Maxim Ross: Riesgos económicos y políticos de la Venezuela petrolera - LaPatilla.com

Maxim Ross: Riesgos económicos y políticos de la Venezuela petrolera

Por el camino que vamos, y por las noticias que se originan adentro y afuera, todo parece indicar que el quid pro quo de una modificación en el sistema de sanciones será económico y no político, en especial por la insistente defensa de las inmensas ventajas que le reportaría a Venezuela una inyección de capitales extranjeros en la industria petrolera. Sin lugar a dudas, obtener millares de millones de dólares para rehacer la tragedia de PDVSA y elevar la producción del crudo y el valor de las exportaciones, tienen una repercusión indudable en la depauperada economía y la sociedad venezolana. 

Los beneficios.

En ese sentido, hay personas que están defendiendo los beneficios de una nueva apertura petrolera, pero focalizándose en  “una sola cara de la moneda” y no en la otra. Desde luego el PIB global aumentará y el per cápita también. Al gobierno le ingresará más dinero y PDVSA, quizás, vuelva a convertirse en el emporio que fue. Algunos grandes capitales criollos se beneficiarán por una menor o mayor apertura a participar, dependiendo de que se modifique o no la legislación vigente. 





Sin embargo, un esquema de esas características, la alianza entre capital petrolero internacional y el Estado venezolano, que en buena medida repite nuestra historia pasada, nuestra Venezuela Petrolera, tiene estas ventajas, pero tiene riesgos importantes que deben ser considerados, cuando el petróleo se vuelva a convertir en el único sostén de toda la economía como fue hasta ahora.

El petróleo como único sostén.

Estaría demás argumentar sobre este punto, porque todos sabemos la importancia y el peso que ha tenido en Venezuela, en especial como nuestro único proveedor de divisas, cual es su rasgo particular y el más relevante a los fines de estas notas. Sirvió, prácticamente solo, de soporte de nuestro país en los años que van de los 30s hasta los 50s, poniéndolo a crecer a tasas insospechadas. Luego, las reformas iniciadas en los 60s cambiaron en algo esa dependencia, en tanto que se creó una primera base industrial que, si bien tuvo un peso mayor en la estructura económica,  no logró  el impulso necesario para sustituirlo como el gran proveedor de divisas. A final de cuentas, las exportaciones y los ingresos petroleros siempre representaron un porcentaje elevado del total, el cual podría colocarse en un promedio del orden del 90% en todos los años. El aumento de los precios internacionales a mediados de los 70s reprodujo la Venezuela enteramente petrolera y el país se acostumbró a vivir con ingresos crecientes y extraordinarios, hasta que estalla la crisis de los años 80s, con las consabidas repercusiones económicas y políticas que tuvo.

 No aprendimos la lección y lo volvimos a colocar en el centro de nuestro universo y nunca pudimos sustituirlo por otra fuente de riqueza similar, especialmente porque cuanta crisis aparecía y exigía un cambio fundamental en la estructura económica, “apertura tras  apertura” resolvían la coyuntura. Tiempo después, tampoco aprendimos la lección cuando el gobierno que se inicia en 1999 lo hizo el vértice del bienestar, para luego culminar en los aprietos que vivimos hoy. 

Pareciera entonces, obvio y evidente que la economía del petróleo como único sostén tiene un patrón de conducta que debemos examinar y no repetir. Su típica característica de hacernos mono-productores y mono-exportadores nos hace excesivamente dependientes del “oro negro” y de los riesgos que su explotación implica. ¿Será necesario repasar la película de la Venezuela petrolera de todos estos años para no darnos cuenta de los riesgos que contiene si volvemos a repetirla?  

RIESGOS ECONÓMICOS.

La volatilidad de los precios.

El primer riesgo que enfrentamos deriva de la característica volatilidad de los precios internacionales, cuando esta se manifiesta en forma incontrolada, como ha sido en la mayoría de los casos y a pesar de los esfuerzos de control y estabilidad iniciados en el seno de la OPEP. Para fines estrictamente ilustrativos presentamos las gráficas siguientes, las  que se explican por si solas y muestran ese fenómeno en el largo plazo.

Como puede observarse, tanto el precio de referencia europeo (Brent) como el norteamericano (WTI) revelan una clarísima evidencia de volatilidad la cual, como es bien conocido, no solo deriva de alteraciones en el mercado, sino que proviene de cambios en la coyuntura política, tal como ha sido en varias oportunidades y resulta en la actualidad.   

