La crisis venezolana ha sido descrita de muchas maneras: colapso institucional, tragedia económica, deriva autoritaria. Pero quizá la pregunta de fondo sea otra, más profunda y más incómoda: ¿basta con una simple extracción política o lo que necesitamos es un verdadero exorcismo moral de la República?
Lo que vive Venezuela no es únicamente el desgaste de un modelo de poder. Es la consecuencia de años de degradación institucional, de la normalización del abuso y de la conversión del Estado en herramienta de persecución. Cuando el poder deja de servir al ciudadano y comienza a someterlo, no estamos ante una falla administrativa; estamos ante una fractura ética. No es simplemente un mal gobierno; es un régimen que ha pervertido la esencia del Estado, transformándolo de garante de derechos en instrumento de depredación de los mismos. El daño no es solo político, es una ruptura del contrato social mismo.
Una extracción implicaría remover a quienes hoy ocupan los cargos. Cambiar nombres, reorganizar estructuras, convocar nuevas autoridades. Es la cirugía de urgencia, el primer paso absolutamente necesario sin el cual nada más es posible. Pero, como bien sabemos en Venezuela, una cirugía sin un tratamiento de fondo es inútil; el tumor puede reaparecer, quizás con otro rostro. Una simple alternancia superficial sería una bomba de tiempo. Por eso la extracción sería insuficiente si no desmontamos la cultura política que convirtió la intimidación en método y el miedo en estrategia.
Durante años, figuras como Diosdado Cabello e Iris Varela han representado públicamente un estilo de poder confrontacional, punitivo y excluyente. Más allá de los nombres propios, lo que simbolizan es una forma de ejercer autoridad basada en la descalificación del adversario y en la utilización de las instituciones para aplastar la disidencia. Ellos no son solo personas; son la encarnación de un sistema donde el poder es un fin en sí mismo, un botín para someter y excluir.
Y allí está el verdadero problema.
Porque cuando la justicia se percibe como parcial, cuando la cárcel se usa como advertencia política y cuando el ciudadano siente que no tiene protección frente al poder, el daño trasciende a un gobierno: se instala en la conciencia colectiva.
Por eso algunos hablan de «exorcismo». No solo en sentido religioso, sino en sentido moral y republicano. Exorcizar significa expulsar prácticas autoritarias, desterrar la impunidad, erradicar la lógica de la venganza política y reconstruir el Estado sobre principios de legalidad, independencia y respeto a la dignidad humana. Es un proceso de curación profunda, una verdadera transición de régimen: pasar de un sistema depredador y autoritario a una democracia liberal con todas las garantías.
No se trata de sustituir una hegemonía por otra. Se trata de recuperar la República.
El futuro no se construye con revancha, que solo perpetúa el ciclo de odio, pero tampoco con olvido, que es una forma de complicidad. Se construye con justicia, con verdad y con responsabilidad institucional. Este es el dilema más complejo y requiere una madurez política y social enorme. Implica pasar de una cultura del agravio y la confrontación, que nos ha gobernado por décadas, a una cultura de la responsabilidad y el respeto a las reglas. Es un cambio que no se decreta, sino que se construye con instituciones fuertes, con educación cívica y, crucialmente, con el ejemplo de una nueva dirigencia que entienda que el poder no es un botín para someter, sino una responsabilidad para servir.
La pregunta entonces no es solo qué falta en Venezuela. La pregunta es qué estamos dispuestos a transformar.
@urgellesbaruta
