
Johanna Fernández dejó Santa Bárbara de Zulia con la incertidumbre de quien comienza un viaje desconocido y apenas 200 dólares en el bolsillo. Sin imaginarlo, el destino la llevaría a Estados Unidos donde encontraría en la repostería artesanal la receta que cambiaría su vida. Con “Azúcar Morena” y mucho talento, le dio voz y propósito a una marca consolidada que mezcla técnica, identidad y estrategia digital.
Más allá de las galletas estilo New York que se volvieron su sello, su historia conecta con una realidad compartida por miles de migrantes venezolanos: empezar desde cero, adaptarse y trabajar en un mercado exigente. Sin grandes recursos, su visión se horneó a fuego lento, pero sin detenerse. Gracias a la popularidad que ha cosechado, ahora su negocio inspira a otras mujeres que sueñan con emprender fuera de su país.
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El origen de esta conexión con los postres se remonta a su niñez en el municipio Colón, del estado Zulia, donde la figura materna jugó un rol fundamental al convertir la cocina en una fuente de ingresos para sostener el hogar. «Mi pasión por la pastelería estuvo presente desde muy temprana edad. Mi mamá adoptó la pastelería como una fuente adicional de ingresos y horneaba tortas y ponquesitos (nada profesional), que vendía por porciones en su trabajo o a los vecinos del barrio. Tuve un padre ausente, por lo que a mi mamá le tocó solventar todo y sacar adelante a sus tres hijos, incluyéndome. Comencé a trabajar desde los 17 años con la intención de ayudar a mi madre con los gastos del hogar», dijo a La Patilla.

A pesar de que los números y balances formaron parte de su educación formal, la contaduría nunca logró desplazar el placer que sentía al crear dulces, una actividad que pasó de ser un pasatiempo de fin de semana a su proyecto de vida. La decisión de formarse profesionalmente marcó un antes y un después en su carrera. «Me gustaba tanto que decidí tomarlo en serio y cursé la carrera de Chef Patissier en la ciudad de Mérida. Dos años después obtuve mi diploma, el cual costeé con la venta de mis propios postres».
La receta de la reinvención
La travesía hacia Virginia, hace casi siete años, supuso un choque con una realidad dura y exigente. «Lo más difícil de llegar a este país fue adaptarme a una cultura que no me pertenecía, a un idioma desconocido y a comenzar de cero: sin familia, sin apoyo y, por supuesto, sin dinero, llegué con 200 dólares. Sin embargo, mis ganas de salir adelante eran más grandes que cualquier circunstancia«.

No obstante, antes de consolidar su marca Azúcar Morena, la emprendedora asumió múltiples roles laborales que poco tenían que ver con la alta cocina, impulsada por un objetivo familiar inquebrantable. La acumulación de jornadas laborales extenuantes tuvo como única meta la reunificación con sus seres queridos: «Comencé a trabajar en lo que fuera y tanto como fuera posible. Llegué a tener tres empleos: dos de limpieza a tiempo completo y un tercer trabajo como mesera en eventos privados los fines de semana. Mi principal motivación era ahorrar para traerme a mis hijas de Venezuela. Dos años y medio después lo logré».

«En plena pandemia conocí a un grupo de chicas que, en medio de una conversación, me preguntaron: ‘¿a qué te dedicabas en Venezuela?’, les respondí con emoción: ‘a la pastelería’. Recuerdo haberles mostrado fotos de mis trabajos y ellas me motivaron a comenzar nuevamente. Entre miedos y dudas decidí hacerlo, solo los domingos, que era mi único día libre. Comencé publicando porciones en grupos de Facebook de la localidad donde vivía y así obtuve mis primeros clientes. Meses después se me hacía imposible continuar en mis trabajos formales, ya que la clientela seguía creciendo», agregó.

El camino del emprendimiento en suelo norteamericano estuvo colmado de retos que pusieron a prueba su resistencia emocional y física. «Los principales obstáculos en Estados Unidos fueron muchos y muy reales. El primero fue el idioma, sentir que no podía expresarme como quería y aun así atreverme a vender, comunicar y conectar. Luego vino la soledad, emprender sin familia cerca, sin una red de apoyo, tomando decisiones importantes sola. También estuvo el miedo al rechazo, a no ser tomada en serio, a equivocarme en un mercado altamente competitivo y diferente al que conocía. A eso se sumó la falta de recursos económicos, empezar con lo mínimo, sin capital, sin crédito, sin documentos, sin herramientas y con una batidora prestada», describió.

