Sergio Vera, el arquitecto venezolano que construyó su éxito con sabor criollo en Georgia

Sergio Vera, el arquitecto venezolano que construyó su éxito con sabor criollo en Georgia

@panarepa_atl

 

La trayectoria profesional de Sergio Vera dio un giro radical cuando decidió cambiar la supervisión de obras en Maracaibo por la construcción de un emprendimiento propio en Estados Unidos. El arquitecto zuliano se vio en la necesidad de replantear su futuro ante la falta de estabilidad económica que enfrentaba. Su historia no relata simplemente un cambio de entorno, también habla sobre su resiliencia e increíble capacidad creativa para abrirse paso en un mercado competitivo.

De la búsqueda de un futuro mejor nació Panarepa, un proyecto familiar en Georgia que hoy es un punto de encuentro para la comunidad hispana. El criollo logró canalizar la nostalgia y la identidad venezolana en un modelo de negocio tangible, donde cada detalle, desde el menú a la decoración, expresa la compleja realidad de la diáspora. Pero la popularidad de este restaurante no se limita a sus auténticos sabores, porque cada visita va más allá de una experiencia gastronómica.





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Vera creció en el seno de una familia numerosa y trabajadora en el estado Zulia, donde la dinámica diaria giraba en torno al esfuerzo conjunto. Sus padres manejaban una fábrica de puertas y ventanas, una ferretería y un local de comida, lo que le inculcó desde temprana edad el valor del emprendimiento. Sin embargo, su vocación inicial apuntó hacia la arquitectura, carrera que culminó en 2014 tras años de dedicación. Su desempeño le permitió integrar equipos de alto nivel en la región.

“Trabajé un año y medio completo en la construcción de la Torre 13, ubicada en Dr. Portillo, torre que ganó el Premio Municipal de Arquitectura y Urbanismo de Maracaibo en 2016. Trabajé allí como el arquitecto residente. Era el que iba todos los días a la obra a supervisar«, dijo a La Patilla.

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A pesar de contar con dos empleos y el respaldo del negocio familiar, la sensación de estancamiento comenzó a influir en sus aspiraciones personales. Luego de siete años de noviazgo, la imposibilidad de costear una vivienda propia o planificar una boda encendió las alarmas sobre su futuro inmediato. “Sin importar lo que hiciera, pese a que tenía dos trabajos buenos, no tenía una estabilidad como para casarme y estar bien (…) no veía un avance en cuanto a mi vida. Vivía con mis padres todavía, no veía una independencia como tal. Renuncié a mi trabajo como arquitecto y decidí probar acá en los Estados Unidos a ver qué pasaba”.

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La partida implicó sacrificios materiales inmediatos, como la venta de su vehículo y el uso de todos sus ahorros para financiar el viaje. Eligió Atlanta casi por azar, guiado por la promesa de trabajo de un conocido, sin mayores garantías que su disposición para laborar en lo que fuera necesario. «Un amigo me comentó que podía conseguirme trabajo de lo que sea. Entonces traté de probar, siempre teniendo el respaldo de que podía volver a la empresa familiar».

Un nuevo comienzo

Sus primeros pasos en el país norteamericano representaron un desafío constante para su temple. Lejos de las oficinas de diseño, sus mañanas transcurrían entre labores de impermeabilización y aislamiento en obras de construcción. Los fines de semana, el arquitecto asumía el rol de mesonero durante las noches, buscando maximizar sus ingresos para establecerse. Fue una etapa de adaptación cruda, donde la prioridad absoluta era la supervivencia y el ahorro.

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Con todo, el instinto comercial heredado de sus padres no tardó en manifestarse. De forma paralela a sus empleos formales, incursionó en la venta de comida casera por encargo, apelando a las recetas que conocía. «Comencé a hacer pastelitos, empanadas y cosas para vender a las personas. Sin ninguna marca, simplemente vendiendo por pedidos de casa en casa». Esta actividad representó un primer acercamiento pequeño, pero significativo al rubro gastronómico.

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Su formación técnica como arquitecto terminó por abrirle puertas inesperadas en el sector de la construcción, específicamente en el área eléctrica. La capacidad para leer e interpretar planos complejos le otorgó una ventaja competitiva sobre otros trabajadores, permitiéndole ascender rápidamente. «Pude aprender más rápido, pude desenvolverme bien en las obras, fui avanzando y no necesité los otros dos trabajos», detalló.

Aunque alcanzó cierta estabilidad como electricista, el deseo de autonomía permanecía latente. En 2018, fundó «Guacamaya Print», un pequeño negocio de imprenta que decoró con un mural de su autoría. Lamentablemente, la llegada de la pandemia del Covid-19 obligó al cierre de este primer emprendimiento formal, un revés que, lejos de desanimarlo, sirvió como preámbulo para materializar una idea más ambiciosa junto a su familia, quienes ya se encontraban con él.

