Entre los 50 mejores del mundo: El venezolano que construyó un imperio de gelato en Florida

Entre los 50 mejores del mundo: El venezolano que construyó un imperio de gelato en Florida

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En un mercado donde la industria marca el ritmo, Bosco Factory decidió apostar por lo artesanal y ganó. El venezolano Ezequiel Gómez es el chef de gelato detrás de la exitosa fábrica que abastece una serie de restaurantes y comercios. Luego de adaptar sus productos a la necesidad de cada consumidor, actualmente es el proveedor mayorista en ciudades como Miami, Orlando, Houston, Dallas, entre otras que ya disfrutan de su auténtica propuesta.

Con formación especializada en Italia y una dedicación por las recetas, los ingredientes y la emoción que despierta cada sabor, ha sido reconocido en cuatro Gelato Festival en EEUU, ocupando siempre los primeros lugares y alcanzando un puesto dentro de los 50 mejores artesanos de gelato del mundo. En conversación con La Patilla, el criollo habló sobre su proceso de aprendizaje, el valor de reinventarse y cómo un oficio bien respetado puede convertirse en una marca que no deja de expandirse.





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Ezequiel Gómez es de San Juan de los Morros, un lugar donde su vida laboral comenzó lejos de las cocinas. Antes de emigrar, formaba parte del negocio familiar: una ferretería dedicada a la venta de materiales de construcción, un oficio estable que nada hacía presagiar que su futuro estaría ligado a la creación de gelatos muy particulares.

El giro ocurrió en 2016, en medio de un escenario personal y global marcado por la incertidumbre. Lo que comenzó como un viaje temporal se convirtió en un cambio definitivo, el inicio de un camino que transformó un nuevo comienzo en una vocación inesperada. “Al principio venía solo a pasar unos meses, pero decidí quedarme, ya tenía una visa que me permitía estar aquí y tomé la oportunidad. Desde que llegué fue con el negocio de los helados, es el único trabajo que he hecho aquí”, relató.

Una apuesta fresca

Su incursión en el mundo de los helados no fue un salto al vacío, sino la evolución natural de un proyecto familiar. Gómez explicó que su hermana había trabajado en una heladería en Canadá y, tras mudarse a Miami, decidió emprender en este rubro. Para entonces, la estructura de Bosco Factory ya estaba definida, y su rol inicial se centró en ejecutar las recetas existentes y aprender los fundamentos del oficio desde la práctica diaria.

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Aún así, aseguró que la adaptación no fue inmediata, pero después de un año comprendió que la elaboración de helados tiene detalles técnicos que debía manejar. En este sentido, su formación escaló a niveles profesionales y valoró su oficio como arte y ciencia . “En un principio fue difícil para mí adaptarme pero en cierto punto me comencé a enamorar del negocio, fui aprendiendo y desarrollando nuevas recetas y sabores, parte de la formación fue en Italia con Carpigiani, otra buena parte ha sido el día día y la experiencia de pasar tantas horas haciendo helados”.

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Durante siete años, los hermanos mantuvieron una heladería de venta directa al público, una etapa que funcionó para comprender la realidad comercial estadounidense.

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El sector retail, con sus altas rentas y la exigencia de trabajar sin descanso pasó factura al bienestar familiar. «Los fines de semana que quieres descansar son los días donde el negocio está más lleno, prácticamente vives en la heladería», comentó Ezequiel sobre el agotamiento que los impulsó a vender el local y buscar otro horizonte, uno que les permitiera recuperar su tiempo sin abandonar la pasión por el producto.

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Aquella apuesta arriesgada implicó cambiar la seguridad del mostrador por el desafío de la distribución al mayor. «El riesgo fue prácticamente comenzar un negocio desde cero, vender al mayor es completamente diferente», aseguró Gómez. Aunque el producto seguía siendo el mismo helado de alta calidad, la dinámica de «la forma de vender y abordar al cliente es completamente diferente», lo que los impulsó a reinventar su estrategia comercial.

