
Vientos de cambio democrático recorren el contexto internacional. Sin embargo, las amenazas a la libertad y a los valores que sostienen las instituciones de la civilización occidental y judeocristiana aún persisten, impulsadas tanto por corrientes autoritarias tradicionales como por nuevas expresiones del globalismo ideológico que relativiza derechos, diluye responsabilidades y tolera regímenes represivos en nombre de un falso pluralismo cultural.
En este escenario, resulta legítimo sostener —con prudente optimismo— que la profunda crisis que atraviesa la vetusta teocracia iraní puede significar el despeje de uno de los focos más peligrosos que, durante las últimas cuatro décadas, se han erigido contra el sistema democrático, el orden internacional y los derechos humanos fundamentales.
La teocracia iraní, encabezada desde 1989 por el ayatolá Alí Hoseiní Jameneí -ahora con 86 años-, no enfrenta únicamente una crisis económica estructural, marcada por sanciones, corrupción sistémica e ineficiencia productiva, ya que el régimen se encuentra hoy atrapado en una crisis política y social de carácter existencial que amenaza con derrumbar un modelo de poder anacrónico, sostenido por la represión, el control ideológico y el miedo.
Durante más de cuarenta años, Jameneí y la élite clerical chií han mantenido su dominio mediante un cóctel autoritario que combina islamismo político, retórica socialista y nacionalismo revolucionario. Es un régimen fundamentalista porque busca que la sociedad y el Estado se rijan por principios religiosos. Pero es una teocracia chií con base ideológica islamista y fundamentalista diferente al fundamentalismo sunní, similar al talibán. Este régimen chií pretende mostrar estructuras estatales modernas, tales como elecciones y parlamento, pero en la realidad estas operan de forma rígidamente controlada y el voto no decide.
Esta amalgama ideológica que pregona la destrucción de los Estados Unidos y de Israel y e impone el velo para las mujeres, impulsa un populismo económico y un clientelismo corrupto y destructor de la clase media que lejos de generar cohesión, ha producido un Estado policial incapaz de responder a las demandas básicas de una sociedad joven, urbana y crecientemente secularizada.
El descontento popular se ha expresado en protestas recurrentes desde finales de 2025 y principios de 2026, con cifras de muertos que según algunas 0NG pasan de 7 mil, aunque en otras proyecciones se señalan cifras superiores a los 20 mil. A estas creciente protestas y desborde de la desobediencia civil, se acumulan la resistencia femenina y fracturas internas del aparato estatal. Todo lo cual revela un dato clave: el régimen ya no gobierna por consenso ni por convicción, sino exclusivamente por coerción. Y cuando una teocracia o un autoritarismo necesita más balas que sermones, su legitimidad está agotada.
Irán no es solo un caso doméstico. Su colapso tendría implicaciones regionales y globales: debilitaría al eje del islamismo radical, reduciría el financiamiento del terrorismo internacional y abriría una oportunidad histórica para que el pueblo iraní recupere soberanía política, libertades civiles y normalidad institucional.
La teocracia iraní no está cayendo por una conspiración externa, sino por su incapacidad intrínseca para convivir con la modernidad, la pluralidad y la dignidad humana. Ningún sistema basado en la imposición de una verdad religiosa única o en la negación del pluralismo, la concentración de poder y violacion de derechos humanos puede sostenerse indefinidamente en el siglo XXI.
La caída de la teocracia iraní no garantiza, por sí sola el triunfo de la democracia. Pero su persistencia si garantiza su negación. En la actual crisis global que amenaza la democracia, cada régimen que cae por haber negado la libertad y violado derechos humanos amplia -aunque sea modestamente- el espacio de lo posible para recuperarla.
El colapso del autoritarismo iraní, demuestra además que cuando el miedo deja de paralizar y comienza a indignar, los regímenes teocráticos y cualquier otro régimen autoritario entran en tiempo de descuento, tal y como ha estado aconteciendo con el resurgir democrático en America Latina.
