Del taller mecánico a la galería: la audaz reinvención de un artista venezolano para triunfar en Miami

Del taller mecánico a la galería: la audaz reinvención de un artista venezolano para triunfar en Miami

@politoartistaplastico

 

Durante mucho tiempo, el entorno de Gianpaolo Polito fue un taller de latonería en Caracas, rodeado de herramientas pesadas y vehículos por reparar. Su vida no apuntaba a las galerías de arte, sino a la continuidad del negocio familiar donde aprendió a devolverle la forma original al metal. Sin embargo, aquel oficio técnico terminó siendo el entrenamiento perfecto para su futuro, pues los mismos materiales que usaba para reparar los carros más adelante serían el medio para esculpir un sinfín de recuerdos en Miami.

Lejos de la formación académica tradicional, su escuela fue la constancia del trabajo diario y la herencia de unos padres inmigrantes que le enseñaron el valor del esfuerzo. Tras llegar a EEUU en 2017, Polito supo reinterpretar sus conocimientos en pintura automotriz para dar vida a una exitosa propuesta de Pop Art. Aunque comenzó como un pasatiempo después de los 40 años, ahora es una carrera consolidada que transforma la nostalgia del venezolano en coloridas piezas de gran formato valoradas internacionalmente.





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El taller familiar funcionó como una escuela de vida donde su carácter se moldeó bajo la estricta observación de su padre, un italiano que le enseñó el valor del trabajo desde la infancia. “Prácticamente nací en el taller, porque mi papá siempre tuvo el taller de latonería, y desde muy niño siempre nos llevaba, empezaba a jugar en el taller y después poco a poco nos llevaba en vacaciones para que fuéramos aprendiendo y viendo cómo son los europeos, que siempre tratan de involucrar a sus hijos en los negocios familiares”, contó el criollo a La Patilla. 

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Agregó que aquella etapa le regaló valiosas experiencias que moldearon su carácter y visión. “Tratar a las personas, a los clientes, a la responsabilidad, a la humildad. Tantas cosas que uno aprende trabajando en el día a día, y el trato con las personas también es importantísimo, con los empleados”.

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El artista plástico reinterpretó los procesos industriales de la latonería para dar vida a sus esculturas, y así mantuvo una fidelidad absoluta a los materiales que lo acompañaron durante décadas. “Todo lo que aprendí en el taller lo sigo utilizando exactamente hoy en mi trabajo (…) la base es siempre utilizar el bondo, que es el material que se utiliza para sacar los golpes de los carros, la fibra de vidrio, soldar, pintar”.

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Para Polito el éxito llegó con la madurez de quien comprendió que la estabilidad económica resultaba un requisito previo para la libertad creativa, especialmente tras asumir responsabilidades familiares desde muy joven. “Aposté tarde al arte, porque como todo el mundo sabe, no es fácil vivir del arte solamente (…) los tiempos de Dios son perfectos y a veces hay gente que tiene suerte que arranca con su carrera de una vez. No tuve esa suerte. La influencia de mi padre fue bastante fuerte para que nos mantuviéramos en el taller trabajando, y bueno, estuvimos ahí ayudando a la familia todo el tiempo, pero siempre estaba esa espinita ahí del arte”.

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El impulso definitivo surgió con la paternidad, momento que transformó una afición de fines de semana en un compromiso vital para terminar una obra que esperó años por su pincelada final. “A los 33 años tenía un cuadro que había empezado hace mucho tiempo y pintaba poco a poco, y nunca lo terminaba. Cuando nació Milton, me dije: ‘bueno, vale, tengo que sentarme y terminar este cuadro y dedicárselo a mi hijo que está por nacer’. Y apenas nació, terminé el cuadro y ahí empecé a pintar”, recordó Polito.

Un Toronto le cambió la vida 

Con el tiempo, las cosas cambiaron, el taller empezó a decaer en Venezuela y el duelo llegó a su familia. “Murió mi papá, mi hermano también y me quedé solo con el taller. Y bueno, sabes cómo es la vida, da muchas vueltas. Ya venía en paralelo el taller con el arte y decidí dedicarme totalmente al arte”.

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La viralización tocó a su puerta en el 2015 gracias a una pieza que conmovió a muchos venezolanos, lo que marcó el momento exacto en que el soñador anónimo pasó a ser una figura pública reconocida. “Definitivamente el Toronto del 2015 fue un antes y un después en mi carrera (…) gracias a esa pieza que se hizo viral, la gente me empezó a conocer, a hablar de mí, a interesarse en mi trabajo y ahí empezó a crecer Polito como artista”.

