
Después de 2020, los negocios digitales dejaron de ser “una moda de internet” y se convirtieron en un plan real para miles de personas. Cambió la costumbre. Comprar online se volvió normal. Pagar por servicios digitales también. Aprender a distancia dejó de sentirse raro. Y cuando esa rutina se instala, el mercado se reorganiza alrededor de ella.
Richard Yuzee ha crecido justo en ese terreno. Habla de negocios digitales y automatización con un tono directo, a veces áspero, y con una idea fija que repite en distintas formas: la diferencia está en ejecutar. No en coleccionar herramientas, no en consumir contenido infinito, no en “prepararse” eternamente para empezar.
Varios informes del sector han señalado lo mismo desde otro ángulo: la pandemia aceleró la adopción de canales digitales a un ritmo que, en condiciones normales, habría tomado años. Ese salto empujó a empresas y consumidores hacia procesos más rápidos, más remotos y más automatizables. El efecto se sintió tanto en grandes compañías como en personas que empezaron a vender servicios, productos o conocimiento desde su casa.
Y lo más importante es que esa aceleración no se borró cuando el mundo reabrió. Organismos internacionales han reportado que el comercio electrónico mantuvo una tendencia de crecimiento posterior a la etapa más dura del confinamiento, lo que sugiere que el cambio fue de hábitos, no solo de circunstancias. Ese nuevo piso permitió algo muy concreto: probar modelos digitales con menos barreras de entrada.
El boom, claro, llegó con su lado áspero. Con más gente buscando oportunidades, el ruido se multiplicó. Aparecieron promesas demasiado perfectas, métodos clonados y “entrenamientos” que suenan redondos porque están diseñados para vender emoción, no para sostener resultados. Reguladores de protección al consumidor han advertido, de manera reiterada, que las promesas de ingresos fáciles y rápidos suelen ser una señal de alerta. No es una opinión: es un patrón que se repite cuando hay demanda.
Yuzee suele hablar desde el cansancio de esa fantasía. Reconoce que su figura divide, y lo atribuye en parte a una postura que incomoda: cuestiona la idea de que la educación tradicional sea el único camino válido para generar ingresos en la economía digital. No se presenta como antiuniversidad. Lo que discute es la creencia de que un título, por sí solo, compra estabilidad garantizada.
En lo práctico, su discurso vuelve a dos palabras que, en este mundo, pesan más de lo que suenan: velocidad y persistencia. Richard dice que quienes avanzan implementan rápido, ajustan en tiempo real y sostienen el proceso cuando el progreso no se ve lineal. Ese tramo silencioso, el que no da likes ni señales claras, es donde mucha gente abandona. Y ahí es donde él pone el énfasis: seguir corrigiendo con criterio, sin reiniciar cada semana.
También cuenta que lanzó un software propio como respuesta a una frustración común: demasiadas herramientas fragmentadas, demasiada fricción para sostener consistencia en contenido y ventas. Su argumento es simple: si el producto lo construye alguien que vive el problema, las prioridades cambian. Sobre resultados, Richard Yuzee menciona cifras altas de ventas, alumnos y adopción de su plataforma. En este artículo esas cifras se tratan como afirmaciones de él, útiles para entender su narrativa, pero sin presentarlas como datos auditados públicamente.
El punto de fondo, más allá de nombres y números, es que el mercado se está moviendo hacia “prueba sobre promesa”. El público hace más preguntas incómodas. Pide método. Pide claridad. Pide ver cómo se sostiene el resultado cuando se apaga la novedad. Y ahí aparece el verdadero filtro: ejecutar, medir, ajustar y repetir.
Al final, la pospandemia abrió una puerta enorme, sí. Pero la permanencia sigue dependiendo de algo que no se puede maquillar demasiado: consistencia. Y por eso Richard Yuzee aparece tanto en estas conversaciones. No porque tenga una fórmula mágica, sino porque en un ecosistema lleno de atajos, insistir en la ejecución termina siendo un recordatorio útil.
