Los venezolanos viven con temor y en silencio un nuevo país sin Maduro

Los venezolanos viven con temor y en silencio un nuevo país sin Maduro

Mural en una calle de Caracas, el 6 de enero. Maxwell Briceño (REUTERS)

 

La mañana después del ataque del 3 de enero, Venezuela despertó en silencio. No hubo gritos ni banderas ni celebraciones en las calles. Los teléfonos y las redes echaron humo, pero se corrieron las cortinas y los pocos que salieron a la calle se cruzaron miradas atónitas sin decir nada. El país amaneció conteniendo la respiración: a la espera, como tantas otras veces. En supermercados y gasolineras, la gente hablaba poco y compraba rápido. Algunos celebraron a escondidas que agentes estadounidenses detuvieran a Nicolás Maduro, brindaron en voz baja, mandaron audios que borraron enseguida. Pero la euforia duró poco. Bastaron unas horas para entender que quizá no había nada que celebrar. Y el miedo volvió. Quizá con más fuerza. Y un silencio espeso inundó las casas, cortó conversaciones y dejó llamadas sin responder. Temen hablar por teléfono, incluso en la intimidad de sus casas —“nos tienen a todos pinchados”— y hasta al otro lado de la frontera. “Está muy difícil. Dices algo y te llevan preso”, advierte un venezolano que cruza cada día la frontera con la ciudad colombiana de Cúcuta para trabajar.

Por: El País





Venezuela está en pausa. Mientras el chavismo se apresura en recomponer su poder, los venezolanos permanecen paralizados. Con miedo de salir a la calle. De hablar. De quedarse sin víveres. Sin gasolina. De que los vuelvan a bombardear.

La estrategia de presión de Donald Trump contra el régimen de Maduro y la cuestionada incursión en territorio venezolano para llevárselo a Estados Unidos, donde enfrenta cargos por narcotráfico, mantiene a los venezolanos —dentro y fuera del país— exhaustos. Depuesto Maduro, muchos mandaron audios a sus familiares que borraron inmediatamente después y se fueron a la cama pensando que, ahora sí, el cambio era inminente. Que después de casi tres décadas de chavismo, pasaban página.

Pero, de nuevo, el cambio no ocurrió. Y el ascenso de Delcy Rodríguez al poder, con el beneplácito de Trump, no ha hecho más que sembrar confusión. Venezuela entra, una vez más, en terreno desconocido. En modo de espera. Con muchos de sus vecinos paralizados y encerrados en casa.

Las últimas horas han transcurrido entre el silencio y la crispación. En el estado Mérida, en los Andes venezolanos, dos personas fueron apresadas por la policía local por supuestamente estar “celebrando” la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. El decreto de estado de excepción por conmoción respalda la detención de quienes promuevan y apoyen los ataques de Estados Unidos. Más razones para encerrarse en un país que acumula presos por tuitear o compartir una crítica en un estado de WhatsApp.

La terminal de autobuses de Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza con Venezuela que estos días acoge a decenas de periodistas de medio mundo, está a rebosar. En la sala de espera, oscura y estrecha, se agolpan familias enteras cargadas de bártulos. Unas vienen, otras van. Nada fuera de lo normal. Pero detrás de las maletas más grandes hay gente que se está marchando para siempre.

Una anciana menuda, con el pelo blanco teñido de reflejos morados, corre de un mostrador a otro. Pide que no se publiquen los nombres de su familia. Ayer sacó de su casa en Maracay, en el norte de Venezuela, a sus dos nietas, dos tíos y tres bisnietos. “La abuela dijo ‘¡vámonos!’ y nos venimos corriendo. Cada uno recogió su ropita, lo poquito que tenía y nos fuimos. Nos vamos a Bucaramanga”, dice una de las nietas mientras intenta que su bebé se coma un trozo de pollo. “Tenemos miedo de otro ataque porque vivimos al lado de una base militar. Y, en realidad, de todo en general”, añade la otra. “Ya habíamos pensado en marcharnos, pero nunca así de un día para otro”, asegura.

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