
Año y medio después de la condena a su exmarido por haberla ofrecido a medio centenar de personas para que fuera violada mientras estaba drogada, Gisèle Pelicot publica un libro en el que desvela, entre otras cosas, por qué no quiso que el proceso fuera a puerta cerrada: «No quería ser rehén de sus miradas».
«A medida que se acercaba el juicio me imaginaba ser rehén de sus miradas, de sus mentiras, de su cobardía y de su desprecio», asegura esta mujer, convertida en símbolo de la lucha feminista, en su libro ‘Et la joie de vivre’ (traducido como ‘Un himno a la vida’ en su edición en España), que será publicado el 17 de febrero y del que Le Monde ha revelado algunos extractos.
La decisión de Pelicot de que el proceso no fuera a puerta cerrada, como le había propuesto el tribunal, fue considerada como un signo de coraje, que ella justificó como una manera de que «la vergüenza cambie de bando», que es el subtítulo de su libro, escrito junto a la periodista y novelista Judith Perrignon.
Pelicot asegura que pensó que «50 hombres serían una masa» y que su voz ocultaría la suya.
Imaginaba «todas sus miradas, sus hombros pegados, como un muro». Frente a ello, se preguntó si un proceso a puerta cerrada no sería «un regalo» para ellos: «¿No les estaba protegiendo al cerrar la puerta?».
«Nadie sabría lo que me habían hecho. Ningún periodista estaría ahí para escribir sus nombres junto a sus crímenes. Ningún desconocido vendría a mirarles a la cara preguntándose cómo se reconoce a un violador entre tus vecinos y colegas. Y, sobre todo, ninguna mujer podría sentarse en la sala para sentirse menos sola», escribe la víctima, que señala: «Si yo no me di cuenta de nada, forzosamente eso les ha debido pasar a otras».
Pelicot reconoce que no hubiera tomado la misma decisión si hubiera tenido 20 años menos, pero a sus 73 ya no tenía miedo de esas miradas.
Relata también el momento en el que un comisario le convocó en noviembre de 2020. Ella pensaba que era por una acusación contra su marido, sorprendido fotografiando bajo la falda de una joven, algo que él le había confesado y que ella había perdonado a condición de que acudiera a un psicólogo.
Hasta que el investigador le enseñó unas fotos incautadas a su esposo, extractos de las grabaciones que hacía de las violaciones de personas que él organizaba.
«No conocía a los individuos. Ni a esa mujer. Tenía el rostro tan flácido. La boca tan caída. Era una muñeca de trapo», relata Pelicot, que no daba crédito a las palabras del policía que le aseguraba que era ella. EFE
