
No usan pólvora, pero hacen ruido. No lanzan proyectiles, pero golpean a sus víctimas. Son invisibles, pero hacen sangrar. En el asalto a la edificación donde se encontraba Nicolás Maduro el pasado 3 de enero se usaron, o eso parece. Algunos soldados que las sufrieron dicen haber sido atacados por lo último de lo último del arsenal más avanzado del mundo: armas sónicas.
Por José M Zapico / theobjective.com
«Todos empezamos a sangrar por la nariz. Algunos vomitaban sangre. Caímos al suelo, incapaces de movernos. Ni siquiera pudimos ponernos en pie después de esa arma sónica o lo que fuera». Esto es lo que afirma un guardia relacionado con la seguridad del ahora depuesto mandatario venezolano, quien por motivos de seguridad no da su nombre, y recogen diversos medios americanos.
Las frases describen unos efectos físicos que quienes los sufrieron no asociaron con ningún tipo de ataque conocido. Sus palabras reflejan confusión y conmoción ante lo que él percibió como una tecnología desconocida. El soldado también relató que, antes de sufrir estos efectos, los sistemas de defensa venezolanos dejaron de funcionar de forma súbita.
Su relato sigue así: «Estábamos en guardia, pero de repente todos nuestros sistemas de radar se apagaron sin ninguna explicación. Lo siguiente que vimos fueron drones, muchos drones, sobrevolando nuestras posiciones. No sabíamos cómo reaccionar», describió. Esta parte de su historia apunta a la ya conocida interrupción de los sistemas electrónicos, aunque no ofrece detalles técnicos que permitan identificar una causa concreta. Todo hace referencia a que fue uno de los efectos de los Growler, aeronaves generadoras de interferencias.
Según el mismo testimonio, tras la aparición de drones y la desactivación de los radares, llegaron helicópteros con fuerzas muy reducidas en número. «Minutos después, fueron apareciendo alrededor de ocho helicópteros, en los que al parecer solo había unos veinte soldados en total. Estos venían armados con elementos que eran más poderosos que las armas de fuego», explicó. La percepción de superioridad tecnológica rodea lo que cuenta, aunque no se precisa a qué armamento específico se enfrentaban.
El militar venezolano continúa su historia describiendo el avance de las fuerzas atacantes como abrumador. «Éramos cientos, pero no teníamos ninguna oportunidad. Disparaban con tanta precisión y velocidad que parecía que cada soldado disparaba 300 balas por minuto», dijo. Es el comportamiento habitual de los asaltos por parte de los equipos de operaciones especiales, habituados a disparar de forma certera incluso al correr.
Pero hay más. «En un momento dado, lanzaron algo, no sé cómo describirlo. Fue como una onda sonora muy intensa. De repente sentí como si mi cabeza explotara por dentro», añade. Esta frase es clave en las versiones que apuntan a la utilización de un arma sónica o de energía dirigida. El uso de expresiones como «onda sonora» ha sido interpretado por algunos como indicativo de un arma acústica, aunque el propio testigo reconoce su incapacidad para identificar lo que ocurrió.
Las palabras que recogen diversos medios conducen a asegurar que, de ser cierto, dirigen al uso de armas novedosas en este tipo de operaciones. «Todos empezamos a sangrar por la nariz. Algunos estaban vomitando sangre. Caímos al suelo, incapaces de movernos. Ni siquiera pudimos ponernos de pie después de esa arma sónica —o lo que fuera», repitió el guardia.
Este relato se ha hecho viral sin que haya herramientas que permitan verificarlo de forma independiente, pero su contenido ha alimentado el debate sobre las capacidades tecnológicas de las fuerzas estadounidenses durante la incursión. No existe confirmación oficial de tal uso, y la única mención pública proviene de una portavoz de la Casa Blanca, Caroline Lewitt, a través de la red social X. Esto no garantiza la veracidad de la información, pero sí el interés que el Gobierno americano tiene en promover estas circunstancias.
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