
Hoy, 11 de febrero, es el día de una devoción mariana muy querida por católicos de todo el mundo: Nuestra Señora de Lourdes. Las grutas de la Virgen se multiplican en distintos países y también en el nuestro. Lourdes no es solo un punto en el mapa del suroeste francés ni una estación inevitable del turismo religioso europeo. Es, desde hace más de siglo y medio, un territorio simbólico donde la fe, la arquitectura, la enfermedad, la esperanza y la modernidad conviven en una tensión permanente.
Por infobae.com
Allí, en 1858, una adolescente analfabeta y asmática llamada Bernadette Soubirous dijo haber visto a “una Señora” en una gruta húmeda y marginal, a orillas del río Gave. Aquella serie de apariciones —dieciocho en total— dio origen a uno de los santuarios más visitados del mundo cristiano y a un complejo arquitectónico que creció, capa sobre capa, como crecen las ciudades empujadas por la historia y la devoción.
Las apariciones de la Virgen en Lourdes se desarrollaron entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858 y tuvieron como protagonista a Bernadette Soubirous, una niña de catorce años, hija de un molinero arruinado, analfabeta y con una salud frágil. El contexto no es un dato menor: Bernadette pertenecía a los márgenes sociales de Lourdes, vivía en una habitación única conocida como el cachot, antiguo calabozo municipal, y estaba lejos de cualquier figura que pudiera fabricar un relato convincente para la Iglesia o para el poder civil. Precisamente por eso, su testimonio resultó tan incómodo como difícil de desestimar.
La primera aparición ocurrió cuando Bernadette fue a buscar leña a la gruta de Massabielle junto a su hermana y una amiga. Mientras las otras cruzaban el arroyo, ella se quedó atrás y oyó un ruido “como de viento”. Al alzar la vista, vio a una joven vestida de blanco, con una banda azul y una rosa amarilla en cada pie. La visión no habló de inmediato. Bernadette rezó el rosario y la figura acompañó el gesto, pasando las cuentas sin mover los labios. Desde ese primer momento, las apariciones estuvieron marcadas por la sobriedad: no hubo discursos grandilocuentes ni revelaciones teológicas complejas.
Con el correr de los días, las apariciones se repitieron y la multitud comenzó a crecer. La Señora pidió oración, penitencia y que se construyera una capilla en ese lugar. En una de las visiones más desconcertantes, le pidió a Bernadette que cavara en el suelo de la gruta y bebiera de allí. La niña obedeció y, ante la mirada burlona de los presentes, comenzó a escarbar en el barro. De ese gesto humilde brotó un hilo de agua turbia que, con el paso de las horas, se transformó en un manantial claro y constante. El agua de Lourdes había nacido. La importancia del agua es central en la espiritualidad del santuario. No se presenta como un objeto mágico, sino como un signo. Bernadette misma nunca atribuyó poderes automáticos al manantial. Se lavaba el rostro, bebía y repetía gestos simples, casi domésticos. Con el tiempo, se comenzaron a reportar curaciones que los fieles asociaron al uso del agua. La Iglesia, prudente, estableció un proceso médico y canónico extremadamente riguroso para reconocer oficialmente un milagro, proceso que continúa hasta hoy y que explica por qué solo unas pocas curaciones han sido aceptadas formalmente.
La culminación de las apariciones llegó cuando la Señora reveló su nombre: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Bernadette no comprendía el significado de esa expresión, definida dogmáticamente por la Iglesia apenas cuatro años antes. Esa afirmación fue clave para el reconocimiento eclesial de los hechos. Lourdes quedó así asociada para siempre al agua que brota de la roca y a una fe que se expresa en gestos simples: beber, lavarse, caminar, rezar. En ese cruce entre lo corporal y lo espiritual, el agua sigue siendo el símbolo más poderoso del mensaje de Lourdes.
Y como la aparición solicitó la construcción de un templo, así se hizo. La primera construcción vinculada al culto fue mínima y casi improvisada. Tras el reconocimiento oficial de las apariciones por parte del obispo de Tarbes en 1862, se levantó una pequeña capilla sobre la gruta, literalmente apoyada en la roca. Era un gesto de obediencia a la petición atribuida a la Virgen: “Que se construya aquí una capilla”. Aquella primera edificación, sencilla y austera, fue el germen de todo lo que vendría después. No estaba pensada para multitudes ni para procesiones solemnes. Era un espacio íntimo, casi frágil, que dialogaba directamente con el lugar exacto de las visiones.
Con el paso de los años, Lourdes se transformó en un fenómeno de masas. Llegaron peregrinos de toda Europa y, más tarde, del mundo entero. Enfermos, voluntarios, sacerdotes, curiosos, escépticos. La necesidad de organizar el flujo humano dio lugar a un ambicioso complejo de templos superpuestos y conectados, que hoy constituye el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes.
Para leer la nota completa pulse Aquí