La receta del cambio

La diversidad cultural de Florida se convirtió en el principal motor creativo de la fábrica. Más allá de imponer sabores al azar, el emprendimiento de Ezequiel buscaba interpretar la identidad de cada cliente, sea un restaurante cubano, italiano o mexicano. Así, el criolo entendió que debía tener un catálogo tan amplio como las nacionalidades que conviven en la ciudad. «Tenemos una población muy diversa en el sur de la Florida así que tratamos de tener sabores para todos», señaló. 

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Añadió que “entre los más vendidos siempre están los tradicionales, vainilla, coco, chocolate, pistacho, fresa, oreo”. No obstante, lo que realmente distingue su propuesta en un mercado saturado es la calidad de los ingredientes. «A nivel técnico es un producto artesanal, elaborado todos los días, esa frescura hace que el producto llegue prácticamente salido de la máquina. No usamos aceite de palma ni conservantes y evitamos el uso de colorantes». 

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Pero más allá de la técnica, Ezequiel descubrió que su verdadero producto no es el hielo ni el azúcar, sino la emoción que pueden provocar en cada comensal. Sus sabores más exitosos son aquellos que funcionan como una máquina del tiempo para los inmigrantes. Logró recrear íconos de la infancia venezolana como el «Bati Bati», la paleta de bombón o el coco servido en su propia concha. «Tratamos de sacar productos que la gente recuerde de su infancia o sabores con los que han crecido en sus países de origen pero que no están en los mercados americanos», confesó.

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El respaldo de la comunidad venezolana resultó vital en cada etapa del crecimiento de la marca. «Actualmente sigue siendo un apoyo importante debido a que tienes una línea de productos en los supermercados que está dedicada y diseñada prácticamente para los venezolanos». Esa lealtad mutua consolidó la presencia de la marca en varios estados, incluyendo Texas y Florida central.

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“Estamos en diferentes ciudades, Miami, Tampa, Orlando, Houston, Dallas, entre otras, si quieren apoyar nuestra marca con todo gusto nos pueden escribir al Instagram y dependiendo a la ciudad que estén les indico el lugar más conveniente para comprar el producto”, mencionó.

Éxito que no empalaga

Su técnica y talento recibieron aplausos en escenarios internacionales, luego de participar en cuatro ediciones del Gelato Festival en Estados Unidos y ubicándose siempre en el podio de honor, e incluso, sobresalió en el ranking de los mejores 50 del mundo. Aunque, Ezequiel prefiere medir su éxito con humildad. «No me gusta mucho hablar de premios, pienso que toda persona que trabaje a diario y logre que su negocio vaya creciendo y se mantenga por más de 10 años ya es un ganador. Mi mayor premio es contar con clientes fieles y personas que son leales a nuestros productos y que siguen comprando a lo largo de todos estos años”.

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Entre sus creaciones más audaces figuran mezclas para el mercado asiático como dulce de leche con soya y wasabi, una prueba de su capacidad para leer el mercado sin prejuicios. Sin embargo, define su ingenio como “la capacidad de poder entender y adaptar el producto a lo que busca el consumidor”.

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El plan de este criollo no se detiene en la fábrica actual. Su visión proyecta una expansión que lleve sus helados a cada rincón de Estados Unidos “Queremos aumentar nuestra presencia en el mercado. Sueños y aspiraciones muchas, pero lo que más me mantiene emocionado es poder tener una operación más grande y que el producto esté en todo el país”.

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Para quienes apenas inician el arduo camino de emprender lejos de casa, Ezequiel expresó que «esto es como tener un bebé, los primeros años necesita mucho de tu tiempo y esfuerzo, pero va creciendo y va comenzando a caminar solo». Su receta más importante contiene ingredientes con mucho carácter: paciencia, trabajo y constancia. 

“Es una carrera de mucha paciencia, muchas veces sientes que no es el camino o que no va a funcionar pero es ahí donde hay que continuar y saber identificar pequeñas señales y oportunidades que te dicen que hay que continuar”, puntualizó.