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La estrategia de Delcy no es ingenua, ni improvisada, ni tampoco estúpida: es cínica, lúcida y despiadadamente pragmática. Su plan se desarrolla en tres tiempos, como una sinfonía compuesta para un auditorio a la vez extenuado y ávido de milagros.
El primer movimiento es el más grosero y, por eso, quizás el más efectivo: ganar tiempo. Aguantar. Sostener el peso del desastre cotidiano el tiempo suficiente para que las medidas de estabilización, esas que duelen como un puñetazo en el estómago a los de abajo, empiecen a gotear algún beneficio tangible. Ella lo sabe: no ha cavado el pozo, pero se colocará junto al grifo cuando brote el agua. Será ella, con su sonrisa inescrutable y sus modos de funcionaria eficiente, quien reparta los vasos y llene las cubetas. La gente recordará quién les dio de beber, no quién tuvo la idea de excavar en el desierto.
El segundo movimiento es de una astucia perversa. Se trata de construir un arca opositora, sí, pero un Arca de Noé con una candidatura opositora moderada, donde no solo entren las palomas con la rama de olivo. Donde quepan, apretujados, los alacranes del antiguo régimen, los chacales del negociado, los buitres de la economía y, en un rincón, discretos y algo aturdidos, algunos demócratas auténticos, aquellos que aún creen en la pureza de los principios. Una coalición monstruosa y contradictoria, unida solo por el pánico a hundirse en el neoliberalismo extremista. Su objetivo no es la pureza ideológica, sino la supervivencia. Y para sobrevivir, necesita desarticular la oposición, convertirla en un apéndice domesticado de su propio proyecto. Ofrece un salvavidas con agujeros, sabiendo que los más desesperados saltarán a él.
El tercer movimiento está dirigido a una sola butaca en el teatro del mundo: la del Imperio. No al pueblo, no a las bases encendidas, sino a las oficinas climatizadas donde se evalúan riesgos y se firman acuerdos. Se trata de proyectar una imagen de gestora fiable, de mal menor inevitable, de dique de contención contra el caos absoluto. Quiere que Washington, Bruselas, las élites económicas locales, suspiren aliviados al verla en la pantalla. “Con ella al menos se puede hablar”, “ella entiende de mercados”, “es la única que puede pilotar este avión descompuesto”. Su capital no es el carisma, sino una fría predictibilidad que vende como “estabilidad”.
¿Puede este cálculo frío ganar una elección presidencial limpia? Probablemente no. Pero esa no es su ambición última. Su juego es más largo, más tortuoso. Se trata de usar este periodo de agonía controlada para reagrupar a las fuerzas del chavismo-madurismo, para blanquearlas bajo el manto de la gestión técnica y la coalición amplia. De salir de esta no como la salvadora de la patria, sino como la jefa indiscutible de la principal fuerza política, ya no la oposición, sino la alternativa real dentro del sistema que ella misma ayuda a reformar sin destruir. Su victoria no se medirá en votos, sino en la persistencia. En quedar, siempre quedar, como la última pieza firme en el tablero cuando todo lo demás se ha derrumbado. Es la heredera que aprende del legado de su padre: no se aferra al poder por amor al poder, sino porque es lo único que existe. Todo lo demás es literatura.
Por supuesto, en carnaval siempre aparece la comparsa. La masa bulliciosa y pintarrajeada que lo invade todo, el ruido que ahoga el sentido, la coreografía perfecta del disparate. Siempre con el sombrero boca arriba para ver qué cae.
