrática. Su estadía en la gran manzana fue tan corta como intensa, apenas el tiempo necesario para sembrar la semilla de lo que sería el Pacto de Puntofijo.
Cuando Caldera aterrizó en Caracas a finales de enero de 1958, el país entero parecía haberse vuelto del revés. Miles de personas abarrotaban las calles en un júbilo desbordado, mientras la Junta Cívico-Militar de Wolfgang Larrazábal intentaba poner orden en aquel carnaval de libertad recién estrenada. Su regreso no fue solo un acto personal: era el símbolo viviente del fin de la represión y el comienzo de un proyecto democrático que se antojaba milagroso.
En sus primeras declaraciones, Caldera enfatizó con esa voz de profesor juicioso que lo caracterizaba: «Volvemos para civilizar la lucha política y construir una Venezuela donde la barbarie no tenga cabida». Defendió con fervor casi evangélico la instauración de un «Gobierno de coalición con representación de todos los partidos signatarios». Caldera, como líder de COPEI, defendió el pacto como «la única fórmula para evitar que la democracia naciente fuera devorada por el canibalismo político».
De acuerdo con el relato de Luis Herrera Campin en la obra «1958: Transitó de la dictadura a la democracia en Venezuela» la noche del 1 de febrero recibió en su casa «Punto Fijo» de Sabana Grande la visita de Gustavo Machado y Pompeyo Márquez, líderes del Partido Conunista para discutir sobre el acto unitario del día siguiente en la Plaza Diego Ibarra de El Silencio, ante una multitud que parecía no tener fin, y en el cual Caldera proclamó: «Hemos ganado la libertad y ahora debemos ganar la paz y la prosperidad. La iglesia no es ni debe ser política, pero tiene el derecho de levantar la voz cuando se pisotea la dignidad humana y la libertad que Dios puso en el hombre». Aquellas palabras, pronunciadas bajo el sol caraqueño, sellaban no solo un discurso sino un destino: el de la unidad como acto político, conjunto con el resto de todas las fuerzas políticas, que habría de guiar el rumbo de la Venezuela por venir.
La Reconcilación como Acto de Fe
Rómulo Betancourt fue el último de los grandes líderes en volver al país, como si la patria hubiera querido guardar lo mejor para el final. Su regreso no estuvo exento de aquellos problemas políticos que suelen acechar como fantasmas en los trances cruciales de la historia. Según el testimonio del coronel Hugo Trejo en su obra «La Revolución no ha terminado» a quien le habían fabricado el puesto de subjefe de la Fuerza Armada, en una reunión del Alto Mando bajo la conducción del mismo vicealmirante Wolfang Larrazábal, se discutió el veto que pesaba sobre él impidiendo su regreso.
En aquella reunión de uniformes dorados y decisiones trascendentales, el ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, y el comandante general del Ejército, general Marco Aurelio Morales, se mostraron contrarios a permitir su regreso. Argumentaban ambos, con la gravedad de quien prevé tempestades, la posibilidad de una reacción adversa en el seno de la institución militar. Fue entonces cuando Hugo Trejo, con ese valor que le nacía de las entrañas, se opuso tajantemente al veto, como un torrente que se desborda contra todos los diques.
Según Carlos Andrés Pérez, que conocía los hilos invisibles del poder, «Betancourt sabía lo que hacía. Su demora en regresar fue también pensada. Lo teníamos informado del clima existente, de la sutil campaña en su contra». Era como si Rómulo, desde su exilio neoyorquino, estuviera tejiendo la red de su retorno con la paciencia de un aracedario.
Desbloqueado finalmente el veto a su retorno, y definida la fecha del 9 de febrero para su regreso, una comisión integrada por Raúl Leoni, Silvestre Ortiz Bucarán y Edilberto Moreno fue a buscarlo a Nueva York. En Curazao se le sumó una comitiva numerosa que lo acompañó en su arribo a Maiquetía, como si fuera el desembarco de un profeta laico.
De allí se trasladó a la Plaza Diego Ibarra donde una inmensa multitud le tributó un recibimiento apoteósico, igual que antes lo había hecho con Caldera y Villalba. Luego de su presentación por Fabricio Ojeda, Betancourt diría con esa voz que parecía venir del centro mismo de la tierra: «Regreso a Venezuela a reincorporarme a mi partido y a Venezuela para trabajar en la estabilización del régimen democrático, a fin de no sufrir más la vergüenza de los 10 años pasados y que afortunadamente terminaron en la madrugada del pasado 23 de enero».
Y así fue como el último de los grandes líderes regresó a casa, cerrando el círculo de aquel exilio que había durado demasiado, para abrir el de una democracia que todos esperaban que durara para siempre.
Betancourt pronunció un discurso que era a la vez confesión y profecía. «Cuando se produjo la insurrección popular del 21 al 23 de enero», dijo, «ya había sido precedida por la rebelión de Maracay del 1 de enero». Reivindicó el rol de las Fuerzas Armadas con palabras calculadas: «En mis compatriotas de uniforme había reservas de patriotismo, de verdadero espíritu institucional». Advirtió que «el peor de los errores —crimen más que error— sería adoptar actitudes que contribuyan a alimentar la prédica […] de que había un abismo insalvable entre la Venezuela que viste uniforme y los seis millones de compatriotas que visten de civil».
Reveló entonces el trasfondo de los diálogos en Nueva York: «Estas cuestiones fueron objeto de discusión y análisis […] con Rafael Caldera y Jóvito Villalba». Incluso evocó a figuras del pasado: «Con el ex presidente Medina Angarita hubiéramos podido discutir sobre los problemas de Venezuela, con ánimo sincero de buscarles soluciones razonables». Su conclusión era un mantra que resonaría por décadas: «Nos hemos convencido todos de que el canibalismo político allana el camino a la barbarie para que irrumpa y se apodere de la República». No hablaba como hombre solo, sino como voz de un partido: «Estoy ratificando una línea de partido, del partido Acción Democrática».
Estas palabras, enterradas en cartas y discursos, son como los jeroglíficos que el tiempo deja en las paredes de las cavernas: revelan que la democracia venezolana nació de un pacto entre fantasmas. Betancourt, Caldera y Villalba no se reconciliaban por afecto, sino por terror a la «barbarie» que acechaba tras la dictadura. Sus frases están llenas de advertencias veladas: «civilizar la lucha política», «canibalismo político», «abismo insalvable». Eran hombres que habían aprendido, a golpes de exilio y cárcel, que la unidad no es un abrazo, sino una trinchera compartida.
La genialidad de Betancourt fue entender que la democracia es un relato que debe contarse una y otra vez, hasta que se confunda con la realidad. Al invocar a Medina Angarita y López Contreras, no solo tendía puentes con el pasado: les robaba a los muertos para construir el futuro. Y al elogiar a los militares «institucionalistas», no los adulaba, los demarcaba: trazaba una línea entre los soldados de la patria y los mercenarios de la dictadura.
Estos textos son el acta de fundación de una Venezuela que pudo ser y no fue. Leídos hoy, suenan a elegía por un país que se desvaneció en el espejismo de la polarización. Pero también son un recordatorio de que, como escribió García Márquez, «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla». La democracia venezolana, al menos en su versión ideal, será siempre el relato que estos hombres escribieron en aquel invierno neoyorquino, cuando el futuro era una moneda en el aire y todo parecía posible.
