
Nicolás Maduro, el “carnicero de Miraflores”, así bautizado por la revista satírica francesa Charlie Hebdo, ya no forma parte de la ecuación del poder chavista en Venezuela. Desde hace algunos años se convirtió en un obstáculo para el poder que está siempre detrás de bambalinas. Su aislamiento progresivo de los círculos de influencia norteamericanos, como el antiguo Grupo de Boston y los demócratas, y de sus cercanías con los teóricos del Foro de São Paulo y Grupo de Puebla, y sus relaciones con Rodríguez Zapatero a la cabeza, concentraron su atención en Irán y sus lazos con el terrorismo internacional, y la sobrevivencia del rancio dominio cubano-castrista, de donde surge su inicial formación como agente de la subversión castrista.
Hoy Maduro ya es pasado y figura sustituible, se observa en la dinámica de un sistema de dominio y control social, como es el socialismo del siglo XXI. Quien asume su lugar, Delcy Rodríguez, es una operadora silenciosa, formada en Francia, que juega un papel “dual”; tanto para aplacar a los sub grupos del radicalismo a lo interno de su base político-militar, como con sus “relaciones” con el Estado norteamericano del cual siempre ha estado cercana. Tanto, que ha sido el artífice del ya conocido “proceso de transición” en varias etapas, que debe adelantar, junto con su hermano, Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino López y tal vez, Diosdado Cabello.
No se trata de principios ideológicos ni de razones políticas las que han llevado al cambio de liderazgo en Venezuela. Son razones de índole económico-financieras en beneficio de trasnacionales y de grupos de poder y de estrategias globales del poderío militar norteamericano. Por eso, por no entender la razón última de peso, Maduro y Cilia Flores, a pesar de poseer intereses económicos, nunca pudieron zafarse del control cubano-castrista, que les exigía la cuota parte del petróleo y de “otras dádivas”, para las arcas del Estado socialista castrista cubano.
La coyuntura que ahora transita Delcy Rodríguez, como cabeza de un subgrupo del poder en la Venezuela post chavista, es delicado y muy arriesgado. Tiene que equilibrar los pesos de poderosos grupos a lo interno, que se resisten a ceder poder político. Otros reacios a ser sustituidos dentro del esquema económico-financiero, y del riesgo evidente del grupo de militares y demás grupos del paramilitarismo –como el terrorismo internacional- que ya han conquistado “cabeza de playa” en suelo venezolano para apuntar sus baterías contra la costa de Florida.
En el pasado ya habíamos escrito en varios artículos que todo cambio real, verdadero en Venezuela, obligatoriamente debería pasar, tanto por la alcabala militar como por los subgrupos moderados del chavismo, que desde hace años se han transformado en “potentados emprendedores” y han ligado, bien sus apellidos como sus fortunas con la tradición mantuana financiera, venezolana e internacional.
Así las cosas, no es extraño que el presidente norteamericano, Donald Trump haya mencionado a Delcy Eloína Rodríguez Gómez, como presidente encargado, quien, junto con el vicepresidente, J. D. Vance, el secretario de Estado, Marco Rubio y su ministro de guerra, deben adelantar la transición para establecer la pax en la hambreada y desolada nación sudamericana.
El momento no es de discursos sobre Dios, ángeles, pachangas ni rezos. Tampoco de reuniones con políticos de pacotilla ni de pensamientos teóricos sobre ética ni moral con manual de escolares, ni mucho menos de ancianos preocupados por cuidar ni regar matas. Es de actos concretos, decisiones extremas, dolorosas, que puedan no agradar ni complacer, y con resultados verificables.
No creo que los dirigentes políticos venezolanos de oposición tengan poder en sus manos para reducir por vías de hecho, a tanto fanático oficialista radical ortodoxo ni opositor enchufado y deslenguado. Mucho menos capacidad real, liderazgo ni autoridad bajo la fuerza de las armas para reducir a sus cuarteles, a tanto oficial envalentonado, engorilado y con intereses en ocupaciones ajenas a su naturaleza castrense.
Delcy Eloína representa, hoy, a un subgrupo de poder policial-militar y económico-financiero que posee vínculos, tanto a lo interno como en la esfera internacional. Ella, junto con su hermano y Padrino López al frente del ala militar, representan en la actualidad, con la presencia militar norteamericana, la única posibilidad de estabilidad social en un país que se encuentra frágil y fragmentado en la práctica, como Estado y nación.
Estamos, muy posiblemente, cercanos a una ocupación militar extranjera que podría desembocar en la posterior repartición territorial del espacio geográfico venezolano. Esto último puede parecer alarmante y hasta descabellado. Sin embargo, la realidad nos está indicando que frente a un Estado que se observa débil para defenderse (-se evidenció este 3 de enero), con unas instituciones fragmentadas y una oposición cada día con menos capacidad para unificarse; la población venezolana empobrecida, golpeada sistemáticamente, tanto por la subalimentación como por la incertidumbre, buscará resguardarse bajo aquella bandera que le asegure su estabilidad socioeconómica y lo dignifique como ser humano y ciudadano.
¿Y dónde se ubican, Edmundo González Urrutia y María Corina Machado? El primero representa el símbolo de la civilidad política, que, probablemente, aparecería una vez se normalicen las aguas con la fuerza de las armas. La segunda, única líder visible en la oposición, estaría a la espera y aparecerá “después”, cuando se aclare el panorama social, económico, político y se organicen las alianzas para unas posteriores elecciones. Esto último lo calculo no en meses, sino en años.
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