
Inmediatamente después de las consabidas jornadas del 23 de enero de 1958, salieron confiados de la peligrosísima clandestinidad y retornaron del amargo exilio, numerosos venezolanos. Por supuesto, conocedores de la historia, hoy los juramos no sólo confiados, sino superoptimistas y dispuestos a conquistar el mundo. Sin embargo, tratando de ubicarnos en aquella ya lejana coyuntura, sospechamos que hubo elementos para la desconfianza, la permanente vigilia, los reiterados riesgos, las inminentes amenazas.
No pasaron muchos días y se hizo multitudinario como festivo, el recibimiento de la dirigencia proveniente del exilio, por ejemplo. Todo parecía indicar que la situación estaba controlada, aunque sobraron los indicios de un retroceso sorpresivo, de un zarpazo inesperado, de una reacción calamitosa de las fuerzas y sectores desplazados del poder.
Para la primera quincena de febrero del citado año, ya habían pasado por Maiquetía Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt. La prensa de entonces, da noticias de un recibimiento popular extraordinario de aquellos que había llegado a un acuerdo unitario y unitarista en Nueva York, por cierto, discrepantes una década atrás.
A juzgar por el tormentoso año, en cualquier momento podía aflorar y afloraron las conspiraciones y, así, que se sepa, en julio y en septiembre de 1958 se alzó el ministro de la Defensa y un grupo de oficiales que produjeron una balacera terrible al pretender tomar a Miraflores respectivamente. Cualquier cosa y en cualquier momento podía ocurrir algo, dado el ambiente de continua agitación que tuvo un momento estelar y desafortunado con la visita de Nixon.
De modo que ese liderazgo no tenía ni podía tener póliza alguna de seguro, corriendo un riesgo gigantesco. Sencillamente, se vino, bregó, reconstruyó las instituciones. Y la coincidencia de Caldera y Villalba para recibir a Betancourt en el aeropuerto internacional, como lo refleja una gráfica de El Universal de aquellos días, le dijo muchísimo a la ciudadanía.
