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Existen lugares donde solo hechos únicos, fuera de serie, tienen posibilidad de ocurrir. En este país, desde hace tiempo, se viene analizando un problema gigantesco bajo un enfoque que no es de «caso único», sino de un escenario que reta la imaginación. La contradicción de términos valora los hechos prácticos y la eficacia de la realidad sobre verdades absolutas desconectadas de la experiencia. A su vez, su combinación nos desafía a generar ideas complejas.
Para hablar de abstracción debemos recordar la libertad y la democracia: la primera como capacidad de acción y la segunda como el mecanismo de una sociedad para mejorar y autorregularse. Pero, ¿qué riesgo existe al no convertirlas en un hecho práctico y en ley? El riesgo es la pérdida de oportunidades y de vidas cada día.
Entonces, ¿en qué punto se encuentra hoy el país? En medio de la búsqueda de un debate profundo, la evidencia se hace clara: existe un imaginario de libertades atado a un componente esencial: el bienestar. Sin embargo, persisten debilidades serias en una sociedad deshilachada y amenazada, desde la claridad y las sombras.
¿Qué debería llegar? Con base en sobradas experiencias, la reconstrucción institucional es el pragmatismo necesario que debe preceder al aspecto económico. Venimos de un amargo pasado, reciente y latente, donde fortunas nacionales han sido acaparadas, despilfarradas o brutalmente robadas, sin que medie una ciudadanía capaz de regular y sancionar.
En el plano de acciones y postulados, la oportunidad de la libertad es válida frente a la resistencia de la ignominia. Sí, todo se basa en resultados. El lenguaje, por ejemplo, es pragmático cuando se habla de la «verdad de lo útil». La confianza es el elemento más abstracto, mientras que las finanzas suelen regirse por lemas pragmáticos, aunque a veces se sustentan en la emoción y no en la lógica. En contraste, una sociedad que pierde su propia idea de vida es maleable.
Porque mientras el pragmatismo de los cuantiosos desembolsos se concreta, la abstracción de las instituciones educativas, un sistema de salud con cobertura universal o tribunales independientes y pulcros, aún aguardan. Por esa razón, la dirección política debe corregir el rumbo, transformando la abstracción de sus ideales en la práctica de la supervivencia y del cambio.
El idealismo es una vitamina. Cada uno de los ciudadanos debe incorporarse en un trabajo cuerpo a cuerpo para regenerar este país y reconstruir sus instituciones. A modo de reconocimiento, existen discrepancias sobre las opciones pactadas, sean convenientes o no; pero es allí donde la abstracción de nuestras ideas debe demostrar su temple.
Es la confianza (esa construcción invisible y puramente abstracta) la que determina si un país es reconocido o simplemente ignorado en la sociedad de las naciones. Cuando las ideas de justicia y libertad dejan de ser una ilusión para convertirse en el soporte de las instituciones, la confianza transforma la emoción en el gran promotor de las mejoras económicas.
Un país es respetado cuando su palabra es ley y su ley es su palabra. No habrá bienestar pragmático sin la solidez de esos ideales que hoy nos parecen abstractos, pero que son el único cimiento capaz de sostener una estructura de vida digna.
El gran desafío no es solo sobrevivir a la realidad, sino lograr que nuestra propia idea de nación sea tan coherente y robusta que el mundo no tenga más opción que volver a confiar en nosotros.
Por: ABRAHAM SEQUEDA @abrahamsequeda