 

Los riesgos cambiarios.

El segundo tipo de riesgo se presenta en ámbito de balanza de pagos internacional, esto es en el precio de la divisa y de dos maneras distintas. En primer lugar, está el hecho de que, cuando la oferta de divisas se reduce, la respuesta de tendencia es a devaluar la moneda local, esto es el bolívar, lo cual ya es suficiente razón para evitarlo por sus nocivos efectos. Devaluar la moneda, como la palabra misma lo indica, expresa una debilidad intrínseca de la economía y, por consiguiente, una pérdida de ingreso real y de bienestar.

En segundo lugar, a ello se suma que, en las épocas de auge y de aumento de la oferta de divisas la tasa de cambio tiende a fortalecerse y reduce las posibilidades competitivas de otras actividades, por lo que se incurre en el particular dilema de devaluar en favor de aquellas para fomentarlas, pero reduciendo, por consecuencia, el ingreso real y el poder de compra de la población. Obviamente, ello implica un efecto empobrecedor generalizado. La raíz de ambos problemas estriba en permitir y promover que se mantenga una única fuente proveedora de divisas, tan inestable e incierta como la petrolera.

El riesgo fiscal.

Si acaso no convence el argumento anterior, no olvidemos que, si el petróleo es la principal fuente de ingresos del Estado, y estos se reducen, la devaluación termina siendo el factor clave de equilibrio fiscal  y cuanto déficit se presenta la manera más sencilla de solventarlo es depreciar el bolívar. Luego, cuando los  ingresos aumentan la tendencia al gasto es creciente, se afianzan compromisos gubernamentales, el gasto público se hace inflexible y la lógica salida es, otra vez, la devaluación.  

Por otra parte, es de hacer notar, que los administradores del Estado se han acostumbrado a estas medidas sin control alguno. La experiencia nos dice que ese camino es contraproducente y que termina en graves crisis fiscales que culminan en serios problemas sociales, como los que se viven hoy día. Un Estado, cuya fuente casi única de ingresos es petrolera, no es capaz de mantener el ritmo de gasto de la sociedad y esta termina cargando con los costos de una política de esa naturaleza.

El riesgo social.

La primera manifestación de este riesgo es la que hemos comentado, ya que toda devaluación afecta el ingreso real de la población, aunque este podría corregirse si otros factores de riqueza lo compensaran, pero no ha sido así en nuestro caso. La segunda consiste en que la relación entre la tasa de cambio y la inflación es extremadamente inflexible y que devaluar la empuja al alza y otra vez tenemos un efecto de deterioro del ingreso real, especialmente en los sectores más vulnerables. Estaría demás insistir en la gravedad de un impacto como este en la situación social, el que termina en sus efectos estructurales  en el más largo plazo con los elevados índices de pobreza que registra nuestro país. Niveles  impensables en contraste con la magnitud de los ingresos petroleros percibidos.

Si después de 100 años de explotación petrolera exhibimos una población del orden de 15 millones o más personas en esas condiciones y viviendo precariamente alrededor de nuestras principales ciudades.  ¿No será esta suficiente razón para evitar una política del petróleo como único sostén? Bien sabemos que el petróleo genera bienestar, pero también que produce miseria, ¿Por qué?

El riesgo del Estado propietario.

Porque para mantener ese Estado es necesario exprimir al resto de la sociedad sea, como hemos indicado, devaluando para mantener el Fisco a expensas de ella o, si esta medida no fuese suficiente, elevando los impuestos internos o finalmente apelando al endeudamiento, cuyas consecuencias son de todos conocidas. Por tanto, si algo hay que revisar es el formato del Estado como único administrador y dueño del recurso petrolero, a juzgar por los trágicos resultados, económicos, sociales, políticos e institucionales en que estamos envueltos. 

La economía en ruinas, la petrolera igualmente. Instituciones desarmadas y desequilibradamente compuestas. La Pobreza como gran resultado. Un Estado que no puede cumplir con sus compromisos básicos. Un Poder Ejecutivo excesivamente poderoso e influyente. Son estos los riesgos de haberle delegado todo al Estado propietario. Si vamos en dirección de mantener ese “status quo” bien vale la pena reconsiderar cambios en esa modalidad de gestión del país. LOS RIESGOS POLÍTICOS.

Probablemente bastaría con considerar los riesgos económicos para revisar la política del petróleo como único sostén, pero resulta que también hay riesgos en otros ámbitos que podemos atribuirle. 