“Pero si algo aprendí en este proceso es que los obstáculos no llegaron para detenerme, sino para formarme. Cada dificultad me hizo más fuerte, más estratégica y más consciente del valor que tengo. Emprender como migrante no es fácil, pero te transforma. Y cuando miras atrás y ves todo lo que has construido desde cero, entiendes que cada sacrificio valió la pena”, complementó la repostera.
El toque dulce que conquista
Sin embargo, dentro de su oferta gastronómica, un producto en particular logró capturar el paladar de su comunidad y se convirtió en el sello distintivo de su negocio. «Las Galletas New York llegaron hace cinco años como parte del menú de Azúcar Morena y, poco a poco, fueron desplazando el resto del menú hasta convertirse en las únicas protagonistas, gracias a la gran receptividad de mi comunidad”. También acotó que entre los sabores más pedidos se encuentran pistacho, chocolate Dubái y brownie, además de algunos sabores de temporada.

Más allá de la venta de productos, la conexión personal con su audiencia le permitió identificar una necesidad de aprendizaje en otras mujeres, lo que dio paso a la creación de su plataforma educativa. «En medio de tanta competitividad en el mercado, mi esencia, personalidad y forma de comunicar y vender mis productos me han permitido ganar la confianza de miles de personas, mayormente latinas, en este país. Gracias a esa conexión con mi comunidad decidí crear la Academia de Pastelería, por el interés constante de las personas en aprender de mí este hermoso arte. A la fecha, y desde hace casi 2 años desde su lanzamiento, han sido capacitadas más de 10.000 personas».

«De la misma manera nació la línea de uniformes para pasteleras, impulsada por la necesidad de vestirme hermosa y con presencia (como toda mujer venezolana)”, dijo entre risas Johanna, ya que los uniformes disponibles en el mercado no cumplían con esa feminidad y coquetería que representa a las criollas. “Así que me di la tarea de desarrollar este hermoso proyecto, que nació hace un mes y medio y que, gracias a Dios, ha sido un éxito», detalló.
El sabor de la perseverancia
Para Johanna, quien ahora se encuentra residenciada en Maryland, el acto de emprender lejos de casa trasciende lo económico.“Como mujer migrante venezolana en Estados Unidos significa valentía diaria, levantarte todos los días sabiendo que no partes desde la misma línea que muchos, pero aun así decides correr la carrera completa. Es reconstruirte desde cero en un país que no es el tuyo, en otro idioma, con otras reglas, cargando una historia, una cultura y una nostalgia que no se ve, pero que pesa”.

“Emprender siendo migrante también significa convertir el miedo en motor, la necesidad en impulso y la fe en perseverancia. Significa demostrarte a ti misma que tu talento no tiene pasaporte y que, aunque cambies de país, tus sueños viajan contigo. Para mí ha sido una forma de honrar mis raíces, a mi mamá, a mis inicios, y de demostrar que sí se puede empezar de nuevo sin dejar de ser quien eres», añadió.

Los planes de Johanna para el futuro incluyen fortalecer su presencia en Venezuela y seguir brindando herramientas para que otras mujeres puedan vivir de sus talentos. «Seguir desarrollando el proyecto de uniformes tanto aquí como en mi país, con la ayuda de mi hermana. Próximamente tendré un punto de venta en Venezuela. Asimismo, continuaré capacitando a más mujeres en el área de la pastelería, con la intención de que emprendan, así como un día lo hice yo desde mi pasión por este hermoso arte. A mediano plazo, mi propósito es que más personas puedan convertir sus talentos en ingresos a través de la creación de su marca personal en redes sociales».

Finalmente, su mensaje para aquellas venezolanas que buscan abrirse camino en el extranjero es un llamado a la resiliencia y a la confianza en el proceso personal. “No es fácil, pero tampoco es imposible. Que jamás pierdan la fe, y menos en ellas mismas; que confíen en Dios y en sus planes perfectos. Emprender no es una carrera lineal, tampoco de velocidad ni de tiempo; es una carrera de resistencia y perseverancia. Se lo dice una mujer que salió de un pueblito, con una maleta pequeña, sin recursos, sin familia y sin apoyo, y que hoy, para la gloria de Dios, vive una realidad completamente distinta, porque nunca perdió la fe y jamás se rindió».
