
José Rodas aún conserva con orgullo un Dodge Dart edición especial que compró durante el auge petrolero de Venezuela en la década de 1970. El auto estadounidense reposa hoy en su porche como un símbolo de lo que fue el país durante el siglo pasado.
Por BBC
Rodas, un trabajador petrolero jubilado de 93 años, vive en los viejos campos petroleros de la costa oriental del Lago de Maracaibo, en el estado Zulia, la cuna de una industria petrolera que dio riqueza a Venezuela, es reflejo de la crisis actual del país y motivo de esperanza futura por las promesas de reinversión de Donald Trump tras la captura de Nicolás Maduro y el cambio que parece vivir el país.
«Las cosas se han vuelto más difíciles», dice Rodas, que pone palabras al contraste que se adivina al ver su Dodge y el pueblo en el que vive.
En estos campos petroleros que hospedaron a trabajadores estadounidenses a mediados del siglo pasado, algunas casas son grandes, con amplios jardines; otras, más pequeñas y modestas. Todas siguen un patrón urbanístico marcadamente estadounidense.
«Si los terrenos eran irregulares, hacían pilotes de madera o concreto para construir plataformas y sobre ellas construían las viviendas», le dice a BBC Mundo Reyber Parra, profesor de Historia de Venezuela en la Universidad del Zulia, para reflejar la audaz construcción.
Son barrios que bien podrían estar en Texas, pero que hoy parecen una versión distópica, una Texas golpeada por varias depresiones económicas de las que nunca se ha recuperado.
La historia de Maracaibo, el corazón petrolero de Venezuela, está ligada a las compañías estadounidenses del sector desde 1914, cuando se descubrió el primer yacimiento comercial en la zona.
A partir de 1920, con la llegada de multinacionales estadounidenses, el petróleo comenzó a transformar la región.
Gigantes como Standard Oil de Nueva Jersey (que luego se convirtió en Exxon), Chevron y Shell construyeron para sus trabajadores campos petroleros residenciales inspirados en el modelo de ciudad jardín estadounidense.
«El desarrollo de la industria petrolera impactó positivamente en las condiciones de vida de nuestra población y eso se tradujo en más posibilidades de empleo y actividad comercial […] y en mejoras en la salud y la educación», dice el profesor Parra.
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