José Cheo Urbina: Comernos el elefante a pedacitos - LaPatilla.com

José Cheo Urbina: Comernos el elefante a pedacitos

La historia no es un río que corre siempre a la misma velocidad, sino un acumulado de presiones que, llegado el momento preciso, fracturan hasta el acero más templado de las tiranías más feroces. Para comprender el presente de Venezuela y el destino inevitable de su libertad, debemos acudir a la mística de la resistencia paciente y a la poderosa simbología del elefante blanco, ese término que nace en las tierras de la antigua Siam, donde los elefantes albinos eran considerados sagrados y poseer uno era un honor supremo pero también una sentencia de ruina. El Rey, cuando deseaba destruir a un cortesano molesto, le otorgaba la falsa distinción de regalarle uno de estos animales; al ser sagrado, no podía trabajar ni arar la tierra, pero su mantenimiento era tan astronómico que el beneficiado terminaba en la quiebra absoluta tratando de sostener una estructura imponente que no servía para nada más que para ser contemplada.

Los regímenes totalitarios son, en su esencia más pura, elefantes blancos, estructuras monumentales y pesadas que exigen el sacrificio de toda una nación para mantenerse en pie, pero cuya debilidad reside precisamente en que su costo de mantenimiento, alimentado por la represión y el aislamiento, termina siendo superior a la riqueza que el país puede generar. La historia nos ha enseñado que el derrumbe de estos gigantes ocurre cuando la sociedad decide dejar de creer en la invencibilidad del ídolo, tal como sucedió con la caída del Muro de Berlín, que no fue un solo golpe de mazo, sino la acumulación de décadas de resistencia silenciosa donde el elefante ya estaba muerto por dentro antes de tocar el suelo.

Frente a la magnitud de la crisis venezolana, la sabiduría política nos dicta que la reconstrucción de una nación no es un evento espasmódico, sino una obra de orfebrería estratégica, pues como bien dicta el adagio popular, “a este elefante hay que comérselo por partes y a pedacitos”.Esta frase encierra una verdad profunda y ética, ya que la desesperación es la mejor aliada del opresor, mientras que la paciencia estratégica de la gente de bien permite ir recuperando espacios, legitimidades y narrativas bocado a bocado, sin perder la integridad moral en el proceso. Cada ciudadano que decide vivir en la verdad y cada espacio de pensamiento libre que se rescata es un pedacito menos de ese gran peso que oprime el alma nacional, permitiendo que la transición sea un camino de resistencia intelectual y espiritual.





Este no es solo un análisis frío, sino un llamado apoteósico a la esperanza y a la fe en el futuro, porque Venezuela se encamina hacia su liberación por la lógica misma de la historia, ya que el modelo del elefante blanco ha agotado su capacidad de sustento. La restitución de la paz y la justicia no vendrá del odio, sino del orden y del esfuerzo coordinado de quienes entienden que la libertad es como la luz del alba, que no sale de golpe pero cuya llegada es imparable una vez que el primer rayo toca el horizonte. Debemos tener la sabiduría de entender que cada paso, por pequeño que parezca, forma parte de la gran tarea de comernos el elefante a pedacitos para construir un país con crecimiento, donde la paz sea el hábito y la justicia el aire que respiramos, caminando con la firmeza del que sabe que el destino final es una nación próspera y libre para siempre.