El Mensaje de Navidad 2025 de la Conferencia Episcopal Venezolana se presenta como una exhortación a la paz, a la dignidad humana y al bien común. En lo formal, nadie podría objetarlo. El problema no está en lo que dice, sino en lo que decide no decir.
En un país donde hay presos políticos, donde se ha anulado sistemática la disidencia y se ha desconocido el resultado electoral del 28 de julio de 2024, el mensaje episcopal opta por un desplazamiento discursivo evidente: el foco lo coloca en factores externos —tensiones geopolíticas, sanciones internacionales, presencia militar extranjera— que, aunque reales, no explican la devastación material y moral que vive el país. Este desplazamiento tiene efectos claros: diluir las responsabilidades internas y despolitizar el sufrimiento social.
La omisión es grave porque no es inocente. Al evitar nombrar el fraude electoral, la represión interna y la existencia de presos de conciencia, el mensaje convierte la paz en una abstracción moral, desanclada de la verdad histórica inmediata. Se habla de dignidad humana sin mencionar a quienes hoy están privados de libertad por razones políticas.
Se invoca el bien común, pero no se dice que el artífice de la pobreza y la desigualdad es el régimen, es el Estado; lo vemos en el empobrecimiento sostenido de amplios sectores de la población, en el hambre, en la precarización de la vida, el desplazamiento forzoso y en el colapso del sistema público de salud. Hospitales sin insumos, pacientes sin acceso a tratamientos básicos, personal sanitario exhausto y mal remunerado, familias obligadas a elegir entre alimentarse o medicarse forman parte de la “normalidad” doméstica, ¿eso es paz?
La Iglesia afirma —con razón— que no hay paz sin justicia. Pero calla cuando la injusticia tiene nombre, responsables y víctimas concretas. El resultado es una paz despolitizada, una paz “prudente”, que corre el riesgo de convertirse en paz a conveniencia del opresor: produce un orden sin legitimidad, estabilidad sin derechos, silencio sin reconciliación.
Este tipo de discurso es conocido en contextos autoritarios. Se reconoce el sufrimiento, se apela a valores universales, pero se evita la confrontación directa con el poder. No se miente, pero se elude lo fundamental. Y esa omisión tiene consecuencias: desarma moralmente a la ciudadanía y desplaza la responsabilidad hacia factores externos, liberando al poder interno, al Estado, de enfrentar su responsabilidad.
El contraste es elocuente. Mientras el mensaje episcopal mira hacia afuera, la comunidad internacional reconoce —a través del Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado— que la lucha no violenta por elecciones libres, verdad pública y restitución de derechos es la
condición misma de la paz, no una amenaza contra ella. El Nobel devuelve el foco al lugar correcto: la injusticia doméstica, la injusticia en el país, la violencia ejercida por el Estado.
La paz no se construye pidiendo moderación a quienes han sido despojados de sus derechos ni llamando al diálogo mientras se mantiene intacta la estructura de la injusticia. La propia Doctrina Social de la Iglesia es inequívoca: “La paz no es mera ausencia de guerra, ni se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversarias; se funda en un recto orden querido por Dios” (Gaudium et Spes, n. 78). Ese orden se quiebra cuando existen presos políticos, cuando se anula el sufragio y cuando la verdad pública es sustituida por el silencio cómplice.
Cuando una institución moral opta por desplazar el foco hacia factores externos y evita nombrar las causas internas de la injusticia, incurre en una contradicción con su propio magisterio. Como recuerda Evangelii Gaudium, “la paz social no se puede entender como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de una parte sobre otra” (n. 218), y menos aún como estabilidad obtenida mediante la negación sistemática de derechos fundamentales. En Venezuela el estado mata, oprime, somete a las comunidades y al ciudadano.
Por ello, lo que queda no es solo una discrepancia de énfasis, sino una constatación crítica: cuando el poder vulnera la dignidad humana y no es nombrado, la paz se transforma en retórica y la justicia en abstracción. Y una paz sin verdad, advierte la propia tradición cristiana, no reconcilia: administra el miedo y avala el poder del opresor.
Amigo Sancho,
con la Iglesia hemos topado.
