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En el portal neorrománico de la Catedral de San Mateo el Apóstol, en Washington, D. C., un mural monumental reúne santos, beatos, clérigos, civiles y al Libertador Simón Bolívar. Bajo ese mismo umbral fue velado John F. Kennedy en 1963 y, en 2026, ingresó en brazos de sus fieles la imagen de la Divina Pastora. Tres tiempos, tres símbolos y una misma catedral donde fe, poder, memoria y América dialogan en piedra, mosaico y devoción
Hay portales que no solo separan el afuera del adentro, sino que dividen épocas. El de la Catedral de San Mateo el Apóstol, en pleno corazón de Washington, D. C., es uno de ellos. Sobre sus puertas principales se extiende un gran mural en forma de luneta —de aproximadamente 12 metros de ancho por 4 metros de alto— que corona la fachada como una franja de historia suspendida. No es un simple adorno: es una declaración visual de identidad continental.
La catedral, diseñada por Heins & LaFarge e inaugurada en 1913, responde al lenguaje neorrománico, sobrio y monumental. Sus muros exteriores, de piedra clara, sostienen una decoración que mezcla mosaicos, vitrales y frescos de distintas épocas. En ese contexto, el mural del portal funciona como una puerta simbólica: quien entra al templo atraviesa antes un corredor de memorias.
La luneta está organizada figurativamente de derecha a izquierda y reúne a santos, beatos, líderes eclesiales, militares y civiles que marcaron la vida católica, social y cultural de América. No hay jerarquía litúrgica estricta. Hay, más bien, una narrativa: la de un continente moldeado por la fe, la ley, la espada, la caridad y la palabra.
Un panteón americano en mosaico
Allí están Frances Mary Saul y B. Francis Saul, benefactores de obras religiosas en la capital estadounidense, junto a Sor Benedicta Fenwick, pionera de la educación católica femenina. Aparecen Santa Philippine Duchesne, misionera entre pueblos indígenas, y Santa Rosa de Lima, primera santa del continente, compartiendo espacio con la beata Kateri Tekakwitha, símbolo de la espiritualidad indígena cristianizada, y con San Isaac Jogues, mártir de las misiones norteamericanas.
Más allá se reconocen figuras eclesiales decisivas para la historia católica de Estados Unidos: el arzobispo Michael Curley; William Matthews, fundador de parroquias en Washington; el cardenal James Gibbons, líder de proyección nacional; monseñor Thomas Lee; el arzobispo John Carroll, primer obispo católico del país; y el obispo John Neumann, impulsor del sistema educativo católico. Junto a ellos, Santa Elizabeth Ann Seton, fundadora de las primeras escuelas parroquiales; y Santa Katharine Drexel, filántropa que consagró su fortuna a la educación de minorías.
Pero el mural no se limita al clero. También están el juez presidente Edward Douglass White; el general Charles Ewing, militar y abogado; Dame Margaret Brent, pionera legal de la América colonial; y Mother Angelica Holton, promotora de comunidades católicas. Es una galería donde la sotana convive con la toga, la espada y el hábito, como si el artista hubiera querido decir que la historia americana no se construyó solo desde los altares.
Y en medio de ese coro de santos, beatos, juristas y prelados, aparece el Libertador Simón Bolívar.
Bolívar bajo las bóvedas del catolicismo americano
Simón Bolívar (1783–1830) no fue santo. No fue clérigo. No fue mártir cristiano. Fue un militar de carrera, forjado en campañas interminables, estratega continental, jefe político y comandante supremo de ejércitos que cambiaron el mapa de América. Y, sin embargo, ahí está: inscrito en la piedra de una catedral católica de los Estados Unidos.
Su presencia no es devocional, es simbólica. Bolívar representa la dimensión moral del liderazgo, la lucha por la emancipación de pueblos profundamente marcados por la herencia católica, y la idea de una América unida más allá de fronteras. No entra como figura religiosa, sino como arquetipo histórico del poder emancipador: el hombre que convirtió la espada en instrumento de un proyecto político continental.
