
Es muy común y más en estos días, escucharnos diciendo que vamos a reconstruir a nuestra tan golpeada Venezuela, pero ¿cómo se reconstruye un país?. Sabiendo que el monstruo de la dictadura y su estructura destructora, sus tentáculos siguen allí, ¿por donde se empieza?, obviamente los programas de gobierno sobran , hay planes de todo tipo, pero nos estaba haciendo falta un árbitro que de alguna forma canalizara la recomposición de la democracia, esto ha sido así en países que han sufrido bajo regímenes autoritarios. Visto retrospectivamente todo esfuerzo ha sumado, a cuentagotas, además la presión sostenida ha sido una herramienta efectiva para impulsar el cambio.
En los actuales momentos siento que tenemos más de lo que esperábamos, ese lazarillo que nos guía y nos ayuda a retomar el camino es una bendición adicional inesperada. Así mismo, debemos entender que retomar el timón para enfilar hacia la democracia es un proceso en constante evolución y que la lucha por la libertad y la justicia es un camino sin vueltas.
De tantos hechos recientes que son increíblemente alentadores, hay algunos sin desperdicio, como por ejemplo la comparecencia de Marcos Rubio ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, esto no fue un trámite diplomático más. Fue en realidad, la presentación de una estrategia meticulosamente diseñada que marca un punto de inflexión en la crisis venezolana. Por primera vez en años, Washington no solo habla de presión: habla de control, plazos concretos y condiciones innegociables. Y lo más revelador: el régimen que ha desafiado sanciones, aislamiento y condenas internacionales durante más de una década, ahora no tiene más opción que COOPERAR BAJO TUTELA, si quiere sobrevivir.
La declaración de Rubio sobre Delcy Rodríguez no es un simple comentario al pasar. Es una señal política de alto voltaje. Que Estados Unidos declare públicamente que no es permanente equivale a firmar su acta de defunción política. Washington está enviando un mensaje inequívoco tanto al régimen como a sus aliados internacionales: la arquitectura de poder que sostuvo al chavismo ya no es negociable.
Esta no es una victoria simbólica. Es el desmantelamiento sistemático de la cúpula que ha protegido los activos ilícitos del régimen, que ha negociado con potencias adversarias a Estados Unidos y que ha convertido a Venezuela en un santuario para el crimen organizado transnacional. Rubio fue brutalmente claro en un punto que marca toda la diferencia: para el régimen venezolano, cooperar con Estados Unidos ya no es una opción estratégica ni un gesto de buena voluntad. Es literalmente, una cuestión de supervivencia. Esta es la primera vez en la historia reciente que Washington logra poner al chavismo contra las cuerdas de forma tan efectiva que la única salida viable es la obediencia. ¿Qué significa esto en términos prácticos? Que el régimen ha agotado sus márgenes de maniobra. Las sanciones han funcionado. El aislamiento ha funcionado. La presión internacional sostenida ha funcionado. Y ahora con una administración estadounidense decidida a llevar esto hasta sus últimas consecuencias, Caracas no tiene plan B. No hay más aliados dispuestos a rescatarlos económicamente. Una de las revelaciones más sorprendentes de la audiencia fue la confirmación de que el régimen venezolano recibirá fondos de Estados Unidos. Pero aquí está el detalle crucial que cambia todo: esos recursos estarán bajo un control minucioso y permanente de Washington. No habrá un solo dólar que se mueva sin que Estados Unidos sepa exactamente a dónde va, quién lo recibe y para qué se utiliza. Esta es una jugada maestra de ingeniería política. Estados Unidos no está rescatando al régimen; está humillándolo. Está creando una dependencia tan profunda que cada decisión económica del interinato deberá pasar por el escrutinio y la aprobación de Washington. Los fondos, según Rubio, estarán destinados a ayudar directamente al pueblo venezolano. Esto significa programas sociales, ayuda humanitaria, reconstrucción de servicios básicos pero todo bajo supervisión estadounidense. El régimen no podrá desviar esos recursos hacia sus redes clientelares, no podrá utilizarlos para fortalecer su aparato represivo, no podrá esconderlos en cuentas offshore. Cada centavo será rastreado, auditado y controlado. Las grandes corporaciones estadounidenses no van a arriesgar miles de millones de dólares en un país donde los contratos se rompen por decreto, donde la propiedad privada puede ser expropiada de la noche a la mañana y donde el sistema judicial es un instrumento del poder político. Quieren ver reformas reales, instituciones confiables y un horizonte de estabilidad.
