
«Yo soy un pobre diablo, y mi nombre es Titivillus», señala un demonio repugnante cuando un abad lo confronta.
Por: BBC
Su oficio, explica el demonio en el tratado devocional del siglo XV Myroure of Oure Ladye, es llevarle a Satanás a diario «mil sacos llenos de errores y negligencias en sílabas y palabras, cometidos por órdenes suyas al leer y cantar, de lo contrario seré duramente golpeado».
El Diablo, explica Titivillus, guarda esos errores como pruebas contra las personas al momento de juzgar qué destino tendrán sus almas al final de sus vidas.
«Aunque tales cosas sean pronto olvidadas por quienes las hacen, el demonio no las olvida».
Otros tampoco.
Cuando se trata de errores lo suficientemente garrafales (y a menudo hasta graciosos), se quedan en la memoria cultural por los siglos de los siglos.
Y si el descuido tiene que ver con la palabra divina, no sólo hacen historia, sino que pueden decidir el destino de los culpables mucho antes de que llegue la hora de ese juicio final.
Eso le pasó a Robert Barker, un inglés que en el año 1600 tuvo la fortuna de heredar el título de «Impresor de Su Majestad».
En ese tiempo no era meritorio sino adquirido, una inversión muy lucrativa que había hecho su padre en 1589, y le aseguraba a la familia Barker una patente exclusiva para imprimir Biblias en Inglaterra, otorgada por la reina Isabel I.
Así que fue él el encargado de la impresión de una nueva traducción de la Biblia al inglés ordenada por el rey Jacobo VI y I, aquella que se convertiría en el libro en inglés de mayor difusión y más influyente.
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