Que su imagen custodie la entrada de un templo neorrománico en Washington dice más de la visión panamericana del mural que de cualquier intento de canonización laica. Bolívar no pertenece al altar, pero tampoco queda fuera del templo de la historia. Está justo donde termina la calle y comienza el silencio.
Kennedy, Bolívar y el eco de la Alianza para el Progreso
La historia de este templo no se detiene en su iconografía. El 25 de noviembre de 1963, la Catedral de San Mateo el Apóstol se convirtió en el escenario del funeral de Estado de John F. Kennedy. El féretro del presidente más joven de Estados Unidos cruzó ese mismo umbral coronado por Bolívar. En los bancos se sentaron reyes, primeros ministros, líderes de potencias y de países en desarrollo. El mundo, en silencio, despidió a un mandatario que había hecho de América Latina una prioridad estratégica.
Kennedy no fue ajeno al mito bolivariano. En diciembre de 1961, visitó Venezuela en el marco de la Alianza para el Progreso, su gran proyecto hemisférico de cooperación económica, social y política. Allí depositó una ofrenda floral en el Panteón Nacional y habló explícitamente del ideal de unidad continental. Vio en Bolívar no solo un héroe del siglo XIX, sino un precedente moral de su propia visión: una América menos desigual, menos tutelada y más solidaria.
Ambos compartieron una narrativa inconclusa. Bolívar murió derrotado políticamente, con la Gran Colombia hecha añicos. Kennedy murió asesinado, con su agenda reformista truncada. Ambos quedaron congelados en la historia como promesas interrumpidas. Que sus trayectorias simbólicas se crucen en esta catedral no es un accidente: es una metáfora arquitectónica de la fragilidad de los proyectos continentales.
La Divina Pastora entra en la historia de Washington
El 14 de enero de 2026, un nuevo capítulo se escribió bajo esa luneta centenaria. La imagen de la Virgen María en su advocación de Divina Pastora —una devoción nacida en Barquisimeto en 1856, cuando el padre Macario Yépez imploró su intercesión para que cesara la epidemia de cólera y pidió ser él el último en morir por esa enfermedad— fue llevada en brazos por sus fieles al interior de la catedral.
En el templo fue consagrada y quedó destinada a la veneración pública, convirtiéndose en la primera imagen mariana de esta advocación que permanece de forma estable en este emblemático recinto. Su arribo cerró un ciclo iniciado siete años antes, cuando la comunidad venezolana de Washington celebraba misas de la Divina Pastora con una pequeña imagen perteneciente a la familia García Cordero, prestada generosamente para cada conmemoración.
La nueva imagen —de mayor tamaño y factura artística— llegó desde Venezuela el 2 de enero de 2026, luego de meses de trabajo. Para concretarla, miembros de la Sociedad Divina Pastora DMV USA viajaron a Sevilla (España), San Salvador (El Salvador) y Venezuela, en un periplo devocional que terminó por injertar una tradición larense en el corazón espiritual de Estados Unidos.
Un umbral para la memoria de América
Bolívar no está dentro del templo ni fuera de él. Está en el umbral. Y esa ubicación, más que un detalle artístico, parece una metáfora involuntaria pero precisa. El Libertador permanece en el punto de tránsito entre lo sagrado y lo civil, entre la herencia religiosa y la modernidad política, entre la América que nació bajo la cruz y la que se proclamó libre bajo nuevas banderas.
Que su imagen reciba, desde lo alto del portal, a quienes ingresan a la catedral donde fue despedido John F. Kennedy —otro líder marcado por la fe en un contexto político— y donde hoy se venera la Divina Pastora, no es una coincidencia menor. Es una señal de cómo la historia americana se narra también en los muros, en los silencios y en los espacios donde religión y poder se han observado mutuamente durante siglos.
Así, Simón Bolívar sigue allí, sin proclamas ni discursos, custodiando un umbral. No como santo ni como mártir, sino como testigo permanente de una verdad incómoda y persistente: en América, la historia nunca ha podido separarse del todo de la fe, ni la fe de la historia.
Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
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@LuisPerozoPadua




