
Es cierto que en la Venezuela del llamado período chavo-madurista, que concluyó el 3 de enero de 2026, se cometieron numerosos crímenes de lesa humanidad, así como una feroz corrupción y persecución contra la disidencia que trajo como consecuencia el éxodo o diáspora de cerca de 10 millones de venezolanos. Semejante desplazamiento de seres humanos fuera del país no ocurría desde los tiempos de las guerras de secesión, a mediados del siglo XIX.
Los años que marcan el comienzo de la denominada Emergencia Humanitaria Compleja, de 2014 a 2019, dejaron marcas indelebles en gran parte de la población. Organizaciones internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, UNICEF y agencias nacionales de investigación, como Cáritas y la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, que agrupa a especialistas de las universidades Andrés Bello, Simón Bolívar y Central de Venezuela, alertaron sobre el drama del hambre en Venezuela. La pobreza alcanzó, según datos de la encuesta ENCOVI-2017, más del 90% y la pobreza extrema cerca del 60%. La disminución de la masa muscular de la población alcanzó los 11 kilogramos, la desnutrición infantil aguda superó el umbral de la Organización Mundial de la Salud, 10%, ubicándose en 11,4% (Cáritas y ENCOVI). Consecuencia de ello hoy presenciamos a los sobrevivientes; jóvenes con una talla y peso corporal inferior al estándar internacional. Por otra parte, los sueldos-salarios se desvanecieron y fueron sustituidos en la práctica por los llamados “bonos” sociales, convirtiendo al trabajador en un neo-esclavo.
Parte del período chavo-madurista se convirtió en diarias e interminables colas para acceder a los alimentos, a una bombona de gas doméstico, a la espera del agua o de la electricidad que se alargaba en cortes de entre 5-6 horas diarias. Además de las colas para surtir gasolina, que en muchas ciudades y pueblos alcanzaban a días y semanas.
Los medios de comunicación, de radio, televisión, diarios locales y nacionales, así como portales en las redes sociales, fueron gradualmente clausurados. Se calculan poco más de 400 agencias informativas (entre 2003-2024), incluso estaciones de radio con más de 50 años al servicio de las comunidades.
Por su parte, las universidades nacionales, republicanas, democráticas, autónomas y públicas fueron sometidas a un cerco presupuestario deficitario que les ha llevado al límite de su funcionamiento, obteniendo recursos financieros solo para cancelar los pírricos sueldos al personal administrativo, de servicio y docentes, que en promedio alcanza entre 0,41 y 1,58 dólares al mes, según la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela (enero, 2026). Es evidente, notorio, público y comunicacional el escalofriante escenario de una planta física en franco deterioro. Como ejemplos indicamos el deplorable estado de la estructura física de la Biblioteca Central de la Universidad de Oriente, en Cumaná, que en su momento fue saqueada y quemada por las bandas criminales de los Colectivos. Igual puede verse en las instalaciones de la Universidad Pedagógica con su sede en Maturín. O las instalaciones de la Universidad de Oriente en su sede de Ciudad Bolívar, totalmente desmantelada.
En la Venezuela post chavo-madurista no existe un “hueso sano”. Todo, absolutamente todo el tejido social ha sido arrasado. Lo que describimos es apenas una pequeña pincelada de un cuadro dantesco, infernal. Habría que agregar el “silencio ensordecedor” de los jubilados con sus pensiones de 130 bolívares (menos de 37 CENTAVOS de dólar), que agotaron sus vidas reclamando en marchas, plantones y manifestaciones, a un Estado indolente, perverso y obsceno.
Quienes hemos sobrevivido a estos años de la barbarie del socialismo del siglo XXI, cargamos para siempre en nuestra memoria la imagen de una sociedad y de una ciudadanía, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para reclamar su derecho a una vida digna, decente y con valores. Una sociedad que jamás claudicó, que siempre reclamó sus derechos y mostró ante el mundo su empeño de vivir en una sociedad normal, donde el trabajo y el estudio siempre han sido principios y valores en su devenir como país y nación.
Sí, hemos sobrevivido para ver el final de esta mala película de segunda categoría. Totalmente planificada, milimétricamente diseñada para humillar a toda una sociedad. Donde se escenificaron estrategias de miedo, maltrato, tortura y perversión para doblegar la moral de sus ciudadanos.
Sí, hemos sobrevivido. Estamos contemplando cómo una potencia extranjera impone por la fuerza de las armas su presencia y doblega la mentira y astucia de un poder criminal que se diluye y se devora en sus perversiones.
Sí, hemos sobrevivido a pesar de nuestras incertidumbres y nuestros llantos.
Sí, hemos sobrevivido y hoy somos más solidarios, mucho más críticos y valoramos más nuestra maltratada y anhelada libertad y democracia.
Sí, hemos sobrevivido, pero ¿a qué precio?
Llevaremos para siempre este dolor y tristeza en medio de esta luz de esperanza.
(*) [email protected] X @camilodeasis IG @camilodeasis1
