
A fines del mes pasado, la youtuber indonesia Nessie Judge, famosa en su país y en otros de Oriente, aunque desconocida aquí, fue severamente cuestionada por sus propios seguidores por el uso de la foto de una joven japonesa llamada Junko Furuta como parte de la ambientación de un video de Halloween que produjo en colaboración con un grupo de música pop. En la grabación se ve la foto de Furuta con los ojos cubiertos de líneas negras expuesta en una pared, como si se tratara de un póster más. Las críticas se centraban en que el clip transgredía una regla no escrita para ese tipo de producciones, más aún si son de carácter festivo: utilizar imágenes de víctimas de crímenes atroces como decoración de “terror” se considera una forma de injusticia que banaliza la tragedia que sufrió.
Por infobae.com
La polémica trajo así al presente un crimen perpetrado hace 37 años que todavía hoy está catalogado como “el peor caso de delincuencia juvenil en el Japón de la posguerra”. Se trata del secuestro y el asesinato de una adolescente de 17 años que estuvo retenida 44 días por sus raptores, durante los cuales no solo la violaron y la torturaron a diario, sino que invitaron a otras personas a hacerlo y la exhibieron mientras era sometida a esas atrocidades. Finalmente la mataron a golpes y desecharon su cuerpo dentro de un barril lleno de cemento fresco.
Los autores principales del crimen fueron cuatro adolescentes de entre 16 y 18 años. Uno de ellos estaba ligado a la mafia japonesa conocida como Yakuza. Los jóvenes contaron con la complicidad de alrededor de un centenar de personas. Todas ellas fueron acusadas de sumarse a las violaciones y las torturas, asistir a ellas, proporcionarles los lugares para retener a la víctima o mirar hacia otro lado. Cuando se descubrió todo el escándalo alcanzó también a las autoridades porque se supo que la policía pudo haber rescatado a la chica con vida dos semanas después de su secuestro, pero la negligencia de los agentes enviados a investigar una denuncia la condenó a muerte.
Un engaño y un secuestro
La tarde del 25 de noviembre de 1988, Junko Furuta salió de la escuela Yashio-Minami, en Tokio, y montó su bicicleta para ir al trabajo que había conseguido un mes antes en una fábrica de moldes de plástico para ganarse los yenes necesarios para pagar su viaje de fin de curso. Estaba terminando la secundaria y ya tenía un contrato de empleo en una empresa electrónica a la que iba a incorporarse el año siguiente. Con esos planes para el futuro inmediato, Furuta era una típica adolescente japonesa de 17 años que, como tantas otras, pedaleaba esa tarde por las calles de la capital nipona.
Esa misma tarde, mientras Furuta estaba todavía en la escuela, cuatro chicos de más o menos su misma edad se reunían en la casa de uno de ellos para planear las tropelías de ese día. Era casi un hábito que Hiroshi Miyano, de 18 años, J? Ogura, de 17, Shinji Minato, de 16, y Yasushi Watanabe, de 17, se encontraran en una habitación del segundo piso de la vivienda de la familia de Minato antes de salir a deambular por las calles de Tokio en busca de un objetivo para robar o, quizás, de una víctima. No eran principiantes en el asunto: para entonces ya tenían experiencia como arrebatadores de carteras a transeúntes desprevenidos, habían extorsionado a otros adolescentes para que les pagaran simplemente para no ser golpeados y tenían en su haber por lo menos una violación grupal perpetrada con total impunidad.
Miyano y Minato salieron de la casa con la intención de robar bicicletas. Era el plan del día, porque los otros dos miembros del cuarteto tenían cosas que hacer. Estaban vagando por la calle en busca de una oportunidad cuando, alrededor de las 8.30 de la noche, vieron a Furuta montando su bicicleta. La chica había terminado su horario de trabajo y pedaleaba rumbo a su casa, donde la familia – padre, madre y dos hermanos – la esperaba para cenar.
Al verla decidieron que robarle el vehículo era poca cosa, que la chica estaba para más y urdieron de inmediato una maniobra para engañarla y secuestrarla. Minato interceptó a Furato, le pateó una rueda de la bicicleta, la hizo caer y escapó a la carrera. Mientras la chica todavía estaba en el suelo, Miyano se acercó, la ayudó a levantarse y se ofreció a acompañarla para protegerla de cualquier otro ataque. Confiada, la chica aceptó. Llevaban dos o tres cuadras caminando cuando, al pasar por un local abandonado, Miyano la amenazó de muerte y la obligó a entrar. Una vez adentro le dijo que pertenecía a la Yakuza y que si se resistía no solo la mataría. La violó ahí y después, siempre bajo amenaza, la llevó a un hotel donde volvió a abusar de ella.
Una vez satisfecho, usó el teléfono de la habitación para llamar a Minato, Ogura y Watanabe. Arreglaron para que llevara a Furuta, siempre bajo amenaza, a un parque cercano. La chica obedeció sin ofrecer resistencia después de que su violador le mostró el cuaderno donde tenía anotada la dirección de su casa y le dijo que si se resistía mataría a toda su familia. Eran las 3 de la mañana cuando se encontraron en el parque y de allí caminaron a una casa vacía, propiedad de los padres de Minato, donde la violaron en grupo.
Más tarde se supo que no era la primera vez que utilizaban el lugar para esos siniestros menesteres, pero que en las ocasiones anteriores habían liberado a sus víctimas, que no los denunciaron por temor a las represalias de la Yakuza. En esa ocasión fue diferente, porque Ogura sugirió retenerla para permitir que otros hombres la violaran pagándole buen dinero.
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