La cruda lógica del poder, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

La cruda lógica del poder, por @ArmandoMartini

En la compleja y despiadada geografía de las transiciones políticas, existe un abismo insalvable entre el deber ser y el ser, entre la legitimidad ética y moral incuestionable, y la crudeza del poder real. Muchos se preguntan, con justificada indignación, por qué se negocia con los pirómanos antes que con los constructores. Venezuela se ha convertido en el laboratorio donde esta disonancia grita, y aunque voces decorosas, dignas, honorables se alzan, a menudo se desconoce la lógica de hierro que guía cualquier operación de alto riesgo. No se apaga un incendio con principios, sino con aquellos que controlan las mangueras.   

La inclusión de Delcy Rodríguez en la ecuación de poder, y la momentánea ausencia visible de figuras como María Corina Machado en ciertos tableros de negociación, no son caprichos diplomáticos ni traiciones a la causa democrática. Son el reflejo de una aritmética brutal que rige la salida de los regímenes autoritarios. El poder de negociación no lo determina quien ganaría unas elecciones libres, sino quien tiene la capacidad de contener o desatar la violencia inmediata.   





Delcy no está allí por carisma o credenciales democráticas; está por su utilidad operativa. En el cálculo frío de la transición, ella representa la continuidad administrativa del Estado profundo, el canal directo con el poder duro, la inteligencia y las estructuras coercitivas. Es la llave para evitar el colapso total, capaz de firmar órdenes que se acatan en los cuarteles y oficinas donde aún reside el control fáctico.   

El error emocional, comprensible de muchos, es creer que la caída moral de una tiranía implica su desmantelamiento físico instantáneo. Se asume que, al perder legitimidad, el régimen se evapora y «mañana mandan los buenos». La historia, cínica y repetitiva, enseña una secuencia menos romántica. Primero gobiernan quienes pueden evitar el país se incendie; luego, los que administran las cenizas; y solo al final, quienes reconstruyen con la legitimidad de los votos.   

María Corina Machado encarna ese tercer y definitivo escalón. Su exclusión de la fase de contención no es una derrota, sino un reconocimiento táctico de su rol; ella es la amenaza existencial para el chavismo duro, los corruptos y violadores de los Derechos Humanos. Insertarla prematuramente en la fase de «control de daños» sería como intentar celebrar elecciones en medio de un edificio en llamas. Su momento es la construcción de la legitimidad, no la negociación de la rendición armada.   

Toda transición sigue un guion de actos diferenciados. La fase de control del caos, negociada con quienes tienen las armas. El reacomodo institucional con figuras de consenso. Y finalmente, la legitimación democrática plena. Entender esto no es resignación; sino madurez política estratégica. La presencia de Delcy hoy no anula, bajo ningún concepto, la centralidad de María Corina mañana.

La alarma no debería sonar por una exclusión táctica, sino si se intentara su eliminación política de participación permanente. Mientras Machado siga capitalizando la esperanza y representando la alternativa, su tiempo llegará cuando las condiciones pasen de la contención de la violencia a la refundación de la República. Invertir ese orden no es idealismo; es imprudencia histórica.

Lo que haga Delcy Rodríguez no ocurre en el vacío ni por iniciativa propia. Sucede bajo el marco de control y supervisión de una administración liderada por Donald Trump que busca la estabilidad interna y regional con el cese de la opresión, liberación y amnistía general de los presos y exiliados políticos, no la perpetuación del caos chavista. El nuevo entorno, después de Maduro, opera bajo una presión existencial inmensa, tutelados, rodeados por un poder muy superior, su única opción racional es la cooperación dócil y obediente. Salirse de esa línea con maniobra y engaño, como es su costumbre, implicaría brevedad de la transición, con las consecuencias devastadoras que ya no pueden eludir. Confiar es un riesgo muy alto. La lógica política es una cosa y lógica criminal otra. 

 

Dentro del chavismo no hay cohesión, sino fracturas y lucha por la supervivencia. Cuando desde Washington se confirma la colaboración, se debe leer como el dato político relevante; hoy el poder real no se comunica desde Miraflores, se manifiesta desde la Casa Blanca. Aquí no hay épica ni heroicidades de novela; hay una negociación de entrega, fríamente calculada, donde la batuta la lleva quien tiene la fuerza para imponer el ritmo.

@ArmandoMartini