Al régimen se le está diciendo: si quieren que vuelva la inversión, que se reactive la economía, que regresen los empleos y que Venezuela salga del abismo, tienen que crear las condiciones para que eso sea posible. Y esas condiciones pasan, inevitablemente por ceder poder político, abrir espacios democráticos y permitir que la oposición participe en condiciones de igualdad. La liberación de presos políticos es, según Rubio, un proceso que continuará. El Secretario de Estado admitió que el ritmo no es el que él quisiera, lo cual es una forma diplomática de decir que Estados Unidos está ejerciendo presión constante pero el régimen está resistiendo todo lo que puede.
Es un nivel de control sin precedentes. Estados Unidos está básicamente actuando como garante de los derechos humanos de los opositores venezolanos, enviando un mensaje claro al régimen: cada abuso será documentado, cada violación tendrá consecuencias. Quizás el elemento más innovador y potencialmente efectivo de la estrategia estadounidense son los plazos trimestrales que mencionó Rubio: evaluaciones cada tres, seis y nueve meses. Para cada periodo debe haber mejoras sustanciales. Esta estructura temporal cambia completamente la dinámica de la negociación. El régimen ya no puede simplemente hacer gestos simbólicos, liberar a un par de presos, hacer promesas vagas y ganar tiempo. Ahora tiene que demostrar avances concretos, medibles y verificables cada tres meses, como ya se está viendo con el decreto de Ley de amnistía a presos políticos y el cierre del centro de torturas más grande y cruel del hemisferio. Y si no lo hace, las consecuencias serán inmediatas.
Rubio no retiró la amenaza militar de la mesa. Al contrario, la reafirmó pero con una matización importante: Estados Unidos espera que no sea necesario utilizarla. Esta es una formulación clásica de la diplomacia coercitiva: mantener la opción militar disponible y creíble pero condicionar su uso al fracaso de las alternativas políticas y económicas. Para que esta amenaza funcione, debe ser creíble. Y en el caso de Venezuela, con una administración estadounidense particularmente agresiva en política exterior, con un Secretario de Estado que ha hecho de Venezuela su causa personal durante años y con un régimen en su punto más débil en décadas, la amenaza es absolutamente creíble. El régimen venezolano sabe que si todas las demás opciones fracasan, si la cooperación no produce resultados, si la transición política se estanca, Estados Unidos tiene la capacidad, la voluntad y la justificación para actuar militarmente.
Que Marco Rubio declare que María Corina Machado goza del respeto y el apoyo de Estados Unidos es un cambio radical en la ecuación política venezolana. La líder opositora, inhabilitada, perseguida, acosada, impedida de ejercer sus derechos políticos, ahora tiene el respaldo explícito de la mayor potencia del mundo. Esto convierte a María Corina en un factor político innegable. Y eso cambia todo el cálculo político.
La visión que presentó Rubio es ambiciosa pero clara: una Venezuela donde todos los sectores políticos estén representados, donde la oposición no solo participe sino que pueda ganar y tomar el poder, donde los millones de venezolanos que salimos del país puedan considerar regresar y donde eventualmente se alcance una reconciliación nacional. Este es el objetivo final. No es simplemente cambiar al régimen. No es solo sacar a Maduro del poder. Es refundar Venezuela sobre bases democráticas, reconstruir el tejido social destrozado por más de dos décadas de chavismo y crear las condiciones para que el país recupere su lugar en el concierto de naciones latinoamericanas. Rubio tenía razón en un punto fundamental: nunca antes habíamos estado en una mejor posición para lograr una Venezuela libre. La convergencia de factores es única: un régimen debilitado hasta el extremo, una oposición internacional cohesionada, una administración estadounidense completamente comprometida con el cambio, un plan concreto con plazos y consecuencias claras y una presión sostenida que está produciendo resultados tangibles. Desde la cárcel del exilio respiro profundo y veo con certeza que estamos potencialmente ante el principio del fin. Estados Unidos ha entendido que Venezuela es una prioridad estratégica, ha decidido y diseñado un plan para forzar un cambio político y está ejecutando ese plan con una determinación que no habíamos visto antes.
El régimen venezolano está atrapado en una trampa de la que no hay salida fácil. Puede cooperar y ceder poder gradualmente hasta desaparecer, o puede resistir y enfrentar un colapso acelerado. No hay tercera opción. La era del chavismo está entrando en su fase terminal y esta vez, el desenlace parece inevitable, la resistencia hasta ahora ha sido casi nula. La pregunta ya no es si el régimen caerá, sino cuándo y cómo. Y gracias a la estrategia presentada por Rubio, por primera vez en años, tenemos un cronograma concreto. Seguimos con pie de plomo, alertas al tiempo que esta por venir y a los detractores de nuestra merecida libertad.
Acción y progreso, ¡ todos por Venezuela !
Jose Gregorio Briceño Torrealba
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