 Petróleo y partidos políticos.

En primer lugar, del formato de propiedad del petróleo se desarrolla una conexión ampliamente conveniente al liderazgo político, tal que le permite manejar el país sin tener que depender de los ingresos de los venezolanos, de la economía interna, de la opinión pública y del resto de la sociedad civil, como ha sido hasta hoy. La frase “Partidocracia y Petróleo” revela esta conducta y se suma a una ecuación que se agrava exponencialmente si, gracias a ese formato de apropiación, se crean las condiciones para que se imponga y consolide un partido único en el poder.

Pérdida del poder político.

El segundo de los riesgos políticos consiste en que, cualquier intento de salir de ese esquema de excesiva dependencia del petróleo, choca con demasiados obstáculos e intereses porque, acostumbrados a vivir de él, tanto los partidos políticos como toda la sociedad civil, los cambios requieren de un altísimo nivel de consenso político difícilmente de construir, porque precisamente el ingreso petrolero socava las bases instituciones de mediación política. Cuando ese consenso no existe, no se logra o no se promueve, el  poder político se debilita, como bien registra nuestra historia. 

El riesgo de deterioro democrático.

Defender que nuestra democracia perdió eficacia gubernativa y representativa no es una novedad para los venezolanos y varios estudios así lo comprueban, pero atribuir este riesgo al tema petróleo quizás sea algo menos explícito y discutido porque, en general lo explicamos como un cambio que se genera en el estricto campo político. Diferencias entre los partidos democráticos, pérdida del consenso que se originó con el Pacto de Punto Fijo, deficiencias del sistema electoral, pérdida de confianza de los venezolanos en los partidos, etc., etc. hasta todas ellas intentan explicar el fenómeno.

No obstante, en nuestra opinión el hecho del dominio del petróleo como único sostén del país, tiene que ver con ese deterioro porque, como bien lo demuestra la experiencia, cada crisis de pérdida de ingresos provocaba una alteración del orden social, de tal magnitud y profundidad que terminaba causando daños al orden democrático. Una consistente y reiterativa política de devaluación de la moneda, para sobrevivir en los peores momentos de crisis, generó el principal detonante de empobrecimiento generalizado de la población. Como esta causalidad no es tan explícita para la sociedad, esta termina atribuyéndola  a una democracia que no responde a sus necesidades y expectativas. Obviamente, en los peores momentos pierde toda la confianza en ella.

El riesgo geopolítico internacional.   

Pero, de todos los riesgos políticos el más significativo de ellos es que el petróleo, como nuestro único sostén, conduce a una extrema dependencia de la coyuntura económica internacional lo cual ya sería bastante decir, pero lo peor es que coloca al país demasiado vinculado a los juegos de la geopolítica internacional y termina girando alrededor de los intereses de los grandes poderes mundiales, llámense americanos, rusos o chinos o cualesquiera. Venezuela, gracias a ello, ha estado excesivamente condicionada a esos poderes. Tanto es así que ahora, de lo único que se habla,  es si se mantienen o se eliminan las conocidas sanciones, pendiendo del “hilo” de específicos intereses internacionales. Por supuesto, no estamos pensando en una Venezuela autárquica en estos tiempos, pero sí en una que pueda gozar de una mayor autonomía frente a ellos. 

ALGUNAS CONCLUSIONES

Narrados estos hechos, nos permitimos llegar a algunas conclusiones. La primera: siendo que el petróleo va a seguir allí por largo tiempo y que los pronósticos de su peso en el consumo mundial así lo indican, tenemos que evitar esa condición de “único sostén” a que hemos aludido y desarrollar una economía elevadamente diversificada en la producción de divisas, la cual, específicamente, aumentaría el grado de autonomía económico y político de la Venezuela contemporánea. 

La segunda: no se puede continuar con el guion de una economía petrolera y otra no petrolera, pues la primera tiene que integrarse y fortalece a la segunda, de manera tal de reducir al máximo los riesgos descritos. La tercera: como debe parecer obvio, es que se debe modificar la estructura del Estado Propietario y hacer a los venezolanos realmente dueños de su principal industria. Quizás así, se pueda dirigir al petróleo en dirección del interés de toda la sociedad y no solo de algunos. En tal sentido, ofrecemos unas reflexiones sobre un enfoque y una propuesta distinta de explotación de ese producto.