El conflicto moral, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

El conflicto moral, por @ArmandoMartini

Hay heridas que no cicatrizan, se enquistan en el cuerpo social como un recordatorio de fracturas. Cuando las naciones enfrentan divisiones, existe una deuda moral que debe ser saldada, la liberación de quienes pagan con su libertad o desarraigo, el precio de haber alzado su voz o creído que otro camino es posible.

No es amnesia, sino amnistía. No de olvidar, sino de recordar con sabiduría para comprender que la justicia sin misericordia es solo venganza diferida, y ninguna sociedad puede construir su futuro sobre el sufrimiento perenne de sus hijos.





Detrás de cada preso político hay una familia rota, niños que crecen preguntándose por qué su padre o madre no vuelven a casa. Ancianos que mueren sin abrazar a quienes parieron, parejas separadas por fronteras insalvables, no por geografía, sino por miedo y prohibición.

Los exiliados conocen un dolor particular, verse obligados a reinventarse en tierras extrañas, hablar en idiomas que nunca sentirán propios, celebrar cumpleaños y entierros a través de pantallas pixeladas. Llevan consigo la nostalgia que no es romántica sino lacerante, un desarraigo que se convierte en identidad involuntaria.

Mientras tanto, la sociedad que los expulsó o encarceló se empobrece rumbo a la miseria; cada voz silenciada es una perspectiva menos en el diálogo, cada talento exiliado es una contribución perdida, y cada preso político, un recordatorio que preferimos la uniformidad a la pluralidad.

Las democracias se han construido sobre la capacidad de cerrar ciclos de confrontación mediante gestos de generosidad política. España lo hizo tras la dictadura franquista. Sudáfrica lo intentó con la Comisión de Verdad y Reconciliación. Chile buscó ese camino tras Pinochet. No fueron procesos perfectos, pero partieron de una premisa, la convivencia futura importa más que el ajuste de cuentas perpetuo.

Una amnistía general no es un acto de debilidad, sino de fortaleza. Requiere que quienes detentan el poder reconozcan, la disidencia no es traición, el disenso no es delito, la diferencia política no merece castigo carcelario. Exige humildad para admitir que en toda confrontación hay múltiples verdades, y que ningún bando tiene el monopolio de la razón o la virtud.

Algunos dirán que la amnistía es impunidad, equivale a borrar responsabilidades. Pero existe una diferencia esencial entre los crímenes de lesa humanidad -imperdonables e imprescriptibles- y los delitos de naturaleza política, aquellos que surgen del conflicto ideológico y la lucha por el poder.

La justicia transicional enseña que hay momentos en la vida de las naciones donde es necesario priorizar la paz sobre el castigo, la reconciliación sobre la retribución. No se trata de declarar que todo estuvo bien, sino de reconocer que seguir por el camino de la confrontación judicial eterna solo profundiza las heridas.

Una amnistía bien diseñada debe incluir mecanismos de verdad, reconocimiento mutuo del daño causado, de compromiso con la no repetición. Puede ser el inicio de un diálogo nacional serio sobre cómo llegamos hasta aquí y hacia dónde queremos ir. Cada día que pasa con encarcelados por sus ideas o exiliados por sus convicciones, elegimos la división sobre la unidad; le decimos a las futuras generaciones que hay formas de pensar que merecen castigo, que existe una versión oficial de la verdad y quien se aparte de ella pagará el precio.

¿Qué sociedad queremos ser? ¿Una que se enorgullece de tener cárceles atiborradas de adversarios políticos, o una que demuestra la fortaleza de sus instituciones permitiendo que las voces se expresen libremente? ¿Una que expulsa a quienes piensan diferente, o que abraza la diversidad como fuente de riqueza y no de amenaza?

Estas líneas no son desde la ingenuidad de quien desconoce las complejidades políticas, sino desde la convicción de quien cree todavía es posible elegir la grandeza sobre la mezquindad. Una amnistía general de presos y exiliados políticos no resolverá todos los problemas, pero será el gesto fundacional de una nueva etapa. 

Ningún compatriota debe languidecer en prisión por sus ideas, ninguna familia seguir fragmentada por diferencias políticas, ningún talento debe perderse en el exilio forzado. Será, en definitiva, el instante que elegimos el perdón no como olvido, sino como memoria activa; no como rendición, sino como valentía; no como final, sino como principio de algo mejor. Las sociedades se miden no por su capacidad de castigar, sino por la de perdonar. No por la longitud de su memoria rencorosa, sino por la profundidad de su voluntad reconciliadora.

Es tiempo de abrir las prisiones y fronteras del destierro. Ni un preso político; ni un centro de torturas; ni un perseguido; ni un exiliado. Vamos a darnos la oportunidad de reencontrarnos como ciudadanos de una misma patria, con desacuerdos, pero con la certeza compartida de que el diálogo es superior al encierro, y la pluralidad más valiosa que la uniformidad impuesta.

La historia juzgará este momento no por la dureza del castigo, sino por la amplitud de nuestra misericordia. Que sepamos estar a la altura de lo que exige la dignidad humana y la necesidad urgente de paz. Ese es el dilema moral.

@ArmandoMartini