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El nobel egipcio Naguib Mahfuz (1911-2006) escribió una novela que comienza donde termina el legendario Libro de las mil y una noches. De su lectura me ronda la idea de que la justicia poética es una forma secreta de equilibrio universal. No nace del decreto ni de la ley escrita por los hombres, sino de la voluntad del relato, o de las furias del pueblo llano cuando imagina algún suplicio extravagante para ciertos malhechores.
En ese territorio simbólico, la ficción sustituye al tribunal: los malandrines pagan por sus crímenes y los inocentes hallan la restitución que la vida les niega. Es la mano del narrador la que repara lo que el mundo ha roto, restableciendo un orden moral —imperfecto, sí; falso, quizás—, pero que serena nuestras frustraciones al mutarlas, por qué no decirlo, en esperanzas.
Naguib Mahfuz recompuso en su novela —spin-off de las noches árabes, también titulada Las noches de las mil y una noches— esa noción de equilibrio cósmico, valiéndose, faltaría más, de los recursos mágicos de las narraciones de Sherezade.
En el relato mahfuziano, vemos a una genio, Zarmabaha, trasmutar en una irresistible y enigmática mujer, Anís al-Galíz, decidida a purgar la podredumbre del sultanato de Shahriyar. Para ello, sedujo con artimañas amorosas a los ministros del poder, los despojó de sus vestiduras y los encerró en armarios destinados a venderse en el zoco (mercado). Su empeño era un acto de escarnio generalizado: convertir al mercado en tribunal. Y cuando el pueblo abriese las puertas de aquellos armarios, descubrirían la desnudez de sus gobernantes y reconocerían, con espanto, la depravación que los consumía. Así, sin prédica ni espada, la justicia del relato se cumplía en toda su pureza.
Sin embargo, la irrupción de un poderoso personaje, Gamasa al-Bulti, llamado El Loco, altera el sentido del castigo. Su locura es una forma de sabiduría: imposible de seducir, detiene la venganza. Zarmabaha había concebido una humillación aniquiladora —justicia poética—, pero El Loco impone una medida intermedia: Obliga a los corruptos a salir desnudos a la calle al amanecer: la vergüenza marca sus rostros y almas, sin destruirlos. Recordemos que, en el universo del Libro de las mil y una noches, quienes gobiernan encarnan no solo el poder político, también el religioso y económico. Mahfuz cree que la justicia poética extrema no restaurara el equilibrio, sino que destruye a culpables e inocentes: “¡Ay de la gente que esté bajo un gobernante que no posea sentido de la vergüenza!”, exclama El Loco.
Quizá el poder de la literatura consista en eso: hacer visible lo que la historia oculta. Cuando la justicia se ausenta, la ficción interviene como una forma de equilibrio estético y ético. Lo sabía Sófocles: en Antígona, la ley humana se enfrenta a la ley divina, y solo la tragedia permite que ambas alcancen su proporción. Lo sabe Mahfuz: un armario lleno de poderosos desnudos podía destruir la fe del pueblo. El relato de Borges, “Tema del traidor y del héroe”, se construye sobre la misma idea.
La narración restaura la equidad que la realidad suele negar. Lo dijo por primera vez, el crítico Thomas Rymer (s. XVII), cuando defendía que el teatro debía ofrecer un sentido moral y educativo, haciendo que el bien triunfara y el mal fuera castigado. La justicia poética, en el fondo, cumple ese mandato: corrige el caos del mundo mediante la forma porque a veces, esa forma, tristemente es la única justicia posible.
