Compatriotas, Venezuela se halla en una encrucijada que reclama la firmeza propia de los pueblos que deciden su destino. El liderazgo de María Corina Machado ha consolidado una legitimidad que hoy es columna y fundamento de toda salida posible. Esa victoria electoral no es un simple resultado: es mandato solemne, es voz del pueblo, es decreto de la nación. Y ese mandato exige distinguir con claridad los empeños: por un lado, la remoción de la tiranía que ha oprimido nuestras conciencias; por otro, la reconstrucción profunda de una patria devastada por la servidumbre a intereses personales y extraños. No es prudente que el destino de la patria oscile únicamente entre la tiranía interna y la tutela externa, pues la libertad no se delega ni se arrienda, y menos aún se entrega como dádiva.
Para la ruptura institucional, la presión de Estados Unidos es fuerza que no puede negarse. Bajo la lógica de un Washington transaccional, que sirva de ariete, pero nunca de bastón. La memoria de los pueblos enseña cautela: así se desvanecieron las promesas en Vietnam del Sur, así se incumplieron las garantías del Memorándum de Budapest. Su palabra florece en primavera y muere en el primer invierno electoral. Que entren, pues, los actores de fuerza, cumplan su función de choque y despejen el camino, pero que la soberanía nacional jamás quede hipotecada a designios ajenos, porque la independencia bajo tutela no es libertad, es vasallaje con otro nombre.
La reconstrucción del andamiaje nacional requiere aliados de otra índole. Aquí cobra vigencia la visión de Bolívar en la Carta de Jamaica: “La unión de nuestros pueblos es la garantía de nuestra libertad.” Los vecinos no pueden mudarse; si Venezuela fracasa, ellos cargan con el peso de la inestabilidad. Por ello, este proceso debe sostenerse sobre vigas regionales con países como Argentina, Paraguay, Uruguay y Panamá, y con los vecinos inmediatos que, por pragmatismo, requieren una Venezuela próspera para asegurar su propio porvenir. La unión de las repúblicas americanas no es ya un sueño vano: es necesidad imperiosa, es destino compartido, es la muralla contra el despotismo. Que sea este el inicio de una unión continental que perdure. Y que nunca más un pueblo nuestro sufra el yugo de la tiranía.
El aliado más determinante no reside en cancillerías, sino en los millones de venezolanos dispersos por el mundo. El exilio no es fuga: es semilla que aguarda tierra fértil para germinar como bosque entero, con raíces comunes y frutos compartidos. Atraer ese talento exige un plan robusto, capaz de ofrecer incentivos reales a quienes deberán sacrificar su estabilidad presente por el retorno. Esta repatriación no es solo deuda moral: es alivio realista para países como Colombia y Chile, que verían en ella el respiro definitivo a sus propias tensiones sociales y económicas. Que el exilio se convierta en retorno, que la dispersión se transforme en unidad, que la diáspora sea fuerza y no herida.
La clave del regreso está en romper el ciclo de la economía monoproductora que Uslar Pietri atinadamente señaló como lastre histórico. Superar esa dependencia exige convertir a Venezuela en polo de innovación tecnológica: energías limpias, biotecnología, software, inteligencia artificial. Al apoyarse en el conocimiento como industria, la patria puede saltar etapas de subdesarrollo y aspirar a liderar la vanguardia digital de la región. Un modelo basado en la inteligencia genera riqueza independiente del Estado y blinda a la sociedad contra el rentismo que siempre ha nutrido al despotismo. Que la riqueza no sea privilegio de unos pocos, sino patrimonio de todos; que la ciencia sea el nuevo oro de la república.
Esta estrategia propone un frente amplio donde se diversifiquen los apoyos. Mientras se utiliza el peso externo para la salida, se debe tejer una arquitectura regional que sostenga el nuevo edificio democrático. No se trata de descubrir el hilo negro, sino de asegurar que la reconstrucción sea obra propia, ejecutada por vecinos y ciudadanos. La libertad no se mendiga ni se presta: se edifica con voluntad común. Que la soberanía no sea consigna pasajera, sino destino compartido y república perpetua. Y que el pueblo venezolano, al igual que en Angostura, proclame ante el mundo que su independencia no es dádiva ni préstamo, sino conquista de su propio esfuerzo y garantía de su porvenir.
