Crónicas de una República (I). El experimento, por Abraham Sequeda - LaPatilla.com

Crónicas de una República (I). El experimento, por Abraham Sequeda

La cautela, en estos tiempos, es una cualidad valiosa, pero no debe ser una limitante para la acción; todo lo contrario: la reconstrucción nacional parte, necesariamente, desde las profundidades de los hechos que nos condujeron hasta aquí. Solo así será posible discernir si fueron las individualidades, las instituciones o los modelos de comportamiento los que fracasaron o prevalecieron.

Este análisis propone observar, como quien mira a través de una vitrina, los acontecimientos recientes, las situaciones que los precedieron y el torbellino de opiniones, intereses y ambiciones que los rodean. Lo que hoy vivimos es el producto de un largo experimento; un ensayo iniciado desde los albores de nuestra independencia. Por ello, esta crónica se aleja del rigor académico de la historia formal para adoptar la mirada de un participante “casual”. Desde esta perspectiva anecdótica, se hace más clara la relación cíclica entre ensayos y resultados, variables y condiciones, que han definido nuestra trayectoria como país.





La transición desde la Capitanía General de Venezuela no fue una entrega de llaves, sino una ruptura estrepitosa. El intento de sustituir la rigidez del orden colonial por una libertad que el país aún no sabía administrar, derivó en caminos de pólvora y caballos, donde la República terminó asfixiada por la ambición de los caudillos. En este laboratorio de poder, la legitimidad no residía en las leyes, sino en el carisma y el fusil. Fue aquí donde se gestó un modelo de comportamiento que nos acompaña hasta hoy: la búsqueda del «hombre fuerte» como única solución al caos que la propia sociedad alimenta.

Al avanzar en la cronología, el experimento toma un giro inesperado. El petróleo irrumpe como riqueza y elemento que altera la configuración demográfica del país. La dictadura gomecista aprovechó este flujo para sepultar los últimos restos del caudillismo local y erigir, sobre un suelo de asfalto y cemento, las bases de un Estado moderno. El país rural, palúdico y disperso, se asomó a la vitrina de la modernidad con una mezcla de asombro y sumisión. Las instituciones nacieron bajo la sombra del cuartel y el pozo petrolero, estableciendo una condición que resultaría crónica: la idea de que el progreso es una donación del subsuelo y no el fruto de un esfuerzo institucional sólido.

Durante décadas, Venezuela ensayó una democracia financiada por la bonanza, donde las libertades civiles y la prosperidad económica parecían haber resuelto la ecuación del destino nacional. Sin embargo, bajo la superficie, un «Estado donador» se hizo absoluto. Un optimismo desbordado ignoró que las instituciones se estaban convirtiendo en cáscaras vacías, sostenidas únicamente por el precio de un barril. La democracia no fue una construcción profunda de la ciudadanía, sino un contrato de consumo que empezó a resquebrajarse en cuanto la riqueza dejó de fluir con generosidad.

Finalmente, el experimento regresa a su punto de origen con una ironía trágica. El cansancio institucional y el agotamiento de las ambiciones previas abrieron paso al totalitarismo y al control social absoluto. Al observar los acontecimientos recientes, se evidencia que la redistribución de riquezas se transformó en un mecanismo de sometimiento, y el Estado controlador en el único actor de la escena.

Comenzamos a cerrar un círculo de ensayos y resultados donde la pobreza y la falta de libertad han sido las variables constantes. La vitrina hoy muestra un paisaje de instituciones subvertidas, recordándonos que la reconstrucción será posible en la medida que entendamos que el experimento, tal como lo conocimos, ha fallado.

Por: ABRAHAM SEQUEDA      @abrahamsequeda