
El éxito ideológico de la izquierda estriba en sus ínfulas de superioridad moral. En efecto, a través de su hegemonía en la prensa, las aulas y los espacios culturales, lograron convencer al imaginario colectivo de que sus ideales políticos constituían el reflejo de posiciones morales elevadas. Así, decidieron que la tendencia del hombre a perseguir sus fines privados equivalía a despreciable “egoísmo”, ante el que ellos oponían un “altruismo” purificado de todo resquicio de individualidad y de interés propio.
A la tendencia natural del hombre a reconocer jerarquías, admirar la excelencia y recompensar el mérito, la izquierda la calificó de “elitismo”, y le opuso la “equidad”, que castiga al mejor y subvenciona al peor en nombre de una falsa igualdad. A la tendencia histórica del hombre a integrarse en agrupaciones nacionales y proteger sus patrias, la calificaron de “xenofobia” y “chauvinismo”, y le opusieron las exigencias globalistas, fundadas en el “amor universal”, que propugnan abrir indiscriminadamente las fronteras.
A la tendencia ética de buscar la justicia retributiva, por medio de la cual el hombre justo desea castigar a quien comete un delito, opusieron la supuesta “compasión” por el criminal, al que hicieron beneficiario de una concepción “redistributiva” de la riqueza: en virtud de su carencial material, el victimario fue convertido en víctima en un abrir y cerrar de ojos. A la naturaleza biológica del sexo, la conceptuaron como “patriarcal”, “heteronormativa” y “cisnormativa”, y le opusieron la “liberadora” autopercepción de género, ante la cual toda realidad pierde consistencia y objetividad.
Estas ideas pretendidamente “morales” generaron resultados desastrosos. Y fueron desastrosos precisamente porque aquellas eran, en realidad, profundamente inmorales. Así, por vía de lo primero destruyeron toda creación de riqueza, expulsaron al capital y multiplicaron la pobreza. Por medio de lo segundo, destruyeron los incentivos al esfuerzo, degradaron la educación y convirtieron la mediocridad en virtud cívica. A través de lo tercero, disolvieron las identidades nacionales, dejaron entrar a la roña proveniente de países horribles y aterrorizaron a los locales. En virtud de lo cuarto, multiplicaron los crímenes, los delincuentes ganaron en libertad y “derechos”, y los justos perdieron en tranquilidad. Finalmente, como consecuencia de lo quinto, destruyeron la verdadera identidad sexual, mutilaron sexualmente a los niños y hasta llegaron a justificar la pedofilia.
Ya no se trata de decir que los ideales de la izquierda son bondadosos pero no funcionan. La verdad es exactamente la opuesta: precisamente porque son moralmente perversos, producen catástrofes cada vez que se los pone en práctica. No era “altruismo”: era colectivismo. No era “equidad”: era “solidaridad” a punta de pistola. No era “amor universal”: era la disolución de la patria. No era “compasión”: era impunidad para el delincuente. No era “liberación sexual”: era negación de la realidad biológica. Por eso, la batalla decisiva no es solo política, sino moral y semántica: hay que destruir el relato edulcorado de sus palabras, porque mientras sus eufemismos sigan pareciendo virtuosos, sus prácticas destructivas seguirán pareciendo justificables y sus mentiras “goebelianas” se impondrán borrando la memoria de los ciudadanos.
@J__Benavides
