Venezuela se ha convertido, para muchos, en un campo de batalla de espejos rotos. En cada esquina, en cada red social, parece gestarse una epidemia de amargura que busca uniformar el desánimo. Es una tiranía invisible que dicta que, para ser «auténtico», hay que estar hundido en el pesimismo. Bajo esta lógica retorcida, si sonríes eres un inconsciente; si trabajas con pasión eres un cómplice; y si te atreves a soñar con la libertad, te tachan de falso profeta. Existe un empeño feroz en señalar la ropa, los gustos, los viajes o las creencias ajenas, como si juzgar al vecino fuera el único bálsamo para la propia herida.
Desde la mirada del alma, entendemos que esta crítica constante no es más que la proyección de un vacío profundo. Hay quienes cargan con un hueco imposible de zurcir y, ante la incapacidad de sanar su propia miseria, necesitan que tú seas peor que ellos para no sentirse tan solos en su abismo. Quieren cauterizarte, domesticar esa chispa de «furia salvaje» que aún te mantiene en pie, porque tu luz — por pequeña que sea — les resulta un espejo insoportable de lo que ellos decidieron apagar. No te equivoques: la batalla que libramos hoy en nuestra tierra no es solo económica o política; es, fundamentalmente, una lucha espiritual por el derecho a seguir siendo humanos y auténticos en medio del caos.
En este proceso de resistencia, debemos abrazar la humildad del barro. Ninguno de nosotros es una obra terminada ni perfecta; somos piezas en las manos de un Alfarero que sabe trabajar bajo presión. Filosóficamente, la crisis es el fuego que cuece la vasija. Aunque el juicio del entorno sea ruidoso, la boca que te señala nunca tendrá más peso que la gracia que sostiene tu existencia. Nuestra nación está siendo moldeada en un taller de sacrificios, y aunque el proceso sea doloroso, es precisamente esa presión la que separa lo efímero de lo eterno.
Como sucede en un avión que atraviesa una tormenta, es en la turbulencia donde aprendemos que no tenemos el control de todo, pero sí el poder de decidir hacia dónde miramos mientras volamos. En ese espacio aéreo de incertidumbre ocurre un fenómeno fascinante: el racionalismo más estricto suele perder su rigidez ante la fuerza de gravedad. Incluso el ateo más convencido, aquel que ha pasado décadas decorando un templo de lógica y causalidad, descubre en el minuto veinte de un sacudón severo que sus silogismos no tienen paracaídas. Es un momento de vision cósmico donde el agnóstico, entre un salto al vacío y otro, suspende su escepticismo para entablar una negociación con dios «: «Mira, no sé si estás ahí, y si estás, discúlpame la ausencia, pero si aterrizamos este aparato, prometo revisar seriamente mis premisas». Es la ironía de descubrir que el orgullo intelectual es una excelente herramienta para caminar sobre el pavimento, pero que en el aire, cuando el motor tose, todos terminamos hablando el mismo lenguaje de súplica.
Venezuela está en plena turbulencia, pero eso solo confirma que estamos en movimiento. Por eso, la esperanza aquí no puede ser un sentimiento ingenuo, sino una disciplina de hierro. Ser optimista hoy es el acto de rebeldía más grande que existe. Es negarse a que te arranquen la pasión y entender que tu «porqué» es innegociable. No permitas que apaguen tu fuego, porque el oro solo se revela tras pasar por el crisol.
Que hablen las sombras, pues su oficio es la oscuridad; el tuyo es ser el amanecer que ellas no pueden detener. Porque al final, cuando el ruido de los jueces se pierda en el eco del tiempo, quedará solo el testimonio de los que supieron ser barro dócil y espíritu indomable. Quedará la huella de quienes, en medio del desierto, se atrevieron a ser oasis, recordándonos que ninguna cadena es eterna cuando el alma ha decidido, de antemano, ser libre. Que tu fe sea tu escudo y tu alegría la flecha que atraviese el muro del desprecio. Porque Venezuela no es un destino fallido, es una promesa que aún late en el pecho de quienes se niegan a dejar de latir.
Vamos por más…
@jgerbasi
