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No podemos permitir que la costumbre, el ruido informativo o la ansiedad propia de los procesos históricos nos hagan perder de vista lo esencial.
Solo ha pasado una semana desde la operación ejecutada por Estados Unidos en Venezuela y el régimen ya no luce como un poder sólido, sino como lo que realmente es, una estructura frágil, sostenida por la intimidación y el control criminal del Estado.
En apenas siete días, la narrativa oficial se ha resquebrajado. El régimen ha quedado expuesto. Ha sido desnudado ante el país y ante el mundo. Sus voceros ya no transmiten seguridad, sino nerviosismo; sus decisiones ya no expresan autoridad, sino improvisación; y sus movimientos internos revelan una realidad inocultable, están bajo una presión interna y externa insostenible.
Lo que hoy se impone es una verdad política que por años algunos buscaron relativizar, la transición no ocurre por concesiones espontáneas de una dictadura, sino cuando la correlación de fuerzas la obliga.
Durante demasiado tiempo, los venezolanos exigimos firmeza ante un poder que se alimentaba del chantaje, la represión y la impunidad.
Esa fuerza —negada, pospuesta o satanizada por sectores cómodos— es precisamente lo que ha empezado a abrir un cauce real para una salida.
Este hecho no debe ser interpretado como un evento aislado, sino como el inicio de un nuevo capítulo: uno en el que el régimen, debilitado y fracturado, se ve obligado a evaluar escenarios que antes rechazaba por arrogancia o por cálculo criminal.
Facilitar una transición ya no es una opción lejana; es una presión inmediata que crece con cada hora que pasa.
El país tiene derecho a comprender la magnitud de lo ocurrido, porque cuando el miedo cambia de bando, la historia cambia de ritmo.
Y hoy Venezuela está viviendo ese cambio. La tarea de la dirigencia democrática —y del ciudadano común— es clara: no bajar la guardia, no caer en distracciones y no permitir atajos que rescaten a los responsables.
Una transición verdadera no puede significar reciclaje de culpables ni borrón y cuenta nueva. Debe significar justicia, liberación de los presos políticos, cese de la persecución y reconstrucción institucional.
No olvidemos el dato central: solo ha pasado una semana. Y el régimen ya no impone condiciones: las recibe. Esa es la señal más nítida de que el fin del ciclo de terror ha comenzado.