Una apuesta con propósito

La concepción de Panarepa surgió en 2023. Mientras discutía ideas con su padre sobre montar una arepera, la conversación derivó en un juego de palabras que definió la marca. «Los dos coincidimos que queríamos como una arepera, pero también queríamos una línea de producción, y dijimos: ‘bueno, ¿por qué no aprovechar que está todo en la línea de producción y hacer panes también?’ Y de ahí comenzamos un juego de palabras hasta que se dio: ‘bueno, arepa, pan, pan, arepa. ¿qué tal si le llamamos Panarepa?’ Así de simple».

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El local, ubicado en Lilburn, es una manifestación artística de la experiencia migratoria. El criollo diseñó el interior con un predominio del color negro para resaltar una pared intervenida con equis (X) en amarillo, azul y rojo. Cada trazo posee un significado sociológico que honra a la diáspora. 

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Vera explicó que las equis amarillas simbolizan la riqueza y varían de tamaño según los recursos con los que cada venezolano salió del país. El color azul en el mural, cartografía las distintas rutas tomadas por los migrantes, reconociendo que no todos contaron con la fortuna de viajar en avión. Las tonalidades y dimensiones de las equis azules rinden tributo a quienes cruzaron selvas, ríos o fronteras a pie. Por su parte, el rojo abandona su connotación bélica tradicional para representar los lazos consanguíneos y afectivos que persisten a pesar de la distancia. 

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El restaurante se convirtió así en un espacio que, además de alimentar, valida y visibiliza las historias de sacrificio de cada comensal que dejó Venezuela con muchas ambiciones y deseos.

Por otro lado, la oferta gastronómica de Panarepa busca replicar con fidelidad la sazón zuliana y venezolana, gracias en gran parte a la participación de la madre de Sergio, quien es chef. «En Panarepa puedes encontrar absolutamente todo lo que representa Venezuela. Desde un cachito en la mañana, un café con leche, hasta una arepa de reina pepeada, unos morochos, un matrimonio, unas hamburguesas al mejor estilo venezolano, unos tumbarranchos criollos. Nosotros le anexamos un bowl a la línea, donde puedes, por supuesto, armar tu pabellón, armar tu arroz con pollo guisado, carne guisada. Tratamos de incluir muchos platos típicos. Tenemos nuestro hervido de res».

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Más allá del éxito comercial, el proyecto simboliza la recuperación de la independencia laboral y la preservación de la cultura propia en un entorno foráneo. Para la familia Vera, el negocio es un vehículo para mantener viva la memoria gustativa. «Panarepa representa nuestra forma de independizarnos acá, de poder tener nuestra libertad no financiera, porque apenas vamos comenzando, pero sí poder dejar un pedacito de Venezuela en el exterior y poder traer un recuerdo».

Un sueño de expansión 

La receptividad en la localidad de Lilburn trascendió a la comunidad venezolana, atrayendo a clientes colombianos y estadounidenses. A pesar de la barrera inicial ante sabores desconocidos, la calidad de la propuesta logró fidelizar al público local. «Por los momentos se ha estado expandiendo a muchos americanos. Al principio es difícil que traten de probar algo desconocido, pero una vez que lo prueben siempre vuelven, que es importante».

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El criollo detalló que es muy bonito “ver a esa cultura que no nos conoce y poder darles un pedacito de pabellón, un pedacito de tequeyoyo, un mordisco de tumbarrancho, que prueben la tártara y ver ese rostro diferente que para nosotros a veces es algo cotidiano, para ellos es una delicia”. 

Sergio, quien ahora también se desempeña como agente de bienes raíces con licencia en Georgia y Florida, no oculta la nostalgia que acompaña al emigrante, incluso en medio del triunfo. «De Venezuela extraño mi infancia, extraño mi familia, extraño una Venezuela que dudosamente vuelva a existir porque ya no está, que son mis vecinos, que están regados por el mundo».

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“Extraño ese calorcito humano que solamente los países latinoamericanos te pueden dar. Extraño muchas cosas que no son palpables, no son físicas. Una vez que estás solo extrañas muchas cosas. Siempre extrañas el hecho de dejar una vida atrás donde te graduaste y viniste a otro lugar completamente diferente a ejercer”, agregó. 

Con tres hijos nacidos en Estados Unidos que aún no conocen la tierra de su padre, Vera mantiene firme la promesa de llevarlos algún día a conocer sus raíces. Mientras ese momento llega, continúa trabajando en la expansión de su marca hacia otras ciudades, demostrando que la capacidad de reinvención es, quizás, la herramienta más valiosa que un profesional puede empacar en su maleta al momento de partir.

“Queremos buscar nuevas localidades, no solamente estar en el área de Lilburn, sino poder dar un poco de nuestro proyecto a otras ciudades acá dentro de Georgia”, recalcó.