En el gran teatro de las realpolitik, los gestos de los poderosos rara vez son lo que parecen. Cuando Donald Trump, ejerciendo una suerte de majestad olímpica, dejó caer por primera vez la observación de que María Corina Machado “debería participar” en el gobierno de Venezuela, no emitía una directriz, sino que formulaba una cortesía vacía. El desdén apenas disimulado confería al enunciado un carácter casi ornamental. Y en política, lo ornamental suele ser la coartada de lo inamovible.
Su posterior descripción de ella como una persona “maravillosa”, teñida de una sorna que oscilaba entre la condescendencia y el sarcasmo, completaba el cuadro. Tal como lo ha hecho con Delcy. Se trataba del reconocimiento formal, casi protocolario, que se otorga a un adversario cuando ya se le ha negado lo sustancial. En el lenguaje cifrado de la diplomacia de fuerza, esas palabras no anunciaban un cambio de rumbo, sino que consolidaban el ya trazado: la continuidad del régimen a través de figuras afines, como Delcy Rodríguez, ofrecía la estabilidad que él entendía –y entiende– como mera ausencia de conflicto abierto.
Esta estabilidad, sin embargo, es de una naturaleza particular. No es la paz que nace del consenso o de la justicia, sino la quietud que impone el miedo. Un aparato represivo que libera a unos pocos presos, de manera calculada y publicitada, mientras mantiene intacta su estructura y su capacidad de disuasión, no se ha reformado; se ha modernizado. Su propósito no es la transición, sino la gestión del control. Es el antiguo mecanismo del pan y circo actualizado: una apertura económica controlada –el pan– para distraer de la perpetuación del poder –los circenses del miedo–. En este esquema, Trump no aparece como un mero observador externo, sino como el administrador de facto de un recurso estratégico. Su posición de intermediario entre las petroleras globales y las vastas reservas venezolanas es el verdadero núcleo de su “Plan para Venezuela”. Todo lo demás es escenografía.
La mención a Machado, en este contexto, adquiere el carácter de una ocurrencia tardía. Revela, sobre todo, la confusión sustancial con los actores políticos venezolanos en un diseño concebido desde fuera. Los hermanos Rodríguez ya habían recibido el placet. A todas luces temporal, condicionado. La sugerencia de una coalición con la oposición no era una estrategia, sino una nota al margen, una concesión retórica a la gramática democrática.
Aquí la historia individual de Machado resulta ilustrativa. Su trayectoria es la de una figura construida a contracorriente del pactismo. En un sistema donde la oposición, por pura supervivencia, había tejido una red compleja y a menudo sórdida de canales con el poder, ella se mantuvo al margén. No fue una legisladora que gobernara, ni una negociadora que transara. Su intransigencia, durante años, la relegó al margen porque la política es, con demasiada frecuencia, el arte de lo posible, no de lo puro. Sin embargo, en 2023, esa misma intransigencia se convirtió en el símbolo de un pueblo hastiado de transacciones. Su victoria electoral en 2024 no fue un triunfo político convencional; fue un plebiscito contra el régimen.
Precisamente por eso, para los arquitectos de la “estabilidad”, ella era y es un elemento incómodo. No posee los teléfonos de Miraflores, no maneja los códigos del viejo diálogo. Su legitimidad no emana de acuerdos en salones privados, sino de las urnas. Y un poder que se ejerce desde la legitimidad popular es impredecible para quienes buscan administrar un país como un activo. Marco Rubio lo entendió así. Trump, desde el 3 de enero, cuando cuestionó su respeto entre el pueblo, lo había dejado claro. Ahora, sugerir su “participación” es la forma elegante de condenarla a la irrelevancia en el nuevo reparto.
La lección que emerge de este entramado es una que la historia repite con obstinación: la estabilidad basada en el miedo y la conveniencia económica es una tregua, no una paz. Es un paréntesis que congela los conflictos sin resolverlos. Las instituciones –un TSJ amenazante, un Ministerio Público politizado, un CNE desacreditado– siguen siendo los pilares de un edificio podrido. La democracia no puede nacer de su permiso, sino de su sustitución.
Exigir elecciones en un plazo perentorio no es, por tanto, un capricho, sino la única medicina posible. Es el momento en que una sociedad debe decidir si prefiere la quietud de la estabilidad impuesta o los riesgos –y las esperanzas– de la soberanía recuperada. Todo lo que no sea eso es, efectivamente, ficción: una ficción muy peligrosa, porque confunde el silencio con la calma y la resignación con la paz. El miedo, al final, es un mal consejero para los pueblos, pero un excelente aliado para los poderosos de dentro y de fuera.
