
Venezuela está a punto de cerrar un mes de vértigo. Desde la madrugada del 3 de enero los acontecimientos se han precipitado a una velocidad desconocida: un ataque militar quirúrgico, un chavismo desposeído de su líder, un régimen que se sobrepone y coopera con el enemigo, algunos signos de apertura, la redefinición del mercado petrolero. Y, finalmente, un gesto inesperado: una amnistía general de todos los presos políticos, el primer reconocimiento explícito de que el ciclo de la violencia política debe cerrarse para abrir otro horizonte posible.
Por: El País
A dónde conduce este camino aún está por verse, pero la cadena de hechos del último mes ha convertido la intervención militar en un nuevo catalizador del momento político. La amnistía ha sido el gran punto de inflexión, sostienen fuentes que siguen de cerca los movimientos del chavismo. La liberación general de presos políticos ya había estado sobre la mesa en al menos dos procesos de diálogo anteriores, pero nunca llegó a concretarse: eran fórmulas limitadas, centradas en excarcelaciones puntuales que no extinguían los procesos judiciales. Esta vez ha sido distinto.
Negociadores y mediadores —antiguos y actuales— han celebrado una medida que califican de histórica. “Delcy [Rodríguez, la presidenta encargada] ha sabido leer el tiempo. Podría haber continuado con las excarcelaciones individuales, pero ha sido inteligente y ha optado por la amnistía”, explica una de esas fuentes desde Caracas. Más allá de su olfato para moverse en este momento pantanoso, el fuerte contexto social a favor de las liberaciones terminó de forzar su decisión.
Hoy todos los ojos están puestos en Venezuela. La atención internacional y la aceleración de los acontecimientos han creado un clima nuevo, incierto, pero que está permitiendo reivindicaciones que hasta hace semanas eran impensables. Así han rebrotado las protestas, apagadas durante meses por el recrudecimiento de la represión. Los familiares de los presos políticos se han mantenido en vigilia permanente desde que se anunciaron las primeras liberaciones que, en seguida, se presentaron como insuficientes para edulcorar una política represiva que arrastra cerca de un millar de detenidos por razones ideológicas. La bisagra del 3 de enero desactivó algunos de los miedos más arraigados de una sociedad civil arrinconada por años de persecución y silenciamiento.
La causa de los presos políticos agrietó el miedo. Movilizó a los estudiantes y empujó también a las dirigencias de los partidos opositores, incluido Vente Venezuela, de la líder María Corina Machado, a salir de la clandestinidad y a acompañar una lucha que durante años habían sostenido madres, esposas, hermanas e hijas desde las cárceles.
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