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Su propuesta moderna y divertida de Pop Art encontró eco en una diáspora ávida de símbolos que sirvieran como puente emocional con la tierra que dejaron atrás, lo que convirtió a sus esculturas en verdaderos detalles de identidad nacional. “La gente tenía nostalgia de irse del país, quería cosas que le recordaran a su país (…) Nosotros como artistas tenemos esa posibilidad de crear cosas que pueden lograr ese fin. Por ahí fuimos trabajando, fuimos inventando piezas que nos unieran al país, que nos mantuvieran esa llama viva de ser venezolanos”.

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No obstante, salir de Venezuela no figuraba en sus planes, pero un viaje vacacional terminó en una permanencia forzosa que lo obligó a reinventarse y a enfrentar el reto de un nuevo comienzo. “Emigramos en agosto del 2017. Ya este agosto cumplimos nueve años aquí en Estados Unidos y definitivamente lo más difícil fue tomar la decisión de quedarnos porque nunca planeamos emigrar (…) La decisión fue dura. Tuve como una o dos semanas sin dormir: ‘me quedo, no me quedo, ¿qué hago?’”.

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Según el criollo, la adaptación a Estados Unidos se facilitó gracias a la memoria familiar, pues contó con un “manual de lo que había que hacer” heredado de sus padres italianos, quienes también vivieron el desarraigo en su momento. “Toda la vida veía a mis padres hablar de lo duro que era emigrar. (…) Gracias a Dios nos ha ido súper bien aquí en Estados Unidos y aquí seguimos adelante”.

Nostalgia a puro color

La universalidad de su arte pasó la prueba de fuego en la Bienal de Florencia, donde una chuchería criolla como el Toronto logró conmover a los venezolanos presentes y representar al país en un escenario de prestigio. “Fue un orgullo poder llevar un dulce venezolano que nos representa a todos a un evento internacional que hay más de 500 artistas a nivel mundial, y bueno, siempre uno lleva su país en alto y cuando tu arte representa eso es mucho más orgulloso pues la gente te identifica mucho más rápido”.

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“Hubo experiencias bellísimas también de venezolanos que pasaban por ahí y apenas veían el Toronto: ‘tú eres venezolano, qué lindo’, inclusive llevé una caja de Toronto y las puse ahí en nuestro stand para que la gente lo probara y los venezolanos, dos o tres que pasaron lloraban porque decían que tenía 15 años sin haber comido un Toronto y lo volvían a probar otra vez después de tantos años”, añadió.

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El caraqueño atribuyó su capacidad de supervivencia y crecimiento al ingenio innato del venezolano, que no se detiene ante los obstáculos y siempre encuentra una vía alterna para generar sustento en tierras ajenas. “Los venezolanos tenemos mucha ventaja en cuanto a eso porque somos emprendedores, fajados. Siempre andamos buscando la manera de ‘matar tigres’ como decimos nosotros”.

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“Cuando uno emigra imagínate, tienes que volver a rehacerte de nuevo, volver a reinventarte y ese ingenio es súper importante porque te ayuda muchísimo a conseguir maneras de poder hacer dinero para empezar en otro país”, mencionó. 

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Aunque su cliente principal permanece dentro de la comunidad venezolana, el artista trabaja arduamente para romper barreras culturales y penetrar el mercado anglosajón sin perder la esencia que lo define.“El 80 % de mi mercado sigue siendo venezolano aquí en los Estados Unidos. Gracias a Dios los venezolanos están en todas partes del mundo y siempre apoyan a sus personas, a sus talentos pero ha sido bastante complicado. Siempre he propuesto hacer obras un poco más internacionales para poder entrar en el mercado anglosajón, el objetivo es buscar piezas que no sean tan venezolanas”.

Una proyección sin límites

El taller no se detiene y ahora apunta hacia la monumentalidad, con proyectos que buscan tomar los espacios públicos a través de esculturas de gran escala, como unas Meninas de tamaño real que ya se encuentran en producción. 

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“Estoy trabajando con piezas mucho más grandes que con lo que normalmente trabajaba, que eran piezas bastante cómodas de manejar. Ahora estoy haciendo piezas de mayor volumen”, acotó.

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Su visión a largo plazo denota ambición y crecimiento técnico: “Proyectarse hacia el futuro es difícil, uno sigue trabajando la idea de seguir creciendo como artista, seguir dándose a conocer, de tocar en otros puntos internacionales, lograr hacer exposiciones en otros países y dar a conocer más el trabajo de Polito. De seguir creciendo como artista, de seguir formándome. También de llevar el nombre de Venezuela a lo más alto y ahí todo es constancia y trabajo”.