
La captura de Nicolás Maduro, concretada durante la madrugada del sábado pasado, fue el resultado de una arquitectura tecnológica integrada que combinó más de 150 plataformas aéreas, sistemas de guerra electrónica, drones furtivos y análisis de datos en tiempo real.
Por TN
Con el despliegue de la operación, llamada Resolución Absoluta, Estados Unidos mostró la efectividad de un sistema digital distribuido, donde cada una de sus partes observa, procesa información y la comparte de forma constante al resto de las unidades.
Además, la extracción del líder venezolano puso en evidencia cómo el uso de tecnología de sensores, radares, comunicaciones y transmisión de información -con el objetivo de reducir la incertidumbre al mínimo antes de ejecutar cada decisión- reemplazó al modelo clásico de ataque.
La tecnología detrás del operativo para capturar a Nicolás Maduro
Drones furtivos y vigilancia constante
Los drones RQ-170 fueron parte clave de la operación. Diseñados para misiones de reconocimiento y alto riesgo, fueron utilizados para capturar señales, imágenes y patrones de movimiento.
La información recolectada por estos dispositivos se cruzó en tiempo real con otras fuentes, satélites, aeronaves tripuladas y registros previos, para generar modelos predictivos durante el operativo.
En este esquema, la vigilancia no se limita a ver sin ser visto. Se trata de detectar anomalías, correlaciones y cambios mínimos que permitan anticipar decisiones antes de que se produzcan. En concreto, la misión se desarrolló a partir de los datos que producía este dispositivo.
Cazas de combate: sensores antes que misiles
Los cazas desplegados durante la operación cumplieron un rol que va más allá del combate aéreo tradicional. Aeronaves como los F-22A Raptor y los F-35 Lightning II funcionaron como sistemas avanzados de observación y procesamiento, capaces de integrar información proveniente de múltiples sensores.
Radares de barrido electrónico, detección infrarroja y sistemas pasivos generaron una imagen constante del entorno. Esa información fue interpretada por software que jerarquiza amenazas, identifica patrones y actualiza el panorama operativo mientras el avión está en vuelo. El piloto dejó de recibir datos fragmentados para operar sobre una visión unificada del escenario.
En particular, el F-22 aportó su capacidad de volar sin ser detectados por radares y el F-35 actuó como un centro de inteligencia en el aire. Su capacidad para recolectar información y redistribuirla en tiempo real fue una pieza clave para coordinar la misión.
A este entramado se incorporaron cazas multipropósito de generaciones anteriores, como los F/A-18E/F Super Hornet, con la función de ejecutar acciones concretas a partir de los datos recolectados por los drones y los F-22 y F-35.
Guerra electrónica
Una de las capas más determinantes del operativo fue la guerra electrónica. Aeronaves especializadas como el EA-18G Growler actuaron sobre el espectro electromagnético para interferir radares, degradar comunicaciones y generar confusión en los sistemas defensivos.
Equipado con sistemas de interferencia avanzada, el Growler no tuvo el objetivo de destruir blancos físicos, sino el de alterar la capacidad de Ejército Venezolano para interpretar lo que ocurría a su alrededor. Al introducir ruido y señales engañosas, el entorno se hizo opaco e impredecible.
Coordinación aérea en tiempo real
El control del espacio aéreo estuvo a cargo del E-2D Advanced Hawkeye. Este avión de alerta temprana y control aerotransportado cuenta con el radar AN/APY-9, capaz de rastrear cientos de objetivos simultáneamente en el aire y en superficie.
Desde esta plataforma se coordinaron movimientos, se asignaron prioridades y se evitó la superposición de misiones. El Hawkeye funcionó como un centro de comando aéreo, con el objetivo de garantizar que todos los datos lleguen al lugar correcto en el momento preciso.
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