El conejito malo, por Juan Guerrero

El conejito malo, por Juan Guerrero

 

Hace cerca de 20 años me tocó atender a unas jóvenes estudiantes del último año de Comunicación Social en una universidad en Puerto Ordaz. Las chicas en cuestión realizaban su trabajo de grado sobre el reguetón, la música llamada underground, melaza o híbrida. Ellas buscaban orientación para establecer parámetros, básicamente sobre el lenguaje y la temática de ese fenómeno cultural.





Para su sorpresa les indiqué la existencia de un vocabulario, especie de diccionario, que recién circulaba por las redes sociales donde aparecían palabras alusivas al mundo de esta subcultura. Un fenómeno que, desde mi óptica, nació inicialmente en los cantos de esclavos en las largas jornadas en el sur de los Estados Unidos de Norteamérica en siglos pasados. Las voces del alma de esos esclavos hablaban de las duras faenas, su resistencia entre el látigo del amo y el sol abrasador, junto con la carencia de alimentos, agua y libertad. Improvisando versos alusivos a su cotidianidad lanzaban al viento sus rítmicos cantos que eran respondidos por otros, mientras sembraban o recogían las cosechas de algodón o caña de azúcar.

Los cantos iniciales de esos esclavos, los spirituals, se entrelazaron con las notas tristes del blues y las notas alegres del jazz. Posteriormente, estas manifestaciones incidieron en otros ritmos, como el hip hop, el rap, el dancehall, el reggae jamaicano, el trap latino, entre otros. Todas estas manifestaciones musicales van a tener una gran influencia en la música híbrida o “hibridación” del reguetón, un género musical que, en su forma moderna, tiene sus inicios hacia finales de los 80 y principios de los 90. El término viene mencionado en una canción del famoso reguetonero, Daddy Yankee, en los largos maratones (reggae-maratón) de músicas playeras que existían en Puerto Rico por esos años. Es importante acotar que desde sus inicios este género musical fue prohibido por las autoridades de Puerto Rico por su contenido explícito al hablar de sexo o drogas.

Su posterior desarrollo, salpicado con la fuerte influencia de la música puertorriqueña, hasta llegar a nuestros días, devino una temática caracterizada por la violencia, el sexo y las drogas, en los suburbios de las grandes ciudades y sectores empobrecidos de barrios, sea en Puerto Rico como Panamá y después la casi totalidad de los países que integran la llamada Cuenca del Caribe.

Hoy el reguetón constituye, más que un fenómeno de la subcultura hispanoamericana, un movimiento consolidado y fortalecido, tanto por un lenguaje irreverente, carismático y creativo, como por una fuerza musical que impone rasgos propios de un modo de ser y hacer del sujeto, que canta su vida sin absolutamente ningún temor a la censura. Es esencialmente una subcultura de fuerza juvenil cuyo mayor atributo es mostrar la realidad tal y como es: brutal y opresiva.

Semejante realidad, sin prejuiciar, es necesario atender porque después de 35 años en el escenario mundial, el reguetón y sus protagonistas, como Bad Bunny, representan una realidad que arropa todo el hacer cultural de lo hispanoamericano; Idioma, historia, religión, política en su hacer más trascendente: la cotidianidad. Y esto ocurre mientras el liderazgo político, educativo y religioso siguen mirando para otro lado.

Hoy el reguetón y sus protagonistas son más que un fenómeno cultural, pasaron de ser meros cantantes que improvisaban letras grabadas en casetes de anónimas casas disqueras a convertirse en líderes culturales (morales) que modelan la mente del ciudadano. Sus modos de vida, maneras de ser y hacer, vestimenta, movimientos kinésicos. El habla y su jerga alcanzan la cima de un rostro y un idioma que transforman la cultura hispanoamericana. Es una fuerza idiomática que encuentra los neo registros que “enriquecen y cambian” la lengua para siempre.
Sí, es posible que la actuación de Bad Bunny en el escenario televisivo más visto del mundo (el Super Bowl) represente la “aceptación oficial” de este fenómeno cultural hispanoamericano, entre aplausos y rechazos.
Sí, es muy posible que Bad Bunny, como representante de la etapa más controversial del reguetón, no sea de los cantantes más significativos de esta subcultura.
Sí, es verdad que el reguetón desde sus orígenes ha servido para mostrar la realidad más dura del individuo, su tragedia y sufrimiento, por lo cual ha devenido cultor de letras que denuncian, pero también conviven en el drama de entornos banales, hostiles y degradantes. Por tanto, la denuncia es política y sirve para mostrar, en el caso de Bad Bunny, la llamada “agenda wow” y su sesgo izquierdista. Incluso la iniciación pública del “cantante” a los grados esotéricos, por la “maestra Lady Gaga”.

En lo personal difiero totalmente del simbolismo y esoterismo transhumanista que representa este cantante y quienes están por detrás moviendo los hilos del poder. Sin embargo, descalificar la figura de Bad Bunny por razones meramente morales, religiosas o políticas, sin atrevernos a analizar las verdaderas razones que subyacen al fondo de este fenómeno cultural, es no comprender la fuerza y trascendencia de un movimiento que después de varias décadas aún permanece en el escenario cultural y cada vez gana más adeptos, tanto en tierras hispanas como en lejanas y extrañas arenas, como Japón, Corea del Sur, Turquía o Irán.

Más allá de la inmediatez de un juego de fútbol americano y en semejante escenario televisivo mundial, el fenómeno cultural del reguetón merece ser analizado a profundidad, junto con sus repercusiones, como una manifestación cultural global. Después de todo, la riqueza cultural de una sociedad se sustenta y fortalece tanto en “piedras blancas”, brillantes y exquisitas, como en aquellas “piedras negras”, bastas, irreverente, de traumático origen …y no tan santas.
Finalmente, como dato curioso y complementario, la plataforma de enseñanza de idiomas Duolingo indicó que sus solicitudes para el aprendizaje de español aumentaron en poco más del 35% luego de la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl.